Con diez ediciones desde su lanzamiento en 2022 en Portugal, Leme, la autoficción de la escritora portuguesa Madalena Sá Fernandes, llegó al español de la mano de Metalúcida. La traducción es de Pilar Altinier y el precio de venta es de $ 29.000.
La escena de fondo es una casa donde el conflicto no irrumpe de vez en cuando. Se instala y organiza el día a día. Sá Fernandes, nacida en Lisboa en 1993, escribió a partir de su experiencia como testigo y víctima de violencia doméstica cuando era niña. En Portugal primero ganó popularidad como bloguera, con cientos de miles de seguidores. Después fue cronista en el diario Público y, desde hace pocos años, escritora.
En esta historia, el relato no avanza en línea recta. Vuelve hacia la infancia desde una muerte que ya ocurrió. La autora lo explica con claridad: el libro comienza con una muerte y regresa al pasado. Desde el inicio, el lector sabe que ese hombre ha muerto. Lo que permanece abierto es otra cosa. La persistencia de su presencia en quienes convivieron con él.
Ese hombre recibe en el libro el nombre de Paulo. Es un artista célebre y desequilibrado, pareja de la madre de la narradora y «apóstol del orden». La violencia aparece en una sucesión de fases. Primero el griterío. Después el retiro al estudio. Luego el regreso por el pasillo. Y otra vez el living convertido en escenario de insultos, gritos y puertas azotadas. La trastienda de esa convivencia es la que el libro intenta mirar de frente.
Sá Fernandes dice que su intención inicial era escribir una novela e inventar una historia. Pero la figura del padrastro se impuso en cualquier relato que intentara construir. «Era una figura que conocía demasiado bien: mi padrastro», dijo a LA NACION. Ahí está el giro central del libro. No en el golpe de efecto, sino en la imposibilidad de escapar de una presencia que ordena incluso lo que se intenta imaginar como ficción.
La autora también subraya el límite de la memoria. Dice que la experiencia que sostiene el libro es real. También lo son el miedo, las contradicciones afectivas y la dificultad de comprender lo que ocurría dentro de casa. Pero escribir desde la memoria exige reconocer sus bordes. Se recuerda desde el presente. Con sus preguntas. Con sus necesidades. Con sus vacíos. Y al escribir, dice, una decide dónde empieza una escena, cuánto dura y qué palabras utiliza. La forma introduce distancia entre la vida y el libro.
En esa distancia hay un método. Sá Fernandes cuenta que el proceso de construcción se pareció mucho al acto de recordar. Escribía a medida que aparecían las escenas, sin un orden definido al comienzo. Un recuerdo convocaba otro. Un detalle abría una escena que parecía olvidada. Después vino el montaje. La secuencia. El ritmo. La necesidad de escuchar cómo cambiaba un fragmento al situarlo junto a otro.
La violencia doméstica, dice la autora, no es solo un problema grave. También es un delito público cuya investigación no depende de que la víctima presente una denuncia. Menciona una red de apoyo y acogida, medidas de alejamiento, teleasistencia y programas dirigidos a agresores. Pero su preocupación va más atrás, hacia el momento en que la violencia todavía no es reconocida como tal. El control puede confundirse con preocupación. Los celos, con amor. La humillación, con una manera difícil de ser. Entre tanto, la vida de quien la sufre se va estrechando.
Ahí aparece uno de los puntos más fuertes de Leme. La autora dice que quiso mostrar hasta qué punto la violencia familiar organiza la vida cotidiana de los niños. Lo que oyen desde otra habitación. Cómo interpretan un silencio. Cómo aprenden a anticipar el estado de ánimo de un adulto. También ahí se produce un daño que necesita ser reconocido y atendido.
El libro busca evitar el sentimentalismo y también la comodidad de una explicación adulta que aplaste la percepción infantil. Esa decisión le da una prosa contenida, precisa, y le permite sostener una idea incómoda pero esencial: un niño puede reconocer el peligro antes de poder ordenarlo en palabras. La escena lo dice todo. En esas casas, la violencia no solo hiere. También organiza.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en la que la violencia todavía se confundía con rutina. Lo que Leme pone sobre la mesa no es solo una historia personal. Es una advertencia sobre el costo humano de naturalizar el control dentro del hogar. Y también sobre la obligación de mirar antes. Antes de que la escena se convierta en hábito. Antes de que el daño quede aprendido como si fuera normal.



