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La última misa de Petro

En su ocaso, el presidente saliente convierte un retiro espiritual del gabinete entrante en un exorcismo político. El relevo de poder en Colombia arranca con acusaciones de satanismo.
Imagen ilustrativa
miércoles 5 de agosto de 2026

La escena lo dice todo.

El domingo 2 de agosto, el presidente electo Abelardo de la Espriella y su gabinete designado se retiraron a orar. Dos días después, el presidente Gustavo Petro los acusó de arrodillarse ante Satanás.

Fue el 4 de agosto de 2026, durante el Festival por la Defensa de la Educación Pública en Soacha, Cundinamarca. Petro tenía el micrófono y, con el poder ya escurriéndosele entre los dedos —el traspaso estaba fijado para el viernes 7 de agosto—, eligió ese escenario para lanzar una de las salvas más inusitadas de su mandato.

«Los que se arrodillaron como cúpula del Gobierno el domingo, se estaban arrodillando no ante Jesús, porque Jesús dijo: 'Amar al prójimo', y todos los que se arrodillaron del Gobierno han dicho: 'Destripar al prójimo'. Y eso no se llama Jesús, eso se llama Satanás. Así que se estaban arrodillando a Satanás y no a Jesús», declaró el mandatario saliente, según recogió Infobae.

El argumento teológico de Petro tenía un ancla política concreta: el respaldo de De la Espriella al Estado de Israel y a su primer ministro Benjamín Netanyahu. El presidente electo había anunciado el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Israel, fracturadas durante la administración Petro a raíz del conflicto con Palestina. La Cancillería colombiana había justificado en su momento esa ruptura señalando, entre otras cosas, la muerte de trabajadores humanitarios, periodistas y personal médico en la zona de conflicto.

Petro fue más lejos en Soacha: «Es un Gobierno que adora al genocidio y, por tanto, la política de la muerte», afirmó, en referencia al equipo entrante.

La polémica no quedó solo en manos del presidente saliente. El exministro del Interior Juan Fernando Cristo publicó en X una cita del Evangelio de San Mateo —capítulo 6, versículo 5— para cuestionar que los participantes del retiro hubieran difundido imágenes de sus momentos de oración en redes sociales. «La historia de Colombia nos ha demostrado el peligro de meter la religión en la política», escribió Cristo.

La réplica llegó desde Medellín. El alcalde Federico Gutiérrez salió en defensa del gabinete entrante con una frase directa: «Nos quieren hacer creer que ya hasta creer en Dios es pecado. No jodan». Gutiérrez describió el evento como «una jornada de trabajo con retiro espiritual» y rechazó que se convirtiera en motivo de escándalo.

Los detalles cuentan la historia.

Petro no atacó una política pública, un decreto ni un nombramiento. Atacó una oración. En la trastienda de ese gesto hay algo más revelador que la anécdota: un presidente que, a 72 horas de entregar el cargo, no encontró mejor trinchera que la teología de combate. Fue, en el fondo, la confesión involuntaria de un proyecto político que agotó sus argumentos de gestión y recurre al anatema como último recurso.

Para Hemisferio, el episodio ilumina algo más amplio. Colombia elige el relevo: un gobierno que abre la economía, restaura alianzas internacionales y reza en privado —o en público, eso lo decide cada ciudadano libre— frente a uno que sale del poder calificando de satánico al adversario. El contraste no necesita adjetivos. Lo que está en juego no es la fe de nadie, sino algo más elemental: si el aparato estatal seguirá siendo usado como púlpito para descalificar a quienes piensan distinto, o si Colombia recupera la normalidad institucional que el libre ejercicio de la política —y de la conciencia— requiere.

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