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La UAH busca salir del ajuste con apuesta por empleabilidad y humanidades

Cristián del Campo asumió la rectoría en marzo de 2024, cuando la Universidad Alberto Hurtado atravesaba un momento financiero complejo que, según la casa de estudios, ya está quedando atrás. El rector defiende combinar formación técnica, vocación pública y sostén a las humanidades en un sistema presionado por resultados y recursos.
Imagen generada con IA
lunes 14 de septiembre de 2026

Cristián del Campo llegó a la rectoría de la Universidad Alberto Hurtado en marzo de 2024, en medio de un período financiero que la propia institución describe como complejo y que hoy dice estar superando gracias a un proceso de ajuste y sostenibilidad.

La escena lo dice todo: un sacerdote jesuita, ingeniero comercial, teólogo y MBA al mando de una universidad que cumple tres décadas, con acreditación avanzada de cinco años y una identidad marcada por las humanidades, las ciencias sociales, la educación, la economía y el derecho.

Antes de asumir en la UAH, del Campo dirigió Un Techo para Chile, Techo Internacional y el Servicio Jesuita Migrante, además de haber sido provincial de la Compañía de Jesús, el cargo más importante de esa congregación en Chile. Esa trayectoria en gestión aparece ahora en una institución que ha ampliado su oferta hacia la ingeniería y que el próximo año titulará su primera generación de ingenieros.

Desde esa trastienda, el rector busca ordenar una universidad que, según su propia descripción, entra en una etapa de futuro más que de repliegue. Dice que la institución quiere mantener su tradición humanista mientras se abre a un mundo donde las tecnologías irrumpen con nueva fuerza y cambian el proyecto universitario desde múltiples perspectivas.

El debate de fondo, sin embargo, no es solo académico. En entrevista con La Tercera, del Campo defendió el valor de las humanidades frente a la presión por eficiencia, medición y resultados. A su juicio, preguntas como «¿para qué?», «¿cuál es el sentido?» y «¿hacia dónde va el ser humano?» siguen siendo centrales para no perderse como sociedad.

También respondió a la discusión sobre el financiamiento público de la educación superior. Dijo que el Consejo de Rectoras y Rectores ha tenido una postura bastante unánime frente a la idea de desfinanciar o despriorizar las humanidades y las ciencias sociales, porque eso sería un error para el desarrollo sostenible del país. Añadió que los desafíos actuales son complejos y no pueden canalizarse solo desde disciplinas técnicas.

En esa misma línea, puso el foco en los Fondecyt de postdoctorado y sostuvo que la base científica del país debe estar abierta para que lo que se promueva, elija y financie sean investigaciones de altísima calidad, independiente de su área disciplinaria.

Pero el costado más práctico de su diagnóstico está en la empleabilidad. Del Campo dijo que la primera respuesta de la universidad debe ser asegurar buenos niveles de empleabilidad, especialmente para jóvenes que estudian con gratuidad, que en el caso de la UAH corresponde al 70%, y que provienen de sectores más vulnerables. Según él, un buen empleo puede cambiar trayectorias y favorecer la movilidad social.

A partir de ahí, el rector amplió el marco: la universidad no solo debe preparar para el mercado laboral, sino también devolver esperanza a los jóvenes en un escenario de incertidumbre. Mencionó la falta de empleo, el desarrollo de la inteligencia artificial, las guerras y el cambio climático como factores que aumentan el miedo frente al futuro. Incluso vinculó ese clima de inseguridad con la baja de la tasa de natalidad, que definió como un tema en sí mismo.

La UAH, dijo, está llamada a formar ciudadanos. En sus palabras, vale la pena defender la democracia, los derechos humanos y terminar con las exclusiones que siguen presentes en la sociedad.

El rector también relativizó la idea de que la universidad que encabeza sea una excepción. Afirmó que muchas universidades hacen un enorme trabajo al recibir estudiantes de distintas procedencias y realidades socioeconómicas, incluidas instituciones regionales que acogen a jóvenes de zonas rurales, aisladas y desconectadas.

Para entender el presente hay que volver a esa semana: la UAH no solo celebrará su aniversario con una rectoría que promete continuidad y orden financiero, sino que además intenta sostener una fórmula incómoda para tiempos de presión presupuestaria: combinar empleabilidad, expansión académica y humanidades sin abandonar la vocación pública.

Ese es el giro que importa. En un sistema donde el dinero público tiende a premiar lo medible y lo inmediato, la universidad defiende disciplinas que no siempre caben en la lógica del rendimiento rápido. La apuesta puede ser discutible, pero apunta al corazón de una pregunta que el Estado y las instituciones no pueden esquivar: qué tipo de formación financian cuando deciden dónde poner los recursos de los contribuyentes.

El desenlace de esta historia todavía está en construcción. Lo que hoy muestra la UAH es que incluso una institución marcada por un ajuste financiero puede intentar salir adelante sin renunciar a su identidad. Y en esa tensión entre sostenibilidad, mercado laboral y formación integral se juega algo más profundo que la administración de una universidad: se juega el lugar que una sociedad le da al conocimiento que no produce utilidades inmediatas, pero sí ciudadanía.

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