A puerta cerrada, en un domicilio de Las Condes y en la casa de un senador de la Araucanía, se cocinó buena parte de la megarreforma económica del gobierno del presidente José Antonio Kast. El Congreso fue, en muchos tramos, el escenario del desenlace; la negociación real ocurrió en otro lugar.
La escena lo dice todo. Cuando la iniciativa comenzó su empedrado camino legislativo, dos voces de la oposición se proyectaron como interlocutoras clave para La Moneda: los senadores Pedro Araya, del PPD, y Paulina Vodanovic, del PS. Ambos empujaron, al inicio, entendimientos con el Ejecutivo a contrapelo de la posición mayoritaria de su bloque.
Fue el senador Rodolfo Carter, electo en cupo del Partido Republicano, quien tendió el primer puente. Carter y Araya mantienen una relación cercana desde hace años. Un día, en los primeros tramos de la tramitación, Carter invitó a Araya a comer en su domicilio. El tercer comensal fue Jorge Quiroz, ministro de Hacienda y padre del proyecto. El objetivo era sencillo: que Araya y Quiroz se conocieran. Ese encuentro, según conocedores del episodio, marcó el inicio de una relación política que el resto de la oposición miró con recelo desde el primer momento.
Araya cumpliría un papel incómodo para la izquierda a lo largo de toda la tramitación. Se abstuvo en la votación en general de la iniciativa cuando pasó por el Senado el 24 de junio. Fue protagonista de las negociaciones para reducir los años de la invariabilidad tributaria. Y este martes fue el único senador de su sector en votar a favor del informe de la comisión mixta, el voto que selló el éxito para La Moneda. Su sector había bautizado la reforma como «la madre de todas las batallas».
Según fuentes del oficialismo, Araya no habría sido el único opositor en acudir a la casa de Carter durante la tramitación. También se apunta a la presidenta del PS, Paulina Vodanovic, aunque ella lo descarta.
Carter no fue el único anfitrión de la historia. La presidenta del Senado, Paulina Núñez, de Renovación Nacional, le pidió un encuentro al ministro Quiroz cuando el proyecto pasó de la Cámara Alta. Quiroz aceptó recibirla en su domicilio de Las Condes. Estuvieron unas dos horas. De esa reunión surgió uno de los hitos del proceso: Núñez, en su calidad de presidenta del Senado, convocó a una mesa de trabajo que incluyó a La Moneda, los partidos oficialistas y las tiendas de la oposición.
Convencer a Quiroz no fue sencillo. El ministro, descrito por quienes lo conocen como un reconocido pragmático al que no incomoda sacar su proyecto emblema por un solo voto, era en esas fechas —inicios de julio— partidario de una metodología de negociación con propuestas por escrito, no de mesas de conversación política.
Hubo un tercer episodio relevante. Núñez y Quiroz se reunieron en la oficina de la presidenta del Senado para recibir, por primera vez, a un actor distinto del PPD: el senador Ricardo Celis. Celis aceptó la invitación pese a los cuestionamientos que surgían en la oposición contra quienes negociaran con Quiroz. Llevó la propuesta del PPD. Cuando se selló el acuerdo y Núñez le agradeció el consenso, Celis le respondió: «La política es de valientes». La frase circula hasta hoy en las conversaciones de la derecha.
Sin embargo, el PPD terminó bajándose de las tratativas. El motivo fue que Quiroz incluyó en la tramitación la rebaja del impuesto corporativo al 22%, un ítem que no había sido considerado en las negociaciones previas. Celis y los suyos habían logrado reducir la invariabilidad tributaria de 25 a 10 años; el precio fue quedar fuera del acuerdo final.
Los protagonistas de esta historia son, en su mayoría, legisladores que eligieron negociar cuando su bloque decidió resistir. Para entender el presente hay que volver a esas semanas: la megarreforma económica de Kast no se aprobó en el hemiciclo, sino en comedores y oficinas donde un ministro pragmático y algunos senadores dispuestos a cruzar la línea hicieron los cálculos que sus compañeros de bancada no quisieron hacer.
Para Hemisferio, el episodio ilustra un principio que los defensores del libre mercado conocen bien: las reformas que amplían el espacio para la inversión privada —invariabilidad tributaria incluida— rara vez se ganan en el debate abierto. Se ganan en la trastienda, con paciencia y con interlocutores que anteponen los incentivos reales al mandato del bloque. El costo político lo pagan ellos; el beneficio, en teoría, lo recibe la economía.



