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La trampa iraní

Washington puede destruir instalaciones, eliminar mandos y obtener superioridad aérea. Pero la historia reciente advierte que destruir no siempre equivale a vencer.
Imagen ilustrativa
lunes 3 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Once portaaviones, cientos de bombarderos estratégicos, el mayor presupuesto de defensa del planeta. Y aun así, la pregunta que circula en los despachos de política exterior no es si Estados Unidos puede golpear a Irán. Es si puede ganar.

Clausewitz lo escribió hace casi dos siglos. La guerra no es una competencia de inventarios. Es un instrumento político. Su objetivo no consiste en destruir fuerzas enemigas por el simple hecho de destruirlas. Consiste en imponer una voluntad política sobre el adversario. Ahí reside la paradoja que hoy enfrenta Washington.

Los detalles cuentan la historia. Vietnam fue el primer gran recordatorio. Irak y Afganistán lo confirmaron después. En los tres casos, Estados Unidos obtuvo superioridad táctica prácticamente indiscutible. Ganó la mayoría de las batallas. Destruyó las principales fuerzas convencionales del enemigo. Ocupó el territorio. Y sin embargo no consiguió consolidar un orden político estable que respondiera a los objetivos que justificaron entrar.

Irán aprendió esas lecciones con atención. Nunca intentó competir simétricamente con Washington. Comprendió que hacerlo equivaldría al suicidio militar. En cambio, desarrolló durante décadas una estrategia orientada no a vencer en el campo de batalla, sino a impedir que Estados Unidos pudiera obtener una victoria decisiva.

Su principal ventaja no son sus aviones ni sus misiles. Es su geografía.

Casi un millón seiscientos mil kilómetros cuadrados de superficie. Extensas cadenas montañosas. Instalaciones subterráneas. Una población cercana a los noventa millones de habitantes. Una profunda tradición estatal. Irán constituye un escenario radicalmente distinto al de las campañas de las últimas décadas. Su profundidad estratégica dificulta la destrucción completa de sus capacidades militares. Permite absorber golpes que resultarían devastadores para otros Estados de la región.

A eso se suma una doctrina construida sobre la dispersión, la movilidad y la resiliencia. Misiles balísticos, drones de largo alcance, guerra electrónica, operaciones cibernéticas, fuerzas navales ligeras. Un sistema pensado para sobrevivir a la primera ofensiva y prolongar el conflicto. El objetivo no es derrotar militarmente a Estados Unidos. Es elevar progresivamente el costo de su intervención hasta volver políticamente inconveniente su continuidad.

Para entender el presente hay que volver a esa ecuación. Porque Washington no administra solo su propio esfuerzo militar. También garantiza que Israel conserve capacidad de disuasión y superioridad estratégica. Y ahí aparece otra variable que complica el cálculo.

Israel posee fuerzas armadas extraordinariamente eficientes. Pero también una vulnerabilidad estructural que condiciona toda su doctrina. Carece de profundidad estratégica. Sus principales centros urbanos, industriales y logísticos se concentran en un territorio reducido. Están al alcance del arsenal misilístico iraní. Cada campaña prolongada implica movilizaciones masivas, costos económicos fuertes y presión creciente sobre su sistema de defensa antimisiles.

Irán ha comprendido perfectamente esa realidad. No necesita destruir militarmente a Israel. Le basta con prolongar la guerra. Saturar sus defensas. Afectar su economía. Obligar a Estados Unidos a incrementar de modo indefinido su compromiso político y militar.

El resultado es una inversión de la lógica clásica del poder. Cuanto mayor sea la implicación estadounidense para sostener a su aliado, mayores serán los recursos financieros, militares y diplomáticos que deberá destinar a un conflicto regional. Y cada dólar y cada activo comprometido en Oriente Medio es un margen de maniobra que se reduce en el Indo-Pacífico, donde China representa el principal desafío de largo plazo para la primacía norteamericana.

Éste es, probablemente, el aspecto menos comprendido del conflicto.

¿Podría Estados Unidos invadir Irán? Desde una perspectiva militar, probablemente sí. ¿Podría ocuparlo, estabilizarlo, controlar un territorio de dimensiones continentales y retirarse dejando un gobierno funcional y alineado con Occidente? La experiencia acumulada en tres décadas invita, por decir lo menos, a la prudencia.

Desde Hemisferio, el análisis apunta a una incomodidad que ningún inventario de armas resuelve. La capacidad de destruir objetivos militares con precisión incomparable no está en discusión. Lo que está en discusión es si esa capacidad alcanza para producir el resultado político que Washington persigue. La historia reciente sugiere que no basta. Y el verdadero costo de una guerra prolongada no se mide solo en bajas o en presupuesto de defensa. Se mide en el espacio estratégico que se cede en otros tableros mientras el conflicto consume atención, recursos y credibilidad. Eso es lo que Teherán calcula. Y eso es lo que Washington todavía no ha respondido con claridad.

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