El escándalo no llegó solo. Llegó con preguntas que la institución no ha terminado de responder.
Durante el más reciente examen de admisión en línea de la Universidad Nacional Autónoma de México, se registraron fallas técnicas y lo que académicos consultados por el programa Con los de Casa, de El Universal, describieron como posibles trampas en el proceso. Los analistas Marco Hernández e Irma Villalpando participaron en el debate junto a los conductores David Aponte y Maite Azuela para desentrañar qué revelan estos hechos sobre un sistema educativo que acumula tensiones desde hace años.
Los detalles cuentan la historia. Un examen en línea, diseñado para ampliar el acceso y modernizar la selección de aspirantes, se convirtió en el escenario de irregularidades que pusieron en entredicho tanto la integridad del proceso como la capacidad institucional para garantizarlo. Las fallas reportadas no son un accidente aislado: son el síntoma visible de una crisis más profunda.
La escena lo dice todo. Miles de jóvenes que aspiran a un lugar en la UNAM —la universidad pública más grande e influyente de América Latina— se enfrentaron a un proceso cuya confiabilidad quedó en duda. Para las familias que ven en esa institución la puerta de entrada a la movilidad social, la noticia no es menor.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El debate que desató el escándalo no giró únicamente en torno a quién hizo trampa o cómo se filtraron respuestas. Giró, según los académicos citados, en torno a algo más estructural: qué tan sólida es la educación que reciben los aspirantes antes de llegar al examen, y qué tan preparada está la institución para administrar procesos de selección masivos en entornos digitales.
México lleva años acumulando señales de alerta en su sistema educativo. La pandemia profundizó brechas de aprendizaje que ya existían. La infraestructura digital es desigual. Y la presión sobre las universidades públicas —con recursos limitados y demanda creciente— no ha disminuido. En ese contexto, un examen de admisión con fallas no es una anécdota: es un indicador.
Los protagonistas del debate señalaron que el problema no se resuelve solo con mejores plataformas tecnológicas. La trampa, argumentaron, es también una respuesta racional de aspirantes que perciben que el sistema no les ofrece herramientas suficientes para competir en igualdad de condiciones. Esa lógica, aunque no la justifica, la explica.
La trastienda de este episodio involucra decisiones que se tomaron —o no se tomaron— a lo largo de años: inversión en educación básica y media superior, formación docente, conectividad y, sobre todo, claridad sobre qué se le exige a un estudiante que aspira a la educación superior pública.
El giro que nadie quiere dar es el más necesario: reconocer que el problema no es el examen, sino lo que hay antes de él.
---
Desde la línea editorial de Hemisferio, este episodio merece leerse sin eufemismos. La UNAM es una institución financiada con dinero de los contribuyentes mexicanos, y la integridad de sus procesos de selección no es un asunto administrativo menor: es una cuestión de justicia y de eficiencia en el uso de recursos públicos. Cuando el aparato estatal no puede garantizar un examen confiable, la pregunta legítima es cuánto de ese presupuesto se traduce en resultados reales y cuánto se pierde en una burocracia que crece sin rendir cuentas claras.
Más allá del escándalo puntual, lo que está en juego es la credibilidad de la meritocracia como principio organizador del acceso a la educación superior. Si los jóvenes perciben que el esfuerzo no es suficiente —que el sistema premia la trampa o castiga la preparación desigual sin corregirla— el daño no es solo institucional. Es cultural. Y ese daño tarda generaciones en repararse.



