La escena lo dice todo. Mientras los aranceles de Washington sacudían cadenas de suministro y los mercados asiáticos procesaban la turbulencia, México seguía atado a la misma cuerda de siempre: dos sectores, un socio comercial, una vulnerabilidad enorme.
El Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM publicó esta semana un diagnóstico que, sin eufemismos, describe la situación: a nivel global, los ámbitos automotriz y electrónico abarcan casi la totalidad del comercio, lo que coloca a México en una situación de vulnerabilidad significativa. Si algo ocurre en esos sectores —o en Estados Unidos— se pone «en jaque» la economía nacional, según el análisis del investigador Raúl Vázquez López.
El dato no es nuevo, pero el momento en que se publica lo hace más urgente. La concentración productiva y geográfica del comercio exterior mexicano no es un accidente histórico; es el resultado de décadas de un modelo especializado que apostó por la integración a cadenas globales sin construir la densidad interna que amortigua los golpes externos.
El diagnóstico de la UNAM
Vázquez López, doctor en Economía, plantea que México requiere una política económica más transversal para conformar economías de escala. La lógica es directa: cuando el costo por unidad en la industria disminuye al aumentar el volumen de producción, se puede ser más eficiente, reducir precios e incrementar el margen de beneficio. Competir, en suma.
El investigador señala que el desafío para economías pequeñas y medianas como la de México es buscar estrategias para competir con grandes potencias mundiales y con empresas trasnacionales de las cuales son mayoritariamente propietarias las economías desarrolladas. La asimetría de partida es real y el modelo actual no la corrige; la perpetúa.
La propuesta del especialista gira en torno a las tecnologías genéricas de la llamada industria 4.0 —computación, inteligencia artificial, ingenierías ligadas a infraestructura— que tienen la capacidad de insertarse en múltiples sectores a la vez. Frente al modelo de especialización extrema, Vázquez López defiende una estructura productiva más densa, con relaciones entre sectores y orientada hacia áreas cada vez más sofisticadas que generan mayores ingresos.
El ejemplo que ofrece es ilustrativo: con la segmentación del proceso productivo, un país intermedio puede participar en la industria automotriz o incluso en la aeroespacial, como ocurre con el clúster de Querétaro. La pregunta es si esa participación genera capacidades propias o simplemente mano de obra barata para eslabones de bajo valor agregado.
El factor humano y la migración
Un elemento del análisis merece atención particular. Vázquez López incluye en su modelo a los trabajadores mexicanos migrantes: con carreras cortas especializadas en ingeniería o computación, podrían acceder a empleos mejor remunerados que los servicios, donde labora la gran mayoría de los connacionales en Estados Unidos. No es un detalle menor. Implica reconocer que la política educativa y la política migratoria son, también, política económica.
El modelo que propone ha funcionado, según el investigador, en naciones como China, Alemania y Holanda, y en Suiza en la formación universitaria técnica. La comparación es útil no solo por los resultados, sino por el denominador común: en todos esos casos hubo una decisión deliberada del Estado y del sector privado para construir capacidades humanas de largo plazo, no para administrar la dependencia.
Lo que está en juego
Para Hemisferio, el diagnóstico de la UNAM confirma algo que el libre mercado lleva tiempo advirtiendo desde otro ángulo: una economía que depende de dos sectores y de un solo socio comercial no es una economía abierta, es una economía cautiva. La diversificación no es un lujo académico; es la condición mínima para que la competencia funcione y para que los trabajadores mexicanos tengan opciones reales.
El problema no es la falta de análisis. México tiene investigadores capaces de trazar rutas. El problema es que el aparato estatal ha preferido, ciclo tras ciclo, gestionar la dependencia en lugar de reducirla: subsidios a sectores políticamente convenientes, burocracia que encarece la inversión en nuevas industrias y una política educativa que sigue sin priorizar las habilidades técnicas que el propio mercado global demanda.
La vulnerabilidad que describe la UNAM no llegó sola. Se construyó con decisiones —y con omisiones. Reconocerlo es el primer paso; el segundo, más difícil, es dejar de repetirlas.



