La escena lo dice todo. Una torta de 7,7 metros de largo y 1,6 metros de ancho, decorada con el tricolor venezolano, cortada a mano por voluntarios mientras a pocos kilómetros más de 20.000 personas siguen viviendo en carpas o refugios improvisados. El contraste es tan nítido como doloroso.
El pasado 19 de julio, Día del Niño en Venezuela, asociaciones civiles de Caracas distribuyeron lo que sus promotores llaman «la torta más grande de Venezuela» entre 3.000 menores afectados por los sismos del 24 de junio. El pastel, de 330 kilogramos en total, fue elaborado por 25 personas durante una jornada que reunió a varias organizaciones de la sociedad civil capitalina.
«Es un récord para Venezuela, pero no se trata de un trofeo para colocarlo en una vitrina, se trata de llevar esta torta a las personas que la necesitan», explicó Wilman Villegas, uno de los promotores de la iniciativa. Las porciones fueron trasladadas directamente a los centros donde permanecen alojados los niños desplazados por la catástrofe.
Claris Antaurgo, de 50 años, participó como voluntaria en la elaboración. «Fue hecho con amor para los niños de La Guaira», dijo mientras cortaba porciones del pastel. La cubierta superior, adornada con las estrellas de la bandera nacional, fue descrita por los organizadores como un símbolo de resiliencia: «Nuestra patria que en este momento siempre va a seguir estando con mucha fortaleza, a pesar de la vicisitud que enfrentamos».
Los números de la tragedia
Detrás del gesto solidario hay una magnitud que las cifras apenas alcanzan a describir. Dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron el norte de Venezuela el 24 de junio. Según el último balance oficial disponible al cierre de esta edición, al menos 5.069 personas murieron y 16.740 resultaron heridas.
Las autoridades venezolanas han evitado pronunciarse sobre el número de desaparecidos. La ONU estimó, al día siguiente de los sismos, que esa cifra podría alcanzar los 50.000; otras estimaciones apuntan a unos 10.000. La opacidad oficial sobre ese dato —el más angustioso para las familias— es, por sí sola, un hecho que merece registro.
Más de 20.000 personas continúan viviendo en carpas o refugios improvisados en La Guaira y las zonas aledañas. Es en esos mismos refugios donde los voluntarios llegaron con sus bandejas y sus porciones de pastel el día en que Venezuela celebra a sus niños.
«Estamos llevando con ellos un trozo de alegría, de felicidad, de solidaridad y de esperanza en un momento tan difícil», resumió Villegas.
Lo que la torta no puede tapar
La iniciativa de estas asociaciones civiles merece reconocimiento sin reservas: es la sociedad organizada —no el aparato estatal— la que lleva alivio inmediato a quienes lo necesitan. Veinticinco personas, sin presupuesto público ni decreto oficial, construyeron en pocas horas algo que los refugiados recordarán.
Pero la imagen de la torta más grande de Venezuela cortada frente a campamentos de emergencia plantea una pregunta que la solidaridad espontánea no puede responder sola: ¿dónde está la reconstrucción? Más de 20.000 personas en carpas, un gobierno que evita hablar de desaparecidos y estimaciones de la ONU que hablan de decenas de miles de ausentes configuran una emergencia humanitaria de primer orden. El mérito de los voluntarios es real; la deuda del Estado, también.



