Para entender el presente hay que volver a esa semana.
El 24 de junio, dos sismos sacudieron el centro-norte de Venezuela en rápida sucesión. El nivel de destrucción fue tal que, según quienes trabajan sobre el terreno, resulta difícil estimar no solo los daños sino también el costo de reconstruirlos. Miles de familias perdieron sus viviendas. Otras permanecen fuera de ellas mientras esperan inspecciones estructurales. Muchas no tienen dinero para las reparaciones.
La escena lo dice todo.
Tomás Páez, sociólogo y presidente del Observatorio de la Diáspora Venezolana, lo resume sin rodeos: «Lo primero es cómo apoyamos de manera eficiente a los familiares y a los damnificados por este terremoto, que además se produce en medio de un gran terremoto que ya lleva 27 años, el de la destrucción del país, y que encuentra un país sin instituciones, sin recursos, sin hospitales y sin capacidad para responder».
El diagnóstico es brutal. Y es anterior al sismo.
Desde 2013, cuando el Observatorio inició sus investigaciones, la diáspora venezolana pasó de unos 1,6 millones de personas a estar presente en 91 naciones y miles de ciudades del mundo. El salto más brusco ocurrió a partir de 2015. «Se multiplica por 10 el número de personas que salían del país», precisa Páez. La pandemia frenó el movimiento brevemente. Incluso propició algunos retornos. Pero el fenómeno nunca se detuvo. «A partir del año 2021 el proceso continúa, no al ritmo de 2014, 2015 o 2019, pero sí se ha mantenido de manera constante», dice el especialista.
El terremoto no crea una nueva migración. La acelera.
Páez distingue dos efectos inmediatos. El primero es interno: personas que se mueven hacia casas de familiares o que viven en espacios públicos mientras esperan saber si pueden volver a sus hogares. El segundo efecto es el que nadie puede medir todavía. «Es muy difícil prever si va a haber también un desplazamiento internacional. Uno supone que sí va a ocurrir», señala.
El Observatorio espera datos más precisos una vez que los países receptores actualicen sus registros migratorios. Mientras tanto, concentra sus esfuerzos en canalizar ayuda hacia organizaciones civiles en las zonas afectadas.
Hay otro frente menos visible pero igualmente decisivo. Durante los últimos años, una parte de la diáspora había comenzado a contemplar el regreso. No en masa, pero sí de forma tangible. Un estudio reciente del Observatorio identificó tres condiciones que los migrantes consideraban indispensables para volver: seguridad, empleo y servicios públicos. El terremoto deterioró las tres de golpe. «Va a refrenar la posibilidad de quienes estuviesen pensando en un retorno inmediato. Las personas decían que para poder pensar en el retorno tendría que haber condiciones de seguridad, condiciones de servicio y empleo. Ahora eso se ha dimensionado», afirma Páez.
Los detalles cuentan la historia.
La reconstrucción exigirá inversiones millonarias en hospitales, viviendas, sistemas eléctricos, agua potable e infraestructura. El Estado, según el propio especialista, carece de los recursos para asumirla. Sobre los países receptores, Páez matiza: en el caso español, la eliminación de ciertas figuras de protección para venezolanos responde a una política migratoria común de la Unión Europea, no solo a una decisión de Madrid. Y añade que persisten otras vías legales de regularización. «La única vía que tenían los venezolanos para permanecer en España no era la que se acaba de eliminar. Hay otras y esas persisten», dijo.
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Lo que el terremoto deja al descubierto no es solo escombros. Es la factura de décadas de destrucción institucional. Un Estado sin hospitales, sin presupuesto y sin crédito internacional no puede responder a un desastre natural. Esa es la consecuencia directa de un modelo que desmanteló la libre empresa, ahuyentó la inversión privada y concentró todos los recursos en el aparato político. El sismo del 24 de junio es una tragedia geológica. El otro terremoto —el que Páez llama «la destrucción del país»— lleva 27 años en curso y es obra humana. Mientras ese segundo sismo no cese, ninguna reconstrucción será posible. Y la diáspora seguirá creciendo.



