La escena lo dice todo. Mientras los modelos climáticos apuntaban a otra temporada de huracanes devastadora, los meteorólogos de la Universidad Estatal de Colorado publicaron esta semana un pronóstico que va a contracorriente del alarmismo habitual: el Atlántico podría vivir su temporada más tranquila en al menos trece años.
El informe actualizado proyecta apenas nueve tormentas con nombre en toda la cuenca atlántica. El promedio anual es de 14,4. De esas nueve, cuatro llegarían a categoría de huracán y solo una alcanzaría categoría 3 o superior, el umbral que define a un huracán «importante». La probabilidad de que alguno impacte con fuerza en territorio estadounidense cae al 17 %, frente al 43 % habitual en cualquier temporada.
Los números de energía refuerzan el cuadro. La Energía Ciclónica Acumulada —el indicador que mide el total de energía térmica que los océanos ceden a las tormentas para producir vientos fuertes— se proyecta en apenas el 40 % de lo típico para una temporada. El dato más relevante para Estados Unidos: esa ACE baja se concentra especialmente al oeste de los 60 grados de longitud, la franja donde se ubica el país.
Una tormenta tropical relativamente débil, Arthur, ya rozó la costa de Texas entre el 17 y el 18 de junio. Fue, hasta ahora, el único capítulo de una temporada que, sobre el papel, promete ser discreta.
El protagonista invisible: El Niño
Detrás del pronóstico hay un mecanismo físico preciso. El fenómeno de El Niño comienza con un calentamiento de las temperaturas del agua en el Pacífico tropical oriental, lo que calienta el aire circundante y provoca su ascenso. Los investigadores esperan que ese proceso genere más sistemas tropicales en el Pacífico —una temporada potencialmente hiperactiva en ese océano— pero, al mismo tiempo, el aire ascendente en el Pacífico se refleja en un hundimiento atmosférico sobre el Atlántico. Ese hundimiento frustra la formación de ciclones tropicales antes de que puedan organizarse.
A eso se suma la cizalladura del viento: los patrones de El Niño amplifican los cambios bruscos del viento con la altura, lo que disipa perturbaciones incipientes y desestabiliza a los ciclones que logran establecerse. Las temperaturas del agua en el Atlántico también se acercan más a la media, lejos del calor anómalo que caracterizó las últimas temporadas.
Lo que hace singular este episodio es la magnitud proyectada: los investigadores esperan que este El Niño se convierta en el más intenso registrado hasta la fecha.
La advertencia que no debe perderse
Para entender el presente hay que volver a esa semana de agosto de 1992. La temporada de huracanes de ese año fue escasa en términos de actividad total: la energía ciclónica acumulada resultó un 38 % inferior a la media y solo se formó un huracán importante. Ese huracán fue Andrew, categoría 5, que azotó el sur de Florida y los suburbios del sur de Miami.
Los propios meteorólogos de la Universidad Estatal de Colorado lo formulan sin rodeos en su informe: «Como ocurre en todas las temporadas de huracanes, se recuerda a los residentes de las zonas costeras que basta con que un solo huracán toque tierra para que se considere una temporada activa».
Los detalles cuentan la historia. Una probabilidad del 17 % no es cero. Una ACE del 40 % de lo típico todavía contiene energía suficiente para destruir comunidades enteras si esa energía se concentra en una sola tormenta que encuentra la costa equivocada en el momento equivocado.
Lo que está en juego
La noticia es genuinamente buena para las zonas costeras de Estados Unidos y para los mercados de seguros, que han absorbido pérdidas históricas en temporadas recientes. Una menor actividad ciclónica reduce la presión sobre infraestructuras, cadenas de suministro y presupuestos de emergencia estatales y federales —dinero de los contribuyentes que, temporada tras temporada, se destina a reconstrucción y respuesta de desastre.
Pero el riesgo de leer este pronóstico como una patente de corso para la desatención es real. La historia de Andrew enseña que los promedios no protegen a nadie. La preparación individual, la solidez de las estructuras privadas y la capacidad de respuesta local siguen siendo la primera línea de defensa, independientemente de lo que digan los modelos en julio. El aparato estatal llega siempre después.



