Murió Carlos Alonso. Tenía 97 años. Fue hoy, 21 de septiembre, en su refugio de Unquillo, Córdoba. Con su muerte, el mundo del arte despide a uno de los grandes maestros mendocinos, y también a un artista que, según Juan Gabriel Batalla, fue «la conciencia estética y el cronista más desgarrador de los años más oscuros de la Argentina».
Entre las piezas de su legado, una sobresale por la intensidad de su recorrido y por la carga histórica que arrastra: «Manos anónimas». La serie nació en los primeros meses de 1976 como una instalación de cartapesta destinada a la muestra «Imagen del hombre actual» en el Museo Nacional de Bellas Artes. Con el asalto militar al poder, la exposición fue cancelada y la obra quedó arrumbada en el taller del artista, donde el paso del tiempo la destruyó. A partir de 1981, esa idea reapareció como una serie pictórica y de dibujos al pastel que hoy se considera un hito de la memoria colectiva.
La cronología de la obra ayuda a entender por qué sigue ocupando un lugar decisivo en la lectura de la violencia política argentina. Para el periodista cultural Juan Gabriel Batalla, Alonso fue «un artista que enfrentó a la maquinaria de la dictadura desde el arte». En un artículo publicado en 2024, Batalla desmenuzó la densidad conceptual de esa serie y destacó que el artista abordó el desmantelamiento de la identidad a través del «terror psicológico» más que del físico, usando la metáfora de la carne despojada de humanidad para representar la materia prima de la maquinaria represiva estatal.
Las piezas de «Manos anónimas» registran la irrupción de la violencia en lo cotidiano. No aparecen batallas épicas, sino el terror doméstico: patotas de civiles que violan la intimidad de un hogar, muebles destrozados, la penumbra de los secuestros nocturnos y la presencia ominosa del «hombre gris», aquel burócrata de lentes oscuros que vigila la carnicería. Batalla agregó que las manos sin rostro, que dan nombre a la serie, operan desde la sombra, despojando a las víctimas de su nombre y transformándolas en meros números de una lista negra.
La escena lo dice todo. En la obra de Alonso, la violencia no se muestra como consigna sino como registro. El artista no buscó la complacencia; prefirió la incomodidad de la verdad y el peso del testimonio histórico. Por eso la serie sigue resonando como una pieza mayor dentro de su producción y como un documento visual de una época marcada por la censura, las amenazas y el exilio.
La biografía del pintor también quedó atravesada por esa fractura. Nacido en Tunuyán, Mendoza, el 4 de febrero de 1929, Alonso se formó bajo el ala de Lino Enea Spilimbergo. Su talento pronto lo llevó a consagrarse como un ilustrador descomunal, con trabajos sobre clásicos como «Don Quijote de la Mancha» de Miguel de Cervantes y el «Martín Fierro» de José Hernández.
Pero el golpe de Estado de 1976 alteró el curso de su vida. Tras la asonada militar, debió partir al exilio en Italia y España. Al horror generalizado se le sumó la tragedia personal: la desaparición de su hija, Paloma Alonso Fauvety, el 30 de julio de 1977, durante un operativo ilegal en su casa de San Telmo. Según Romina Cervi, entrevistada por Guillermina Delupi en Perfil, Alonso usó la imagen de la mujer para describir la época del proceso y, al mirar sus entrevistas y escritos, se ve que pintó a su hija una y otra vez.
Ese dato vuelve aún más áspero el lugar de «Manos anónimas» dentro de su obra. No se trata solo de una serie sobre la violencia política; es también una forma de fijar las heridas que deja la realidad sobre el mundo, como escribió Fabián Lebenglik en Página/12 al recordar que Alonso fue atravesado por la censura, las amenazas, el exilio y la desaparición de Paloma.
En su regreso a la Argentina, Alonso eligió las sierras cordobesas para vivir y seguir creando. Y allí quedó también una de sus piezas más poderosas, custodiada en el Museo Evita Palacio Ferreyra de Córdoba. En tiempos en que la memoria suele ser disputada por la urgencia del presente, su obra recuerda algo más simple y más incómodo: que el arte puede ser archivo, herida y testimonio al mismo tiempo.
El desenlace de su vida cierra una biografía enorme, pero no clausura su pregunta central. «Manos anónimas» sigue allí, con su gramática de sombras, para recordar que la violencia no siempre entra con estruendo: a veces lo hace por la puerta de una casa, en silencio, con manos sin rostro. Y es precisamente en ese registro donde Alonso dejó una de las pruebas más duras y duraderas de su tiempo.



