La escena lo dice todo. Treinta estudiantes de primaria en la Institución Educativa de Desarrollo Rural La Selva, en Ginebra, Valle del Cauca, podían estudiar únicamente mientras hubiera sol. Cuando caía la noche, la oscuridad cerraba el aula. Hoy, gracias a un sistema de almacenamiento instalado con baterías retiradas de automóviles eléctricos, la luz permanece encendida.
Ese detalle —una batería usada que prolonga la jornada escolar— es el corazón del #RetoIluminaColombia2.0, iniciativa impulsada por Volvo Cars Colombia a través de su representante Astara. El proyecto recoge baterías de vehículos electrificados que han cumplido su ciclo de tracción, las repotencia y las convierte en sistemas de almacenamiento de energía solar para comunidades rurales sin acceso confiable a la red eléctrica.
El déficit que el Estado no resolvió
Los números son elocuentes. Según datos de la Unidad de Planeación Minero Energética (UPME), alrededor de 1,32 millones de hogares colombianos presentan déficit energético, y más del 80 % de ellos se ubican en zonas donde la red eléctrica convencional nunca llegó. En esas regiones, los cortes de suministro pueden extenderse hasta 72 horas, una frecuencia veinte veces superior a la que registran los entornos urbanos.
La brecha no es solo técnica. Sin electricidad estable, conservar alimentos es una apuesta diaria, el estudio nocturno es imposible y las actividades productivas quedan atadas al horario solar. Para miles de familias en veredas y municipios apartados, la pregunta sobre si habrá luz al día siguiente forma parte de la rutina.
De la carretera a la vereda
La lógica del proyecto parte de una constatación simple: una batería de vehículo eléctrico no muere cuando deja de impulsar un automóvil. Según Nicolás Olarte, gerente de Posventa de Volvo Cars Colombia, «entendimos que una batería no muere cuando deja de impulsar un vehículo, sino que aún puede convertirse en una solución real para otras personas».
En 2025, la primera beneficiaria fue la ecoaldea Nashira, en el Valle del Cauca. La instalación permitió que la cocina comunitaria operara sin interrupciones, asegurando la alimentación de sus habitantes. Al año siguiente, el proyecto amplió su alcance.
Además de La Selva en Ginebra, el comedor comunitario de Tienda Nueva, en Palmira, recibió un sistema similar. Más de 50 personas dependen de ese espacio para su alimentación diaria, y su funcionamiento está directamente ligado al suministro energético. La electricidad, en este contexto, no ilumina: conserva alimentos, sostiene una cocina y garantiza que medio centenar de personas coma.
Apropiación, no dependencia
El proyecto incorpora un componente que lo distingue de la asistencia convencional: la capacitación. De la mano de Dynamo, aliado estratégico de Volvo, las comunidades reciben formación para gestionar y mantener los sistemas instalados. La idea, según describe la iniciativa, es que los propios habitantes adquieran autonomía en el manejo de la tecnología, garantizando la continuidad sin depender de intervenciones externas.
Ese enfoque —transferencia de capacidades, no solo de equipos— define la diferencia entre un proyecto que dura lo que dura el patrocinio y uno que se integra a la vida comunitaria. Las comunidades no son receptoras pasivas; son operadoras del sistema.
Personalidades como Claudia Bahamón, Carlos Torres, Harry Sasson y Carlos Montoya se sumaron a la difusión pública del proyecto, apadrinando historias concretas documentadas bajo el concepto «Retratos de la Luz».
Lo que el mercado puede hacer
Para Hemisferio, la historia del #RetoIluminaColombia2.0 ilustra algo que los grandes planes de infraestructura estatal raramente consiguen con la misma agilidad: la empresa privada, movida por incentivos de reputación, economía circular e innovación, llegó donde el aparato público lleva décadas sin aparecer. Más de 1,32 millones de hogares colombianos con déficit energético no son un dato nuevo; son el resultado acumulado de décadas de política energética que priorizó lo urbano y lo visible.
El modelo es replicable, y eso importa. Baterías de segunda vida, energía solar, capacitación local y alianzas entre empresas: ninguno de esos ingredientes requiere burocracia central ni presupuesto público. Requiere que el Estado no obstaculice y que el mercado encuentre el incentivo. En Colombia, donde el gobierno de turno tiende a ver la solución en más intervención y más gasto, este proyecto señala en dirección contraria: la trastienda de la innovación energética la están escribiendo una automotriz y una comunidad rural, no un ministerio.



