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La retirada

La delegación estadounidense abandonó la sala del Consejo de Seguridad mientras Francia hablaba. El gesto duró minutos; la fractura transatlántica lleva meses acumulándose.
Imagen ilustrativa
martes 28 de julio de 2026

La escena lo dice todo.

El lunes, en la sede de Naciones Unidas en Nueva York, la delegación de Estados Unidos se levantó y abandonó la sala del Consejo de Seguridad en plena intervención de Francia. No fue un accidente de protocolo. Fue un mensaje.

Dan Negrea, representante alterno de Estados Unidos ante la ONU, lo explicó sin rodeos al regresar a su asiento: «Por eso nos retiramos durante la intervención de Francia». Negrea acusó a París de fingir «indignación moral» mientras pretendía dar lecciones al mundo sobre el conflicto en Ucrania y los derechos humanos. «Esta pose disingenua es cansina, pero la hemos tolerado por camaradería y respeto mutuo como miembros del P5», dijo, en referencia a los cinco miembros permanentes del Consejo.

La chispa inmediata fue la renovación de Volker Türk como Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos. El viernes anterior, Türk obtuvo 144 votos a favor de continuar en el cargo; solo diez países votaron en contra, entre ellos Estados Unidos. Francia votó a favor.

La Misión francesa ante la ONU en Ginebra no dejó pasar la ocasión. El sábado, a través de redes sociales y con el etiquetado «America Alone», publicó: «Estados Unidos solía ser un faro de los derechos humanos. Ya no. Hoy se sitúa junto a Corea del Norte, Nicaragua, Malí y Rusia, aislado. Y el mundo ya no le escucha».

La respuesta americana no tardó. El embajador Mike Waltz calificó la crítica de «decepcionante, aunque no sorprendente», y acusó a Francia de haber votado por alguien que, según él, «ha estado dando lecciones a democracias libres y soberanas como Estados Unidos, el Reino Unido e Israel, mientras se arrima a los peores opresores del mundo». Jeff Bartos, representante para la Reforma y Gestión de la ONU, fue más explícito aún: «habrá consecuencias» y Estados Unidos «reevaluará su compromiso, participación y financiación» con el organismo.

Türk, por su parte, expresó el lunes preocupación por los desplazamientos causados por ataques israelíes en Líbano y había pedido previamente una «revisión masiva» de las políticas migratorias de Estados Unidos antes del Mundial de fútbol de junio.

Al cierre de la tensa reunión, el embajador francés Jérôme Bonnafont intentó bajar la temperatura. Recordó que Francia había participado en las celebraciones del 4 de julio por el 250 aniversario de la independencia estadounidense y reafirmó el compromiso de trabajar juntos. «Las Naciones Unidas fueron creadas con el objetivo de trabajar hacia la paz y la seguridad internacionales, los derechos humanos y el desarrollo», dijo. «Todo eso forma el espíritu con el que Francia trabaja dentro de las Naciones Unidas».

Pero la escena ya estaba grabada. Y los detalles cuentan la historia.

La disputa del lunes no es un episodio aislado. Es el último capítulo de una fractura que lleva meses ensanchándose entre Washington y varios de sus aliados europeos. Las tensiones han girado en torno al gasto en defensa de la OTAN, la retirada de tropas estadounidenses de Europa y las pretensiones de Trump sobre Groenlandia. En la cumbre de la OTAN celebrada en Turquía este mes, Trump llegó a amenazar con cortar todo el comercio con España en un momento especialmente tenso.

Para Hemisferio, el episodio merece una lectura sin anestesia. La postura francesa —comparar a Estados Unidos con Corea del Norte y Rusia en un comunicado oficial de redes sociales— no es diplomacia: es provocación calculada al servicio de una narrativa progresista que lleva años instalada en el aparato multilateral. Que Türk haya recibido 144 votos no lo convierte en árbitro neutro de la libertad; convierte a la ONU en lo que muchos sospechan que ya es: un foro donde la retórica de los derechos humanos se aplica de forma selectiva, con especial saña hacia las democracias occidentales que se niegan a comulgar con el consenso de Bruselas o Ginebra.

Estados Unidos financia de manera desproporcionada ese aparato. Que el contribuyente americano —y, por extensión, el orden liberal que sostiene— financie organismos que luego lo equiparan a regímenes autoritarios es una contradicción que Washington, bajo esta administración, ya no está dispuesto a ignorar. La retirada de la sala duró minutos. La conversación sobre el futuro del multilateralismo podría durar años.

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