La madrugada del 12 de febrero de 1971, Alejandro Jodorowsky estaba preso en los separos de la entonces Procuraduría General de la República. La policía había llegado al domicilio de Paseo de la Reforma 935, en Lomas de Chapultepec, y arrestó a los 140 asistentes a una fiesta que, según la reconstrucción de Rafael Cabrera, el cineasta no quería ni frecuentar.
Dentro de las patrullas iban los dueños de la casa, Manuel y Toribio Obregón Moreno, y los invitados. Entre ellos estaban Isela Vega y su esposo Jorge Luke, Arnoldo Cohen, Helen Escobedo, Arturo Vega y el propio Jodorowsky. Al amanecer, en los kioscos de revistas, la prensa hablaba de «Redada en una orgía hippie» o de «142 artistas y drogadictos, detenidos».
La escena lo dice todo. Jodorowsky no solo enfrentaba a la policía; también cargaba con el hostigamiento de la Dirección Federal de Seguridad y con el rechazo de asociaciones católicas de México, que acusaban su cine de profano y exigían su deportación. En los separos, decía: «me van a quitar mi casa, me van a separar de mis hijos...», mientras rezaba para no ser deportado a Chile.
Los expedientes del Archivo General de la Nación muestran que la DFS ya seguía sus pasos. Ahí se lee que sabía del compromiso de Jodorowsky con estudiantes de la Universidad Autónoma de Puebla para ofrecer una conferencia sobre temas hippies, y que en enero de 1971 voló a la antigua Yugoslavia. Ese mismo mes, los registros asentaron su cambio de domicilio a la calle Lerma número 330 interior 10, en la Col. Cuauhtémoc, de la actual Ciudad de México.
Cabrera dice que encontró esta historia en 2013 y que pasó años armando el libro Redada en una fiesta hippie, publicado por Debate en 2026. Para ello entrevistó a más de veinte personas, consultó expedientes y revisó una quincena de libros. El resultado, dice el reportaje, es la reconstrucción de una noche que terminó convirtiéndose en el retrato del México autoritario de los años setenta.
El relato no se queda en la anécdota policial. También muestra el cambio de época que Cabrera ve en Arturo Vega, quien aquella noche llevaba una blusa de mujer y fue rapado por los policías. «Mataron al hippie y liberaron al punk», resume Cabrera, para describir el paso de una década a otra: el final de los 60 y el inicio de los 70, con un ambiente más duro y agresivo, y con el reemplazo del LSD por la cocaína.
Ese giro aparece también en la trastienda de la obra de Jodorowsky. Los expedientes del AGN señalan que durante la filmación de La Montaña sagrada, en 1973, «no existió ningún respeto por las tumbas» del Panteón Jardín, porque las habrían usado para comer, recostarse e instalar equipo. El cineasta también filmó en el atrio de la Basílica de Guadalupe.
Tras el estreno de la película, la Unión de Católicos Nacionalistas Mexicanos exigió su deportación y se manifestó contra el abad Guillermo Schulemburg, quien dio los permisos de grabación. Además, en el desaparecido Cine Roble detonó un cohetón, y una inspectora del gobierno dijo que antes del atentado hubo llamadas anónimas que advertían que «harían explotar una bomba [...] debido a que esta persona [Jodorowsky] filmó algunas escenas en el atrio de la Basílica de Guadalupe».
Cabrera, según su propia entrevista, mira esa historia desde la fascinación por la contracultura y también desde la memoria de un país que vigilaba, detenía y señalaba. Para él, la redada no fue solo un exceso policial: fue una postal de época, con la burocracia del Estado, la moral católica y el aparato de seguridad cerrándole el paso a una generación que quería vivir y crear fuera del molde.
Ahí está el desenlace que incomoda. Cuando el Estado se acostumbra a perseguir costumbres, el costo no lo pagan solo los artistas: lo pagan la libertad individual, la vida privada y la posibilidad de que la cultura respire sin permiso. La historia de 1971 recuerda que el poder público, cuando se arroga la potestad de decidir qué es aceptable, termina castigando también la creatividad y la disidencia.
Y esa lección sigue vigente. La escena de los separos, las patrullas y los titulares sensacionalistas muestra hasta dónde puede llegar una alianza entre moralismo, policía y miedo. Cuando el aparato estatal se convierte en árbitro de la conducta, la sociedad pierde aire, y la libertad queda reducida a una excepción tolerada.



