Para entender el presente hay que volver a ese chat de Call of Duty.
Sam recibió una invitación mientras jugaba en línea. Un contacto conocido durante las partidas lo llevó a un servidor privado de Discord donde, según el reportaje de Bloomberg Businessweek México, cientos de mujeres —muchas de ellas manipuladas— publicaban videos explícitos. El boleto de entrada no se compraba con dinero: había que demostrar que alguien se había tatuado el nombre de usuario del nuevo miembro. Sam es uno de cientos, quizá miles, de jóvenes que han caído en la comunidad conocida como 764.
El origen: un código postal y un adolescente de 15 años
El nombre proviene de los primeros tres dígitos del código postal de Stephenville, Texas. Allí nació Bradley Cadenhead, quien creó el primer grupo en Discord en 2021, cuando tenía 15 años. Ese mismo año fue arrestado y posteriormente sentenciado a 80 años de prisión por abuso sexual infantil y delitos relacionados, según los fiscales citados por Bloomberg Businessweek México.
Cadenhead se inspiró en un grupo previo llamado CVLT, que ya empleaba técnicas básicas de hackeo para ubicar a las víctimas y a sus familias, reforzando así las amenazas. Desde entonces han surgido grupos imitadores con administradores en Estados Unidos, el Reino Unido, Grecia y otros países. Matt Kriner, director ejecutivo del Institute for Countering Digital Extremism, estima que la membresía global de redes tipo 764 podría llegar a 10 mil personas.
El método: afecto, frialdad y chantaje
El caso de Baron Martin, presunto miembro de CVLT y 764 acusado en Arizona, ilustra el manual de operación con una precisión perturbadora. Según los fiscales, Martin elaboró una guía para captar víctimas según su condición de salud mental: empezar con afecto y después volverse frío «para destruir cualquier sentido de cuidado», hasta dejar a las víctimas «derrotadas». El mismo manual sugería condicionar el comportamiento asociando la autolesión con la voz del agresor y archivar el material resultante como herramienta de chantaje.
A diferencia de Instagram o TikTok, Discord restringe el acceso a sus servidores mediante enlaces de invitación. Esa exclusividad, señalan los expertos citados por Bloomberg Businessweek México, vuelve los foros más atractivos para quienes buscan pertenecer a algo oculto. Una vez dentro, los miembros comparten imágenes en los llamados «lorebooks»: collages digitales que circulan entre servidores de Discord y canales de Telegram.
Las víctimas: animales, familias, vidas
Los detalles cuentan la historia con una crudeza que no admite eufemismos. A Baron Martin se le acusa de haber presionado a un menor, durante una videollamada grupal, para que pisoteara la cabeza del hámster de su familia y se lo diera de comer al perro. En Vancouver, una adolescente de 15 años identificada como Penelope fue grabada intentando estrangular al gato de su familia después de ser contactada por un usuario llamado «Culprit». Penelope se suicidó en febrero de 2025, a los 16 años; su padre, Jason Sokolowski, encontró en el teléfono de su hija mensajes en los que era incitada a lesionarse.
Timothy Kotman, jefe de la unidad de explotación infantil de Homeland Security Investigations, precisa que estos grupos no están motivados principalmente por el sexo, sino por «la notoriedad y el obligar a la gente a realizar actos humillantes». El FBI asegura tener 450 investigaciones activas vinculadas a este fenómeno. Solo en 2025, la línea CyberTipline del National Center for Missing & Exploited Children recibió más de 3 mil reportes de «explotación sádica en línea», un aumento de 125 por ciento respecto al año anterior. Miembros de 764 también han sido vinculados con incitación a tiroteos escolares, incluidos un ataque en Nashville y otro contra la Abundant Life Christian School en Wisconsin.
La clasificación de sus miembros como terroristas domésticos los expone a cargos más severos, incluida la cadena perpetua si un caso se vincula con una muerte.
Lo que está en juego
La escena lo dice todo: una red que no necesita dinero ni organización vertical para causar daño masivo. 764 opera en la grieta entre la libertad de las plataformas digitales y la desatención de los adultos. No es un problema de algoritmos ni de regulación abstracta: es el resultado de dejar a menores solos frente a foros diseñados para aislarlos, humillarlos y convertirlos en instrumentos de su propio sufrimiento.
El Estado tiene aquí una obligación elemental —proteger a los menores de la depredación criminal— que no debería confundirse con censura ni con vigilancia masiva. La pregunta que queda abierta, y que los padres de familia tienen derecho a exigir que se responda, es cuánto tiempo más las plataformas podrán escudarse en la arquitectura de sus servidores privados mientras los lorebooks siguen circulando.



