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La puerta de cedro y las cinco ausencias

El terremoto del 10 de agosto de 2026 en Cali se llevó a cinco miembros de la familia Saavedra en segundos. Ana María, la mayor de las trillizas, sobrevivió porque una puerta la cubrió de los escombros; ahora enfrenta sola la reconstrucción de su vida.
Imagen ilustrativa
sábado 15 de agosto de 2026

Para entender el presente hay que volver a esa semana.

El domingo 9 de agosto de 2026, la familia Saavedra estuvo en una viejoteca de Cali llamada La Caldera del Diablo. Bailaron hasta las 11 de la noche. Al día siguiente, a las 7:33 o 7:40 de la mañana —Carlos Saavedra, tío de las jóvenes, no recuerda el minuto exacto—, el terremoto del 10 de agosto de 2026 derrumbó el edificio María Alvira, en el sector de Cuarto de Legua, y se llevó a cinco de ellos.

Los detalles cuentan la historia.

Según relató Carlos Saavedra a una emisora local, Ana María —la mayor de las trillizas— iba saliendo del apartamento cuando ocurrió el sismo. Sus hermanas Sofía e Isabella iban adelante, ya bajando las gradas. En ese instante, la puerta del apartamento, de cedro fino, cayó sobre Ana María y la protegió de los escombros. Quedó atrapada, pero con la cabeza por fuera. Empezó a gritar. Cinco minutos después, los vecinos la escucharon y la sacaron. El edificio, de cuatro pisos, había caído hacia adelante, sobre el andén. «El edificio se apachurró totalmente y las losas quedaron una sobre otra», describió el tío. A los 30 minutos, Ana María ya estaba en la Clínica Imbanaco.

En la ambulancia, un paramédico le pidió que llamara a alguien. Ella marcó el número de su prima María Camila, que se sabía de memoria. Le dijo: «Se cayó el edificio, todos estábamos adentro, me llevan para Imbanaco». La cadena de llamadas llegó en minutos a Carlos Saavedra, que vive a seis cuadras. Cuando llegó al lugar, ya había 20 personas sacando escombros sin guantes. «Apenas llegué, dije: aquí no hay vida», recordó.

Dentro del apartamento habían quedado su hermano Jairo Saavedra, de 62 años —que habría cumplido 63 el 30 de septiembre—, y su cuñada Blanca Victoria Caicedo. Los rescatistas los encontraron abrazados entre los escombros. También estaba Diego Efraín Caicedo, hermano de Blanca Victoria, que había llegado esa mañana a trabajar con Jairo en los computadores: ambos trabajaban para una multinacional americana. En total, cinco muertos de una sola familia.

Sofía, la del medio, fue la tercera en ser localizada, el mismo lunes a las 11 de la mañana. Isabella, la menor —ahijada de Carlos Saavedra—, fue encontrada sin vida la noche del martes, a las 6:30 de la tarde, durante el minuto de silencio. Con ese hallazgo, la cifra de muertos en Cali por el terremoto alcanzó 104, según reportes citados por medios locales. En todo Colombia, la cifra superaba las 280 víctimas fatales, con 115 personas aún desaparecidas en Cali.

Las tres trillizas tenían 23 años y se habían graduado hace un año en comercio internacional en la Universidad Icesi. Eran tan inseparables, según contó Diana March Espinosa, prima del padre, que estudiaron la misma carrera para no tener que separarse. «Las trillis, siempre las tres juntas», dijo. También trabajaban juntas en una multinacional.

El apartamento donde vivía la familia era una herencia: Carlos Saavedra explicó que había pertenecido a sus padres, junto con otras dos propiedades en el mismo lugar.

Ana María fue operada de la pelvis. El médico informó que estaba fuera de peligro y que en 10 días volvería a caminar. Familiares y una psicóloga —entre ellos una hija médica de Carlos— le comunicaron la muerte de sus hermanas y sus padres. «Ella ya sabía que Sofía había fallecido porque a Sofía la encontraron», dijo Carlos. La noticia de Isabella llegó después.

Diana March Espinosa publicó en redes sociales un llamado a recaudar fondos para Ana María. «Ana María no solo necesita recuperarse. Necesita volver a tener un hogar», escribió. «Cubrir sus gastos médicos y básicos y encontrar un poco de estabilidad para comenzar a reconstruir su vida».

La escena lo dice todo.

El caso de la familia Saavedra condensa lo que un terremoto hace en segundos: borra el tejido de una vida construida durante décadas. Cinco personas, una herencia familiar, una carrera compartida, un domingo de rumba. Lo que queda es una joven de 23 años que despertó en una clínica sin padres, sin hermanas, sin casa. La solidaridad de los colombianos que respondieron al llamado de la familia es el único capital que Ana María tiene hoy para empezar. Que el Estado y la sociedad civil estén a la altura de esa deuda es, en este momento, la pregunta que importa.

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