La escena lo dice todo: tres oficiales militares durante un Tedeum, en una imagen que condensa siglos de tradición y la pregunta que vuelve a instalarse en el debate público argentino. ¿Por qué la profesión militar sigue siendo indispensable?
La respuesta, según un análisis reciente, no es sentimental ni ceremonial. La realidad internacional demuestra, según el texto, que la defensa nacional «no constituye una aspiración teórica ni un resabio del pasado, sino una necesidad permanente de todo Estado responsable».
El soldado del siglo XXI
El perfil del militar contemporáneo dista del estereotipo. El análisis describe a miles de jóvenes que dedican sus vidas a una profesión singular, marcada por tres rasgos que la distinguen de cualquier otra: la subordinación política, la aplicación ordenada y ética de la fuerza, y un código de justicia particular. Sobre ese trípode se asienta lo que el texto llama el modelo Sanmartiano, «un legado que nos tipifica, distingue y honra».
La profesión comparte elementos con la medicina, la ingeniería o el derecho —especializaciones, códigos éticos, autonomía, servicio a la sociedad—, pero en su cúspide hay algo que ninguna otra profesión exige de forma explícita: estar dispuesto, de ser necesario, a perder la vida por el país.
El riguroso adiestramiento, la disciplina y el servicio prolongado son, según el análisis, claves para forjar a esos jóvenes y prepararlos para operar en geografías difíciles y manejar sistemas de armas de alta tecnología. Un desafío que crece a medida que la tecnología permea todo el espectro de las operaciones militares.
Más allá de la guerra
Una de las paradojas que subraya el texto es que, si bien cualquier fuerza armada se prepara para actuar en una guerra, «el militar ama, por sobre todas las cosas, la paz». Quizás, sugiere el análisis, porque ha estudiado y visto de cerca su flagelo y el sufrimiento que acarrea, incluyendo los derivados de emergencias, desastres naturales y pandemias.
Esa vocación de paz se traduce en roles concretos durante tiempos de no beligerancia. El análisis menciona las muestras dadas en estos días en Venezuela y en lejanas operaciones de paz como ejemplos de la dedicación al servicio que prestigia al país, sin que ello agote la función de disuasión permanente que las fuerzas ejercen sobre los espacios terrestres, aéreos y marítimos.
El enfoque integral de gobierno
El texto introduce un concepto que los países más avanzados ya aplican: la seguridad nacional tratada desde una perspectiva integral. No se trata solo de fuerzas armadas actuando en solitario, sino de «esfuerzos colaborativos de las áreas, departamentos y agencias de un gobierno» orientados hacia un objetivo compartido en situaciones de crisis o guerra.
Ese enfoque integrado ha sido ampliado, además, para involucrar al sector privado y a la sociedad en su conjunto. La lógica es clara: si los conflictos son multidimensionales, las soluciones también deben serlo.
El rol del jefe militar, en ese marco, es «mucho más complejo que en el pasado». Las decisiones van más allá de planear, ordenar, ejecutar y supervisar: son cabeza de organizaciones complejas que procesan numerosas variables en un entorno tecnológico en permanente evolución.
Lo que está en juego
Para entender el presente hay que volver a esa pregunta de fondo: ¿qué Estado puede permitirse prescindir de una defensa profesional y sostenida? La respuesta, a la luz del análisis, es ninguno que aspire a ser responsable.
Desde la perspectiva de Hemisferio, el argumento tiene una dimensión que trasciende lo castrense: las Fuerzas Armadas son, también, una institución de libre empresa del Estado en su sentido más elemental, aquella que protege la propiedad, la soberanía y la vida de los habitantes sin los cuales ningún mercado, ninguna inversión y ninguna libertad individual son posibles. Debilitarlas en nombre de ideologías que confunden pacifismo con seguridad es un lujo que Argentina, con sus flancos geopolíticos abiertos, no puede costear. El modelo Sanmartiano no es nostalgia: es arquitectura de Estado.



