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La pradera reinventada

Netflix relanza 'La casa de la pradera' con un ángulo sobre tierras y pueblos originarios. Lo que la nueva serie gana en matices históricos, lo pierde en la visión que hizo grande al original: el esfuerzo propio como fundamento del sueño americano.
Imagen ilustrativa
lunes 20 de julio de 2026

Para entender el presente hay que volver a esa semana de julio de 1869, cuando Laura Ingalls miró a través de la abertura en forma de ojo de cerradura de una carreta cubierta rumbo a Kansas. Lo que vio —o más bien, lo que décadas después escribió que vio— se convirtió, según la fuente, en «la historia estadounidense que escuchamos, de una manera u otra, durante los siguientes 150 años».

La familia Ingalls —Caroline, Charles, Mary, Laura, Carrie y, finalmente, Grace— no se quedó quieta. Viajó de Wisconsin a Kansas, regresó a Wisconsin, pasó por Minnesota, Iowa, de nuevo Minnesota y finalmente las Dakotas, donde Laura conoció a su esposo Almanzo Wilder. La pareja se estableció en Missouri, y allí la hija de Laura, Rose Wilder Lane, ayudó a su madre a reunir los recuerdos de infancia que se convertirían en una exitosa serie bestseller. La casita en el gran bosque se publicó en 1932; La casa de la pradera, en 1935. Siete novelas autobiográficas adicionales completaron el ciclo.

La serie de libros era, en su núcleo, una meditación sobre el trabajo y la satisfacción que proviene de él. Sobre las privaciones y la alegría ante ellas. Sobre el ingenio, el esfuerzo propio y la perseverancia. Esa es la razón por la que cada verano llegan SUV llenos de turistas a Walnut Grove, Minnesota, a competir en un concurso de parecido a Laura. Y es la razón por la que la expectación ante la nueva adaptación de Netflix fue tan alta que la segunda temporada se renovó antes de que la primera se estrenara, el 9 de julio.

La primera adaptación televisiva —con Melissa Gilbert y Michael Landon— duró nueve temporadas a partir de 1974 y se consolidó como el estándar de oro para la televisión apta para familias. La nueva reinvención de Netflix es otra cosa.

En esta versión, Laura y Mary son mayores que sus contrapartes reales durante los años en Kansas: las actrices Alice Halsey y Skywalker Hughes tienen 11 y 14 años. La pequeña Carrie es rejuvenecida hasta convertirse en un bulto en el vientre de Mamá, lo que permite introducir un episodio sobre parto a mediados de temporada. Algunos personajes provienen de los libros, incluido el Dr. Tann, a quien Laura describió como la primera persona negra que conoció en su vida, y el señor Edwards, considerado en gran medida un personaje compuesto. Otros han sido completamente inventados, entre ellos un ejecutivo ferroviario llamado Eli James, el personaje más cercano a un villano.

Ahí está el giro. Resulta que James fue responsable de los folletos de «Tierra gratis» que llevaron a los Ingalls a Kansas, y que esos volantes no eran exactamente verídicos: las tierras de la pradera pertenecían a los Osage. La nueva serie resalta los conflictos con los pueblos originarios Osage y la cuestión de la ocupación ilegal de tierras en el siglo XIX. La voz de Laura en el episodio inaugural lo enuncia sin rodeos: «Papá dijo que estaba muy lleno y que necesitaban una nueva vida en el Oeste».

La interpretación es legítima como ejercicio histórico. Los libros originales tienen pasajes sobre nativos americanos que, según la fuente, obligan a los padres de hoy a saltarse párrafos precipitadamente. Y la Ley de Bienes Raíces —que prometía 65 hectáreas a cualquier jefe de familia que desarrollara el terreno por cinco años— tuvo consecuencias reales sobre poblaciones que ya habitaban esas tierras. Los hechos son los hechos.

Pero los detalles cuentan la historia. La elección de convertir a un ejecutivo ferroviario inventado en el villano central de la trama desplaza el peso moral desde las instituciones gubernamentales —que fueron quienes emitieron las promesas de tierra y gestionaron el desplazamiento de los Osage— hacia la figura del empresario privado. Es un marco narrativo que dice mucho sobre los tiempos, no sobre 1869.

Lo que hizo duradera a Laura Ingalls Wilder no fue la inocencia ni la ignorancia de su época. Fue algo más difícil de fabricar: la imagen de una familia que enfrentó saltamontes, ventiscas y fiebre escarlatina sin esperar que nadie le resolviera la cuenta. El caramelo de Laura era melaza caliente sobre nieve recién caída. Era el único dulce que tenía. Esa austeridad con dignidad —no la tierra gratis, sino el esfuerzo para merecerla— es lo que generaciones de lectores reconocieron como verdadero.

Netflix tiene todo el derecho de contar la historia que quiera contar. Pero Hemisferio anota lo que se pierde en la traducción: cuando el relato del esfuerzo propio se reemplaza por el relato de la culpa estructural, el espíritu que hizo al original perenne queda, como los Ingalls en Kansas, en tierra ajena.

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