La escena lo dice todo: un niño de diez años que no puede sostener la atención durante cinco minutos en una lectura, pero que lleva horas frente a una pantalla sin pestañear. No es un caso aislado. Es, según los especialistas consultados, el patrón dominante de una generación.
El uso global de redes sociales registró 5.660 millones de usuarios mensuales en 2026, cifra que representa el 68,7% de la población mundial, según datos citados por Infobae. La expansión masiva de las plataformas ha colocado a niños y adolescentes en el centro de una discusión que ya no es solo tecnológica.
En Colombia, el 62% de los menores accede a Internet sin supervisión adulta, lo que facilita la permanencia prolongada en entornos digitales. Según estudios referenciados por la Fundación Colegio Oficial de la Psicología y la Asociación Colombiana de Informática Sistemas y Tecnología afines, cuatro de cada diez adolescentes que se quitaron la vida tenían presencia digital relacionada con ideas suicidas. Los propios estudios aclaran que las redes sociales no son la única causa, pero subrayan la necesidad de intervención estatal.
La psicóloga clínica Laura Pérez identificó dos planos de daño. En el físico: alteraciones del sueño, fatiga visual, dolores de cabeza y molestias en cuello y espalda, además de una disminución de la actividad física. En el conductual: «dificultad para mantener la atención, disminución del rendimiento académico o laboral, irritabilidad cuando no se tiene acceso al celular, necesidad constante de revisar las redes, aislamiento de las relaciones presenciales y problemas para regular el tiempo de uso».
La médica general María Camila Preciado Celis fue más directa sobre el mecanismo biológico. La luz de las pantallas altera la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño, lo que se asocia con irritabilidad, fatiga y bajo rendimiento escolar. El cerebro infantil, explicó, necesita interacción real, juego activo y exploración del entorno. El uso excesivo de pantallas, advirtió, «se ha asociado con menor capacidad de concentración, mayor impulsividad y dificultad para tolerar el aburrimiento», porque los dispositivos ofrecen estímulos rápidos que dificultan sostener la atención en actividades como leer, estudiar o jugar sin tecnología.
Preciado Celis vinculó además la sobreexposición digital con dificultades en la motricidad, la regulación emocional, el desarrollo del lenguaje y la interacción social. Citó estudios que relacionan el exceso de pantallas con mayor riesgo de ansiedad, depresión, problemas de conducta y trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Su conclusión fue categórica: «Más que un problema tecnológico, estamos ante un desafío de salud pública que requiere atención, orientación a las familias y un abordaje preventivo desde la práctica clínica».
La Organización Mundial de la Salud, según citó la médica, recomienda reducir al mínimo el tiempo de pantalla en niños pequeños y priorizar el juego activo para favorecer el desarrollo físico y cognitivo. Preciado Celis precisó que el objetivo no es eliminar la tecnología, sino «encontrar un equilibrio, promover hábitos saludables, establecer límites claros y garantizar que las pantallas no sustituyan las experiencias esenciales para el desarrollo infantil». La prevención, agregó, debe comenzar incluso antes del nacimiento, desde los controles prenatales.
Los detalles cuentan la historia. El problema no reside únicamente en las horas de uso, sino en lo que la pantalla desplaza durante etapas críticas del desarrollo: el juego, el lenguaje, el vínculo presencial. Cuando esas experiencias se postergan, el daño no es reversible con una simple restricción posterior.
Desde la línea editorial de Hemisferio, el diagnóstico de los especialistas apunta a una tensión que el Estado colombiano, bajo la administración Petro, ha sido incapaz de resolver: la ausencia de marcos regulatorios claros para las plataformas y la falta de programas de orientación familiar a escala. La respuesta no puede ser solo burocrática ni puede recaer únicamente en las familias. Lo que está en juego es el capital humano de una generación: su capacidad de concentración, su salud mental y su aptitud para participar en una economía que exige precisamente lo que las pantallas sin límite destruyen. El libre mercado necesita individuos capaces de pensar, tolerar el esfuerzo y sostener proyectos. Una política pública que proteja el desarrollo infantil no es intervencionismo; es inversión en el único recurso que ningún Estado puede importar.



