La escena lo dice todo. En una sala de conferencias en Estados Unidos, cerca de 2.000 mujeres aplaudían la propuesta de ceder su voto al marido. El evento, organizado por Turning Point USA y encabezado por Erika Kirk, no habría trascendido más allá de sus paredes de no ser por algo que ya no sorprende a nadie que siga el ecosistema digital: internet lo convirtió en noticia mundial en cuestión de horas.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La propuesta del llamado «voto familiar» —que un solo integrante del hogar, el hombre, vote en representación de todos— no surgió de la nada. Se inscribe en una corriente más amplia que reivindica los roles tradicionales de género y que, según la ONG chilena Amaranta, lleva años ganando terreno en el espacio digital con una eficacia que los números en sala no reflejan.
«Lo que permite internet es que estos discursos permeen en distintos países a la vez y que se generen alianzas que llevan estas temáticas a otros lugares», explica Karen Vergara, presidenta de la organización. Desde 2018, Amaranta investiga cómo las redes sociales funcionan como amplificador de narrativas que, antes de la era digital, circulaban en espacios reducidos y sin mayor proyección internacional.
El mecanismo, según Vergara, tiene una lógica propia. «El contenido que me causa indignación usualmente va a ser un contenido que me va a llegar y que me va a hacer replicarlo a más personas». Dicho de otro modo: la indignación que genera una propuesta como el voto familiar es, paradójicamente, parte del motor que la instala como postura válida en el debate público. «Firmaron 2.000 mujeres, no son tantas. Pero ha tenido tanto revuelo mundial que ese mismo revuelo termina sentando ese discurso como una postura válida», añade.
Ese circuito de amplificación no opera en el vacío. Vergara señala que las grandes plataformas tienen «un rol tremendo» en el fenómeno: «Esta polarización ocurre también por la forma en que están planteados los algoritmos actualmente y eso termina diseminando estos discursos». La arquitectura de las redes, diseñada para maximizar el tiempo de atención, premia el contenido que genera reacción emocional intensa, sin distinción ideológica.
El resultado, según la organización, es una polarización que ya no es solo política. «Ves a las otras personas como adversarios, no ves que haya puntos en común y, usualmente, estos movimientos regresivos apelan a ese tipo de desconexión social», sostiene Vergara. Una fractura que, a su juicio, encuentra terreno especialmente fértil en sociedades con tejido comunitario débil: «En una cultura como Estados Unidos, que es muy individualista, estos discursos han permeado precisamente por eso».
Los detalles cuentan la historia. Lo que Amaranta llama «machósfera» —comunidades de internet que comparten discursos sobre roles de género— lleva unos siete u ocho años mutando de los foros cerrados hacia formatos mucho más palatables. Hoy aparece empaquetada en videos de fitness, productividad y finanzas personales. Valentina Luza, vicepresidenta de la ONG, describe el giro: «En plataformas como TikTok comenzaron a presentarse como estilos de vida. El mundo del fitness es un buen ejemplo. Se instala la idea de que el hombre tiene que ser proveedor, fuerte e imponer su voz frente a la de la mujer».
Ese cambio de registro —de la confrontación política al consejo de vida— explica, según Luza, por qué el fenómeno alcanza también a mujeres jóvenes. «En escenarios de incertidumbre económica, inseguridad o falta de certezas, estos discursos ofrecen algo que muchas personas buscan: orden y una explicación simple del mundo». La promesa de claridad en tiempos de confusión es, históricamente, uno de los recursos más eficaces de cualquier movimiento que busca adherentes.
Hemisferio observa aquí una tensión que merece ser nombrada sin rodeos. El debate sobre roles, familia y voto no es, en sí mismo, ilegítimo: en una sociedad libre, las personas tienen derecho a organizar su vida privada según sus convicciones, incluyendo las más tradicionales. El problema que señalan las investigadoras de Amaranta no es la existencia de esas ideas, sino la forma en que los algoritmos —diseñados por empresas privadas para maximizar engagement, no para fomentar el diálogo— las procesan y distribuyen de manera que fragmenta la conversación pública antes de que esta pueda ocurrir. La libre empresa que produce esas plataformas tiene también la responsabilidad de reconocer que sus incentivos comerciales y sus efectos sociales no siempre apuntan en la misma dirección. Esa es la trastienda del debate que, con 2.000 firmas y millones de clics, acaba de volver a abrirse.


