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La nota 6,0 en Chile pierde valor y la admisión universitaria amplifica la distorsión

Un estudio citado por especialistas muestra que el 49,6% de los estudiantes egresa de enseñanza media con promedio igual o superior a 6,0, el doble que antes de 2013. La inflación de notas se aceleró con el peso del ranking en la admisión y deja a las familias con una señal menos confiable sobre los aprendizajes reales.
Imagen generada con IA
martes 13 de octubre de 2026

¿Qué significa hoy sacarse un 6,0 en el colegio? En Chile, cada vez menos lo mismo que hace una década. Una nota que antes funcionaba como umbral de mérito hoy aparece, según los datos citados por especialistas, convertida en promedio y no en excepción.

El punto de partida es un estudio de Fernanda Castillo, investigadora de educación en Horizontal. De acuerdo con ese trabajo, el 49,6% de los estudiantes chilenos egresa de enseñanza media con un promedio de notas igual o superior a 6,0. Antes de 2013, esa proporción era 25%. Castillo comparó además los promedios escolares con resultados de pruebas estandarizadas como el Simce y la PAES, y concluyó que el alumno que hoy obtiene un 6,0, en términos de rendimiento, ocupa el mismo lugar que quien sacaba un 5,5 en 2013.

La escena lo dice todo: la nota sube, pero el aprendizaje no acompaña al mismo ritmo. La propia nota se ha despegado de los conocimientos que debiera medir. Castillo lo resume con crudeza: «Derechamente, le estamos mintiendo a los estudiantes respecto a lo que saben».

La comparación no es menor. Según el texto, las notas se desvalorizaron 10%. O, dicho en otras palabras, sufrieron una inflación. Y a diferencia de la inflación económica, esta no está siendo regulada. Mientras en pruebas externas como PISA los estudiantes chilenos bajan sus puntajes, en las libretas las calificaciones siguen subiendo.

La investigadora Sylvia Eyzaguirre, directora general de Humanidades en la Universidad San Sebastián, ha estudiado este fenómeno y sostiene que las notas en enseñanza media han aumentado de manera paulatina durante los últimos 50 años. Pero desde 2013, dice, el alza ha sido desproporcionada y mucho más acelerada.

Ese año se incorporó al proceso de admisión a la educación superior el puntaje ranking, que se suma al NEM y a la prueba. En términos simples, el ranking premia al estudiante cuyo promedio supera la media histórica de su colegio. El mecanismo fue diseñado por el CRUCH para premiar a los colegios más exigentes y buscar mayor equidad en la admisión universitaria. Sin embargo, el efecto descrito por los especialistas fue otro: empujar una distorsión en el valor de las notas.

Eyzaguirre plantea que las instituciones de educación superior comenzaron a aumentar la ponderación de las notas. «Hoy hay carreras que, entre ambas, les dan más de un 50%», dice. Ese cambio alteró los incentivos en los colegios. Si un promedio más alto mejora las posibilidades de ingreso a la universidad, el resultado esperable es que la presión por subir calificaciones crezca.

Los datos citados en la nota muestran exactamente eso. Según la comparación hecha por Castillo, con datos del DEMRE, el promedio de enseñanza media subió de 5,7 en 2013 a 6,1 en 2025. El alza fue especialmente fuerte desde 2020: Castillo afirma que el 70% de esta inflación de notas ocurrió después de ese año, cuando comenzó la pandemia.

Otro estudio, realizado en 2026 por Carlos Rodríguez y Denisse Espinosa, de la Universidad del Biobío, refuerza la tendencia. Entre 2005 y 2008, solo el 26,8% de los estudiantes obtuvo un promedio sobre 6,0. Entre 2021 y 2024, la proporción subió a 57,8%, un alza de 116%.

La misma investigación muestra que el 6,5 también se volvió más frecuente. En 2005-2008, apenas el 6,6% superaba ese umbral. En 2021-2024, la cifra llegó a 25,5%. Los investigadores escriben que «1 de cada 4 estudiantes que cursó la enseñanza media durante esos años sería catalogado de alto rendimiento».

El problema de fondo es el mismo: las notas ya no informan con precisión cuánto sabe un estudiante. Eyzaguirre dice que, al comparar Simce con enseñanza media, observa que alumnos con exactamente el mismo puntaje hoy tienen promedios mucho más altos que antes. Y con la PAES ocurre algo similar. Según el estudio de Castillo, si el promedio de notas estuviera perfectamente relacionado con el desempeño PAES, un estudiante de promedio 6,0, equivalente a 713 puntos NEM, debería obtener un resultado similar en Competencia Lectora y Matemática M1. Pero en la práctica, solo el 15,41% obtiene 713 puntos o más en ambas pruebas, y un 65,24% no alcanza ese puntaje en ninguna de las dos.

Anne Traub, directora ejecutiva de Fundación Familias Primero, apunta al corazón del problema: las notas deberían entregar información confiable sobre cuánto están aprendiendo los estudiantes. Cuando esa señal se degrada, las familias quedan sin un indicador claro y el sistema educacional pierde transparencia.

Para entender el presente hay que volver a esa semana de 2013, cuando cambió la ponderación de la admisión. El desenlace no fue solo un ajuste técnico en el ingreso a la universidad. Fue un cambio de incentivos que terminó alterando el valor de la nota escolar, premiando la apariencia de logro por sobre el logro medido.

En un país donde el aparato estatal y el sistema educacional dicen querer más equidad, la señal que termina imponiéndose es otra: cuando una calificación vale demasiado para postular, deja de medir con honestidad. Y si la escuela entrega notas infladas, el costo no lo paga solo el alumno que cree saber más de lo que sabe. Lo paga la familia que confía, la universidad que selecciona y, al final, todo el mercado del mérito.

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