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La niña de seis años y el mar que no perdona

Un naufragio frente a Trinidad y Tobago mató a al menos tres personas, entre ellas una menor venezolana, mientras los cruces irregulares se multiplican tras los terremotos en Venezuela.
Imagen ilustrativa
jueves 23 de julio de 2026

La maleta roja llegó a la orilla antes que las noticias. Contenía ropa de hombre, de mujer y de niños, y una fotografía enmarcada de tres mujeres. Nadie sabe todavía a quién pertenecía. Para entonces, Brithanny Linneth Yanett León Palacios, de seis años, ya había sido confirmada entre los muertos.

Ocurrió el miércoles pasado, poco después de la una de la tarde, hora local, frente a la playa Los Iros, en el suroeste de Trinidad. Una embarcación que transportaba aproximadamente 30 personas —pasajeros y carga, incluidos niños— chocó contra una roca al aproximarse a la costa. El impacto volcó la nave y arrojó a sus ocupantes al mar.

Las autoridades de Trinidad y Tobago confirmaron tres fallecidos: la menor venezolana, un hombre adulto cuyo cuerpo fue recuperado mar adentro y cuya identidad no ha sido establecida, y un tercer caso sin detallar. Al menos dos adultos permanecen desaparecidos. Los operativos de búsqueda se reanudaron al amanecer del jueves con la participación de la Guardia Costera, el Servicio de Policía, la Unidad de Apoyo Aéreo y voluntarios del equipo Hunters Search and Rescue.

El capitán Vallence Rambharat, de Hunters Search and Rescue, explicó que drones cubrieron aproximadamente dos kilómetros al este de Taparo Point y otro par de kilómetros al oeste de la playa Los Iros durante la tarde y la noche del miércoles. Los equipos regresaron al área poco después de la madrugada para entrevistar a miembros de la comunidad venezolana presentes en la zona.

Según esos testimonios, recogidos por Rambharat, fue el fuerte oleaje —una gran ola en particular— lo que provocó el vuelco de la embarcación poco después de que saliera de la costa. La nave partió desde Erin, en la península suroeste de Trinidad, con destino a Venezuela. Varios pasajeros lograron volver a subir a la embarcación dañada, que fue remolcada de regreso a Venezuela, según miembros de la comunidad migrante venezolana que hablaron con los rescatistas.

Angie Ramnarine, quien asiste a migrantes venezolanos en Trinidad, describió la situación con una frase que resume la magnitud del caos: «Están intentando desesperadamente localizar a todos los pasajeros y determinar quiénes siguen desaparecidos». Las familias trabajan para reconstruir la lista completa de quienes iban a bordo.

El pescador local Buju Katwaroo, que se sumó a las labores de búsqueda, aportó un dato que sitúa la tragedia en un contexto más amplio: los cruces marítimos irregulares entre Trinidad y Venezuela han aumentado desde los recientes terremotos en Venezuela. Katwaroo señaló que muchas embarcaciones utilizan Erin como punto ilegal de desembarco y que los contrabandistas suelen operar al amparo de la oscuridad. Los geólogos, mientras tanto, continúan documentando los cambios en la costa suroeste de Trinidad producidos por esos mismos sismos.

Los detalles cuentan la historia. Una fotografía enmarcada que el mar devolvió a la orilla. Una niña de seis años que viajaba en una embarcación cargada y sin condiciones. Redes de contrabando que explotan la desesperación de familias que huyen —o regresan— en medio de una crisis sísmica superpuesta a una crisis política y económica que ya lleva años vaciando Venezuela de su población.

Para Hemisferio, la escena lo dice todo: no es el mar el único responsable. Son las redes de tráfico que lucran con la miseria ajena, son las ausencias del Estado venezolano que empujan a sus ciudadanos a cruzar aguas peligrosas de noche, y es la impunidad con la que operan los contrabandistas en esa franja de costa. Cada maleta que llega a la orilla es también una factura que el régimen de Caracas nunca presentará ante sus ciudadanos. El costo lo pagan otros, y a veces lo pagan con seis años de vida.

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