El secretario del Tesoro Scott Bessent lo anunció el miércoles en sus redes sociales con la precisión de quien ya tiene la respuesta preparada: la Casa de la Moneda de Estados Unidos producirá una moneda de un dólar con el rostro del presidente Donald Trump. La ocasión, el 250 aniversario de la adopción de la Declaración de Independencia. El mensaje, según Bessent, es «honrar el legado perdurable de la libertad y un símbolo duradero de patriotismo».
Los detalles cuentan la historia. El anverso de la pieza lleva el perfil de Trump junto a las palabras «In God We Trust», enmarcado por la palabra «Liberty» y las fechas «1776-2026». El reverso reproduce el Gran Sello de los Estados Unidos —el águila calva con flechas en una garra y una rama de olivo en la otra— con el número «250» integrado en el escudo. La moneda tendrá un acabado dorado, aunque el Tesoro aclaró que no contiene metales preciosos. Estará disponible para su compra en otoño.
La pregunta que nadie en Washington esquiva es la legal. El código federal establece que «solo el retrato de una persona fallecida puede aparecer en la moneda y los valores de Estados Unidos». Una ley de 2020, firmada por el propio Trump durante su primer mandato, autorizó al Tesoro a acuñar monedas conmemorativas del semiquincentenario con diseños «emblemáticos» de la efeméride, pero también especificó que «ningún retrato de busto de ninguna persona, viva o muerta, ni el retrato de una persona viva» podía figurar en el reverso de la pieza.
La administración sostiene que el diseño es legal. «Durante el 150 aniversario hubo una moneda con Calvin Coolidge», argumentó Bessent en Fox News, «así que podemos poner la imagen de presidentes vivos en una moneda». Megan Sullivan, directora en funciones de la oficina de gestión de diseño de la Casa de la Moneda, señaló en enero que «la investigación legal se ha realizado tanto en la Casa de la Moneda como en el Tesoro, y han determinado que el diseño propuesto no viola ninguna ley».
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El diseño actual no es el primero. Una propuesta anterior mostraba a Trump de pie con el puño en alto frente a una bandera estadounidense y las palabras «Fight Fight Fight» sobre su figura. Versiones posteriores, incluida la recomendada por la Comisión de Bellas Artes en enero, redujeron su imagen al anverso únicamente. La moneda del miércoles es esa versión final.
La iniciativa se suma a una serie de movimientos de la administración para vincular la imagen y el nombre del presidente a instrumentos de Estado. También se han anunciado planes para incluir la firma de Trump en futuros billetes, propuestas para un billete de 250 dólares con su rostro y la aprobación de un diseño para una moneda de oro de 24 quilates con su imagen.
Las críticas no tardaron. Un grupo de senadores demócratas —Elizabeth Warren, Jeff Merkley, Ron Wyden, Catherine Cortez Masto y el líder de la minoría Chuck Schumer— envió en junio una carta al inspector general del Tesoro pidiendo una investigación sobre los recursos empleados en el desarrollo del billete de 250 dólares. «El hecho de que funcionarios del Tesoro hayan perseguido este esfuerzo a pesar de serias objeciones legales solo aumenta las preocupaciones sobre las prioridades equivocadas del Tesoro y su desprecio por las leyes vigentes», escribieron.
La oposición no es exclusivamente demócrata. El representante republicano Thomas Massie, de Kentucky —quien perdió recientemente su primaria ante un candidato respaldado por Trump— respondió al anuncio de Bessent con ironía: «Felicitaciones, hemos entrado en las etapas finales. Eliminamos el centavo, tapamos el níquel y hacemos monedas conmemorativas doradas que nadie puede pagar».
La escena lo dice todo. Una moneda de colección sin valor intrínseco —acabado dorado, metales comunes— que concentra en su pequeño disco el debate más amplio sobre los límites del poder ejecutivo y el uso del aparato estatal como plataforma de proyección personal. El principio en juego no es menor: la tradición republicana estadounidense, desde sus fundadores, reservó la moneda para los muertos precisamente para evitar los gestos del poder dinástico. Que la administración haya tenido que retocar el diseño en varias ocasiones para esquivar las restricciones legales sugiere que esa tradición no estaba del todo dormida. La pregunta que el otoño responderá no es cuántas monedas se venderán, sino a qué precio —simbólico y jurídico— se fijará el precedente.



