Para entender el presente hay que volver a esa conferencia de 2013 en Londres.
Christopher Timmermann tenía entonces poco más de veinte años y estudiaba Neurociencias en Bolonia. Era un estudiante de psicología fascinado por la conciencia humana que había cruzado el Atlántico buscando respuestas. La conferencia era sobre psicodélicos, un área que por entonces apenas comenzaba a ganar terreno en el entorno científico formal. La provocación fue irresistible. Timmermann no volvió a casa: se quedó en Londres.
Hoy, con 40 años, es codirector del Centro de Investigación en Conciencia de la University College London (UCL), autor de más de 60 publicaciones científicas y uno de los nombres más citados en el renacimiento global de la investigación psicodélica. Lideró los primeros estudios de neuroimagen de DMT en el mundo y dirigió el DMT Research Group hasta el año pasado, donde investigó tanto el DMT como el 5-MeO-DMT y su desarrollo clínico para el tratamiento de la depresión.
Dos moléculas, un mismo linaje
El DMT —NN-Dimetiltriptamina— es el compuesto activo del ayahuasca. Timmermann lo describe como generador de «experiencias altamente inmersivas, donde las personas sienten que se separan del mundo inmediato y se ven inmersas en un mundo alternativo de experiencia, donde se encuentran con entidades». Es visionario, denso en contenido. Por eso lo han llamado «el Everest de los psicodélicos» o «la molécula de Dios».
Su primo molecular, el 5-MeO-DMT, opera de forma casi opuesta: produce una experiencia prácticamente sin contenido visual. Su efecto principal es disolver el ego. Y ahí, explica Timmermann, reside su potencial terapéutico. «El ego, estos patrones que básicamente asociamos a nuestra identidad, están íntimamente ligados a la salud mental», dice. En la depresión, el ego queda atrapado en sus propios bucles; la rumiación es la firma de la ansiedad. Romper ese ciclo, aunque sea por minutos, puede cambiar la conciencia a largo plazo.
El mercado toma nota
La historia de la investigación psicodélica es también la historia de una interrupción violenta. Desde que Albert Hofmann sintetizó el LSD en 1943, hubo décadas de experimentación prometedora hasta que, a inicios de los años setenta, la carga política y cultural del movimiento contracultural arrastró consigo a los laboratorios. Los investigadores pagaron el precio de una asociación que no pidieron.
El resurgimiento llegó lentamente, primero con la psilocibina —el compuesto activo de los hongos mágicos— y luego con el MDMA, que ha mostrado resultados promisorios en el tratamiento del trastorno de estrés postraumático. El gobierno de Estados Unidos ordenó a la FDA ingresar a un proceso de revisión acelerada con estatus de terapia innovadora para fármacos basados en psilocibina, LSD y MDMA. La señal fue clara.
El mercado respondió en consecuencia. Hace pocas semanas, la farmacéutica norteamericana Eli Lilly pagó 3.800 millones de dólares por AtaiBeckley, una startup que desarrolló un spray nasal de acción rápida basado en 5-MeO-DMT, diseñado para el tratamiento de la depresión resistente. Es la cifra más elocuente del momento.
Timmermann celebra el interés, pero no sin reservas. «El gran riesgo es que la farmacéutica está acostumbrada a un modelo en donde lo que se aprueba...», advierte, dejando abierta una pregunta que el sector deberá responder.
El vínculo con América Latina
Timmermann no ha cortado el hilo con la región. En 2022 fundó en Chile la Fundación ECOH, dedicada a la educación pública y la investigación sobre psicodélicos en América Latina, y mantiene colaboración activa con investigadores chilenos. Hace pocas semanas estuvo en Santiago participando de una de las «Noches Nerd» dedicadas a la conciencia.
Cuando llegó al Imperial College, recuerda, parte de sus colegas consideraban que lo que hacía era «puro hipismo». El equipo que lo acogió, liderado por figuras como David Nutt y Robin Carhart-Harris, estaba bien avalado y apostó por el rigor. Una década después, Eli Lilly firma un cheque de 3.800 millones de dólares por una molécula de la misma familia.
La escena lo dice todo.
Lo que está en juego aquí va más allá de la psiquiatría. La irrupción del capital privado en la investigación psicodélica es, en el fondo, una historia de libre empresa haciendo lo que mejor sabe: tomar un conocimiento científico acumulado durante décadas —en gran parte con fondos públicos y académicos— y convertirlo en producto. El debate legítimo es si el modelo farmacéutico estándar, orientado a patentes y protocolos rígidos, es compatible con terapias que, según el propio Timmermann, dependen tanto del contexto cultural como de la molécula. «Los psicodélicos son invitaciones, y la cultura viene a darles forma», dice. Esa tensión entre el laboratorio y el mercado, entre la experiencia y el fármaco, será la historia central de esta disciplina en los próximos años.


