El sector comercial de La Guaira sigue atrapado entre dos balances que no coinciden. Mientras Eduardo Quintana, presidente de la Cámara de Comercio y Fedecámaras en el estado, afirma que más del 50% de la actividad comercial permanece paralizada, la Gobernación asegura que el 75% de los comercios ya está activo.
La escena lo dice todo. Tres meses después del doblete sísmico del 24 de junio, el estado que fue el más devastado por el sismo todavía exhibe santamarías abajo, negocios con ventas desplomadas y comercios que apenas sobreviven con clientela intermitente. Quintana advirtió además que la cifra de desempleo tras los terremotos es alta y que las pérdidas totales ascienden hasta un 56%, una magnitud que, según dijo, dificulta la recuperación económica.
El dirigente empresarial planteó que La Guaira requiere recursos financieros para reactivar la economía y generar empleo. También señaló amenazas de despido por el bajo nivel de ingresos y el escaso flujo de compradores. A eso sumó la paralización turística por orden gubernamental y el desplome del sector ferretero como obstáculos adicionales para la reconstrucción estatal.
En contraste, el gobernador José Alejandro Terán sostuvo que en la zona cero de Catia La Mar, como la avenida Atlántida, varios establecimientos comenzaron a reabrir. El mandatario regional también afirmó que más del 50% del comercio formal recibió financiamiento bancario público y privado bajo condiciones especiales, y que los créditos especiales destinados a los comerciantes alcanzaron montos de hasta 20 millones de dólares.
Pero los casos puntuales retratan una recuperación todavía frágil. Linethe Fares, dueña de la arepera El Rincón del Mileniun en la avenida Intercomunal de Macuto, abrió al octavo día del sismo, aunque hoy dice que sus ventas se han desplomado más del 50%. «Al principio fluía porque había rescatistas, la dinámica de la emergencia traía gente, pero ya todo decayó, esto se está quedando muy solo», comentó.
En Caribe, apenas se sostienen al menos ocho comercios en medio de decenas de edificios colapsados. La estación de servicio de la zona, frente al centro comercial Costa del Sol, se ve obligada a cerrar a las 6:00 pm porque hasta esa hora trabaja el transporte. En Mare Abajo, en tanto, las playas y los comercios siguen con las santamarías abajo.
La única excepción es el local Las arepas de Margaret, que tras reabrir el 1 de septiembre se convirtió en el único punto con afluencia de gente en todo el sector. Antes del terremoto despachaban más de 500 arepas al día; hoy Margaret dice que sus ventas se han desplomado a la mitad. Sin embargo, sigue pagando los impuestos a la gobernación al 100%.
A la par, más de 12.000 familias damnificadas en La Guaira sobreviven en carpas a tres meses de los terremotos del 24 de junio. La falta de agua potable y la lentitud en la entrega de casas marcan la espera.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La recuperación no depende solo de anuncios oficiales ni de balances optimistas: depende de que el dinero vuelva a circular, de que los negocios puedan operar sin asfixia y de que el aparato estatal deje de ser un freno para la actividad productiva. Cuando el comercio se paraliza, no pierde solo el empresario; pierde también el trabajador, el vecino y, en última instancia, el contribuyente que termina financiando una reconstrucción lenta y todavía incierta.
Los detalles cuentan la historia. La brecha entre la cifra de Fedecámaras y la versión de la Gobernación no es un debate estadístico menor; es el síntoma de una economía que sigue rota en el terreno real. Allí donde el mercado no se reactiva, el discurso oficial pesa poco. Lo que falta es certidumbre, crédito útil y condiciones para volver a producir. Sin eso, la recuperación seguirá siendo una promesa a medio camino.


