El anuncio llegó, como se ha vuelto costumbre en el equipo de Abelardo De la Espriella, a través de un video elaborado con inteligencia artificial. La frase que lo acompañó no dejaba lugar a dudas sobre la intención: «La cultura es la memoria de un pueblo, la expresión de su identidad y una de las mayores fortalezas de Colombia ante el mundo». La designada era Paola Holguín, exsenadora, figura emblemática de la derecha antioqueña y una de las voces más combativas de la oposición al petrismo.
El nombramiento está lejos de ser convencional, según analistas consultados por El Colombiano. Más que una gestora de industrias creativas, Holguín llega al ministerio con un perfil forjado en seguridad, defensa y confrontación ideológica. La señal que envía De la Espriella es precisa: el Ministerio de Cultura no será una repartija burocrática ni un escaparate de gestión patrimonial menor. Será, según esa lectura, uno de los principales frentes de la denominada «batalla cultural».
El analista político Álvaro Benedetti, consultado por El Colombiano, identifica al menos tres objetivos estratégicos detrás del movimiento. El primero es lo que llama un «premio a la disidencia»: Holguín se había distanciado recientemente del Centro Democrático, partido al que renunció tras una acumulación de desacuerdos que incluían la negativa a otorgarle el aval para buscar la reelección en el Congreso, su participación como precandidata en la consulta presidencial —que ganó Paloma Valencia— y su inconformidad con el trato hacia las mujeres dentro de la colectividad. También se alejó junto a otras figuras como María Fernanda Cabal. Al atraerla, De la Espriella envía un mensaje al uribismo: hay espacio para quienes quieran construir un liderazgo propio fuera del partido.
El segundo objetivo, según Benedetti, es el de mayor trascendencia: disputar el terreno ideológico que, en opinión de ese sector político, la izquierda ha dominado durante años en asuntos de memoria, identidad nacional y construcción del discurso público. La apuesta busca, además, ganar terreno entre organizaciones sociales y sectores de centro que históricamente han sido más receptivos a los planteamientos de la izquierda. El tercero es de geometría política interna: consolidar un «abelardismo sin Uribe» que le dé al presidente mayor autonomía frente al Centro Democrático.
Los detalles cuentan la historia. La trayectoria legislativa de Holguín no es ajena a la cultura, aunque sí lo es a la cultura tal como la ha entendido el progresismo institucional. Promovió la Ley del Carriel Antioqueño, que declaró ese objeto como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación. Impulsó la creación de escuelas taller de guarnielería en Jericó y Envigado para preservar el oficio de fabricación del bolso de cuero, e incluyó en el proyecto la solicitud al Banco de la República para emitir una moneda conmemorativa. Lideró la ampliación del Museo de Antropología y Arte de Jericó (MAJA) y gestionó la cooperación del gobierno de Taiwán para fundar el primer Centro de Artes y Oficios en esa misma localidad, cuyo programa bandera capacita a artesanos en fabricación de guitarras de alta calidad. Su corriente política, «Los Paolos», tiene raíces firmes en el suroeste antioqueño.
Benedetti añade que su condición de mujer también puede facilitar el ejercicio de la gobernabilidad y proyectar una imagen de renovación, además de fortalecer los vínculos del nuevo gobierno con Antioquia.
La escena lo dice todo. Durante cuatro años, el petrismo ocupó el Ministerio de Cultura como plataforma de un relato sobre memoria, reparación y resignificación de la identidad nacional. De la Espriella responde con una figura que no llega a administrar ese relato, sino a disputarlo. La apuesta tiene lógica: si la izquierda entendió hace décadas que quien controla el lenguaje público controla buena parte del debate político, la derecha colombiana parece haber llegado, con retraso pero con determinación, a la misma conclusión.
Para Hemisferio, el movimiento ilustra algo más amplio: el libre mercado de las ideas también requiere competencia, y durante demasiado tiempo el aparato cultural del Estado latinoamericano fue terreno exclusivo de una sola narrativa. Que un gobierno de derecha decida ocupar ese espacio en lugar de ignorarlo o desfinanciarlo es, al menos, un giro que merece atención. El resultado dependerá de si Holguín llega con agenda propia o solo con la voluntad de contradecir al adversario. La diferencia, en política cultural, es la que separa el legado del ruido.



