La escena lo dice todo. Mientras los debates políticos en Santiago giran en torno a reformas laborales y alzas de costos, el Banco Central publicó en su Informe de Política Monetaria (Ipom) de septiembre un diagnóstico que reencuadra la conversación: la amenaza más silenciosa para el mercado del trabajo chileno no viene de una negociación colectiva ni de un decreto, sino de un algoritmo.
La conclusión del ente rector, cuya División de Política Monetaria encabeza Albagli, es directa: la fuerza laboral en Chile presenta una de las mayores exposiciones al riesgo de automatización entre los países de la OCDE. No es una proyección especulativa. Es una medición basada en la composición de tareas de cada ocupación, y sus efectos ya se registran en los datos.
Lo que dicen los números
Entre los trabajadores que en 2022 se encontraban en ocupaciones de alta exposición a la automatización, la probabilidad de seguir empleados en el sector formal tres años después fue menor que la de quienes ocupaban puestos menos expuestos. En los menores de 30 años, esa caída de probabilidad es aún mayor. El mercado laboral formal ya está absorbiendo el golpe.
A nivel sectorial, los datos son elocuentes. Agricultura encabeza la exposición con un 80%, seguida por transporte con 71%, y manufactura y comercio con 70%. Las actividades financieras, inmobiliarias y la administración pública presentan valores considerablemente menores. En otras palabras, los sectores que emplean a los trabajadores con menores ingresos y menor calificación son precisamente los más vulnerables a la sustitución tecnológica.
Por tamaño de empresa, la exposición es relativamente homogénea, aunque algo menor entre las firmas grandes —57%— que entre las micro y pequeñas empresas, que rondan el 65%. Son las pymes, el tejido productivo más frágil, las que cargan con mayor riesgo relativo.
El patrón por edad dibuja una curva en forma de «U»: los trabajadores jóvenes registran una exposición del 67%, los mayores de 50 años del 65%, y el grupo intermedio baja al 57%. Los extremos de la vida laboral son los más expuestos. Y la educación marca una diferencia decisiva: la exposición cae del 65% entre quienes tienen educación escolar al 38% entre quienes cuentan con educación superior.
La trastienda del diagnóstico
El Banco Central también recogió evidencia directa desde las empresas. A través de encuestas y entrevistas, el análisis detecta que la incorporación de nuevas tecnologías está provocando un menor dinamismo en la contratación: menos ritmo de creación de empleo ante aumentos en la producción o, en algunos casos, sustitución directa de tecnología por trabajo humano. Las firmas con mayor proporción de trabajadores en ocupaciones de alta exposición redujeron más su empleo que las menos expuestas.
El informe aclara que la metodología mide la posibilidad tecnológica de automatizar las tareas de un puesto —no la automatización efectivamente realizada ni la exposición específica a inteligencia artificial—. Las ocupaciones con mayores barreras para ser automatizadas son aquellas intensivas en habilidades cognitivas no rutinarias, creatividad e interacción social. Las que concentran el mayor riesgo son los trabajadores agrícolas, operadores y ocupaciones elementales, donde prácticamente la totalidad se ubica en categorías de alto riesgo.
El desenlace que nadie quiere nombrar
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que el Ipom se publicó casi en silencio, opacado por el ruido político de siempre. Pero los detalles cuentan la historia.
Chile llega a esta encrucijada tecnológica con una estructura laboral que castiga doblemente a los más vulnerables: son los trabajadores menos calificados, más jóvenes y empleados en las empresas más pequeñas quienes acumulan mayor riesgo de desplazamiento. Y lo hacen en un entorno donde los costos laborales ya venían al alza, según el propio Banco Central señala como contexto del análisis.
La lección que el libre mercado ofrece aquí no es pesimista, sino exigente: la respuesta a la automatización no puede ser frenar la tecnología —eso solo posterga el ajuste y encarece la producción—, sino acelerar la formación de capital humano, reducir las barreras de entrada a sectores de menor exposición y permitir que el aparato productivo se reconfigure sin que la burocracia lo trabe. Cada punto porcentual de exposición que no se convierte en reconversión laboral es un trabajador que el Estado no podrá rescatar con decreto, pero que el mercado sí puede reubicar si se le deja funcionar. El reloj ya corre.



