Dormir con luz encendida puede ser más que una mala costumbre: puede dejar marcas medibles en el corazón. Un nuevo estudio publicado el 9 de septiembre en el European Heart Journal halló que las personas expuestas a luz durante la noche tienden a presentar cambios estructurales y funcionales en ese órgano frente a quienes duermen en oscuridad.
La escena lo dice todo. Durante gran parte de la historia humana, la noche fue realmente oscura. Hoy, en cambio, es raro encontrar oscuridad total: una lámpara en el pasillo, la pantalla de un televisor, una tableta o luces de la calle que se filtran por la ventana.
La investigación se apoyó en datos de monitores de actividad usados durante una semana por un subgrupo de participantes del UK Biobank, una base que reúne información de salud y estilo de vida de medio millón de personas. Esos dispositivos incluyen un sensor de luz, lo que permitió una medición objetiva de la exposición nocturna, dijo Lu Qi, profesor de epidemiología en la Universidad de Tulane y autor del estudio.
Qi destacó que eso lo hace distinto de trabajos previos, que se basaban en reportes de los propios participantes sobre su exposición a la luz.
El otro rasgo singular del estudio fue el uso de resonancias magnéticas cardíacas tomadas después del periodo de monitoreo y antes de que los participantes desarrollaran problemas cardíacos diagnosticables. Los investigadores separaron a quienes tenían una exposición mínima a la luz nocturna de quienes dormían con al menos 3 lux sobre ellos, equivalente a unas tres velas sostenidas a tres pies de distancia.
Luego revisaron esas imágenes en busca de cambios en la estructura y el funcionamiento del corazón, como el grosor de las paredes y el movimiento de las válvulas que mantienen la sangre en circulación.
Encontraron que los corazones expuestos a luz nocturna tenían paredes más gruesas y eran menos eficaces para bombear. Qi precisó que esos cambios no significan por sí solos enfermedad cardíaca, pero suelen anteceder su desarrollo.
Los resultados se suman a un cuerpo de estudios que ya había vinculado la luz nocturna con mayores riesgos de diabetes, obesidad e hipertensión, además de insuficiencia cardíaca y otros problemas cardiovasculares durante 10 años, según la investigación citada por la autora del artículo, Veronique Greenwood.
Angus Burns, instructor de medicina en la Harvard Medical School y coautor de un trabajo el año pasado sobre la tendencia, dijo que estos hallazgos «muestran las mismas asociaciones de la luz nocturna con accidente cerebrovascular, infarto de miocardio e insuficiencia cardíaca». Según Burns, la principal novedad está en las resonancias magnéticas del corazón, que permiten ver mejor el daño que la exposición podría estar dejando.
Como en todo estudio de este tipo, no se puede descartar que la luz nocturna y los problemas cardíacos estén conectados por otro factor desconocido en la vida de esas personas. Aun así, la investigación sugiere que la exposición a la luz durante la noche puede ser un motor de problemas metabólicos y cardiovasculares.
No está del todo claro qué generó la exposición a la luz observada en los datos: luces en otra parte de la casa, luces en la habitación, una tableta o alguna otra pantalla cercana, o quizá un televisor encendido. Pero la recomendación práctica sigue siendo la más simple: oscurecer la habitación lo más posible.
Para una casa editorial que suele mirar el costo oculto de los hábitos modernos, el hallazgo importa porque vuelve visible un perjuicio que no aparece en la factura de la luz. La salud también paga cuando el entorno empuja al cuerpo a descansar con menos oscuridad de la necesaria.
Los detalles cuentan la historia. Apagar la luz del pasillo, poner cortinas blackout o usar un antifaz no suena a gran política pública, pero sí a una decisión de autonomía personal con efecto potencial sobre el corazón. En tiempos en que la tecnología coloniza cada rincón de la noche, la disciplina de dormir en oscuridad vuelve a parecer una forma sencilla de defensa del propio bienestar.


