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La lección australiana

Seis meses después de que Australia prohibiera las redes sociales a menores de 16 años, los datos desmienten a los críticos: millones de cuentas eliminadas, menos uso y una mayoría de padres que reporta cambios positivos en sus hijos.
Imagen ilustrativa
lunes 20 de julio de 2026

La escena lo dice todo. El 10 de diciembre de 2025, diez plataformas —Facebook, Kick, Reddit, Threads, TikTok, Twitch, Instagram, Snapchat, X y YouTube— eliminaron 4,7 millones de cuentas pertenecientes a unos 2,5 millones de australianos de entre ocho y 15 años. No fue un trámite burocrático menor: fue la ejecución, en tiempo real, de la primera ley del mundo que obliga a las grandes plataformas digitales a verificar y hacer cumplir un mínimo de edad para abrir o mantener una cuenta en redes sociales.

Australia fijó ese umbral en 16 años. Y medio año después, el mundo sigue con atención el experimento.

Lo que dicen los números

Los primeros estudios muestran que el uso de redes sociales y la titularidad de cuentas entre menores de 16 años cayó entre un 9% y un 40%, según qué plataforma y qué metodología se emplee. La variación es amplia, pero tiene una explicación técnica precisa: la ley no prohíbe el acceso a contenido, sino la apertura y el mantenimiento de cuentas, que es el mecanismo por el cual el menor firma un contrato, consiente compartir sus datos y queda expuesto a los algoritmos de recomendación, las notificaciones nocturnas, las interacciones con desconocidos anónimos y las métricas de «me gusta».

Eso explica por qué YouTube —cuyo contenido es mayoritariamente accesible sin cuenta— apenas registró una caída del 3% en el uso entre adolescentes de 13 a 15 años tras la entrada en vigor de la norma. Snapchat, en cambio, requiere cuenta para ver cualquier contenido: su uso mensual entre ese mismo grupo etario se desplomó aproximadamente un 40%, según datos de la empresa de control parental Qustodio.

Dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo: la titularidad de cuentas entre menores cayó de forma sustancial, y muchos niños siguen accediendo a contenido en al menos una plataforma sin iniciar sesión. Los críticos que presentan esto como un fracaso confunden el objetivo de la ley con algo que la ley nunca pretendió hacer.

Los padres hablan

Un mes después de la entrada en vigor, una encuesta de YouGov reveló que tres de cada cinco australianos consideraban que la prohibición había sido efectiva. Entre los padres de menores de 16 años, el 61% reportó al menos dos cambios positivos de comportamiento en sus hijos: más interacción social presencial (43%), mayor presencia y atención en casa (38%) y una mejora en la relación con sus hijos (38%).

El apoyo político no es un accidente: los padres del mundo respaldan este tipo de regulación por amplios márgenes, lo que explica por qué más de una docena de países —Indonesia, Canadá, Malasia, los Emiratos Árabes Unidos, Francia, España y el Reino Unido, entre otros— han iniciado sus propios procesos legislativos para replicar el modelo australiano.

Un diseño pensado para mejorar

La Comisionada de eSafety de Australia ha descrito la ley no como una solución definitiva, sino como el inicio de un cambio cultural de largo plazo. Las plataformas estarán obligadas a mejorar sus mecanismos de verificación con el tiempo. El marco regulatorio está diseñado para apretar gradualmente, no para resolver el problema en un decreto.

Para entender el presente hay que volver a esa semana de diciembre. Lo que Australia demostró es que los Estados pueden, cuando tienen voluntad política, obligar a las grandes corporaciones tecnológicas a asumir responsabilidades concretas frente a sus usuarios más vulnerables. No bastó con pedir una fecha de nacimiento: la ley exige verificación real y responsabilidad legal.

Lo que está en juego

Desde Hemisferio, la lectura es esta: el debate sobre la regulación de redes sociales para menores no es un debate sobre censura ni sobre libertad de expresión. Es un debate sobre quién tiene el poder de diseñar el entorno en el que crecen los niños: las familias y los Estados democráticos, o los algoritmos de empresas cuyo modelo de negocio depende de maximizar el tiempo de pantalla.

Australia eligió devolver ese poder, al menos en parte, a los padres. Los datos preliminares sugieren que la apuesta no fue en vano. El principio en juego es claro: la responsabilidad de las plataformas no puede seguir siendo voluntaria cuando las consecuencias para los menores son documentadas y medibles. Que más de doce países estén siguiendo el camino abierto por Canberra dice más sobre el agotamiento de la autorregulación que sobre cualquier ideología regulatoria.

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