Ahora, cuando algunos de los creadores de la inteligencia artificial empiezan a asustarse de la peligrosa autonomía que podría adquirir su criatura, la discusión sobre el progreso vuelve al centro de la escena. La pregunta ya no es solo qué puede hacer la tecnología, sino qué hace con las personas que la crean, la usan y la financian.
Varias personas ligadas a Anthropic, una de las empresas que lideran el desarrollo de la IA, hablaron en términos inusualmente duros sobre el riesgo. Samuel Marks, miembro del personal técnico de Anthropic, admitió que «esta tecnología podría causar la extinción humana o resultados igual de graves». Evan Hubinger, jefe de seguridad de la misma empresa, corroboró: «Creemos realmente que la IA podría matar a humanos».
John Coxon, investigador de esta tecnología que trabajó en dos de las principales compañías dedicadas al tema y renunció al ver la perspectiva, fue todavía más lejos. Dijo que esas empresas «están corriendo directamente hacia una superinteligencia capaz de mejorarse a sí misma y están jugando con nuestras vidas». Y añadió: «Conocen el riesgo, pero no les importa, solo quieren llegar primero».
En ese contexto, el filósofo inglés John Gray vuelve sobre una idea incómoda para una época enamorada de la velocidad: progresar significa ir hacia adelante, pero «adelante» no siempre equivale a «bueno». Gray sostiene que la idea de progreso se apoya en la creencia de que el crecimiento del conocimiento y el avance de la especie van de la mano, aunque eso no está garantizado.
Para Gray, el problema de fondo no es solo técnico. Es moral. Cuando aumenta el poder humano, la tecnología amplifica también las imperfecciones humanas. Y en el caso de la IA, esa tensión aparece con más fuerza porque concentra ambición, voracidad, desmesura del poder, ignorancia de los límites, irresponsabilidad y ausencia de empatía y compasión.
El autor recuerda además que «quienes ignoran el potencial destructivo de las tecnologías futuras solo pueden hacerlo porque ignoran la historia». De ahí su advertencia sobre el divorcio extremo entre el progreso tecnológico y el retroceso moral. Cuanto mayor es esa brecha, menor es el control sobre los usos de la tecnología y sobre los fines para los cuales se la concibe.
Gray rechaza la idea cómoda de que el problema se resuelve con más inteligencia o con una mejor intención abstracta. «Si tan solo fuéramos más inteligentes y más morales, podríamos usar la tecnología solo para fines benéficos. La culpa no está en nuestras herramientas, sino en nosotros mismos», sostiene. La frase deja una conclusión incómoda: el obstáculo no es solo la máquina, sino la condición humana que la diseña y la acelera.
El propio Gray recurre al mito bíblico de la Caída del Hombre y al de Prometeo para insistir en la misma advertencia: el conocimiento no nos libera necesariamente. Nos deja, dice, como siempre hemos sido, presas de toda clase de insensatez. La escena lo dice todo.
El cierre de este debate no es tecnológico sino civilizatorio. Si el progreso se convierte en una carrera sin límites ni orientación moral, pierde su promesa de mejora y se vuelve una forma de vulnerabilidad. Para una época que celebra la innovación como si fuera un bien automático, Gray recuerda una verdad básica: más poder sin control no es libertad, es exposición.
Y ahí está el punto que interesa también al lector de libre empresa y de instituciones serias: cuando la lógica de «llegar primero» desplaza el criterio de responsabilidad, el costo no lo absorben solo las empresas ni los gurús del sector. Lo asume toda la sociedad, incluida la que luego deberá convivir con las consecuencias. El progreso sin brújula no premia al mérito; premia la imprudencia.
Por eso el dilema de la IA no es una discusión de laboratorio. Es una prueba sobre el valor de los límites, la disciplina moral y la rendición de cuentas. Si el avance tecnológico sigue divorciado del control ético, el aparato más sofisticado de la época puede terminar funcionando contra sus propios creadores. Los detalles cuentan la historia.


