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La ilusión de invulnerabilidad

El neurocientífico Facundo Manes advierte que creerse invencible es un sesgo cerebral detrás de «casi todas las tragedias evitables». Su nuevo libro propone que la fragilidad, bien gestionada, es condición de adaptación, no señal de fracaso.
Imagen ilustrativa
miércoles 29 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Más antibióticos, más tecnología, más recursos que en cualquier otro momento de la historia humana, y aun así una epidemia silenciosa de ansiedad, soledad e insomnio recorre el planeta. Ese es el punto de partida del neurocientífico argentino Facundo Manes en su nuevo libro, Vulnerables. El coraje de ser humanos. Emoción, resiliencia y fortaleza en tiempos inciertos (Planeta), escrito junto al licenciado en letras Mateo Niro.

«El progreso material resolvió los problemas de la escasez y dejó intactos los del sentido y la pertenencia», dijo Manes en diálogo con Infobae. La frase resume la tesis central de la obra: el crecimiento económico y tecnológico no tiene correlato automático en bienestar subjetivo.

Ganamos bienes, perdimos vínculos

Manes es directo sobre la jerarquía de los factores: «El predictor más robusto de bienestar a lo largo de la vida no es el ingreso, ni la fama, ni el poder: es la calidad de las relaciones. Progresamos justamente en aquello que menos protege». La paradoja no es retórica; el creador de INECO la sostiene con datos clínicos y de neurociencia.

El deterioro, según el autor, golpea con particular fuerza a adolescentes y adultos mayores, y los gobiernos, afirma, no encuentran la forma de responder. Citó un dato de la Academia Americana de Neurología: una de cada dos personas en Estados Unidos tendrá un trastorno cerebral a lo largo de su vida, mientras que en el resto del mundo la proporción supera uno de cada tres.

El sesgo que está detrás de las tragedias evitables

El argumento más provocador del libro no es sobre la pobreza ni la tecnología: es sobre la cognición. Manes describe un sesgo documentado —la ilusión de invulnerabilidad— que lleva a las personas a asumir que el desastre siempre ocurre en otra parte. «Creerse invulnerable es el sesgo cerebral detrás de casi todas las tragedias evitables, incluso en la salud y en la política. El que se cree invulnerable no se cuida, no consulta, no escucha y no cambia», sostuvo.

Para ilustrarlo recurrió a tres episodios de distinto signo político y geográfico: Chernóbil, el huracán Katrina en Nueva Orleans y el tsunami que afectó una zona nuclear en Japón. Su argumento es que el error no pertenece a una cultura o sistema particular, sino a una predisposición extendida y transversal.

La explicación neurológica detrás de ese sesgo distingue dos sistemas de decisión: uno racional, deliberativo y costoso en términos de energía mental, que se activa pocas veces; y otro automático, sostenido en hábitos, emociones y experiencias previas, que domina la mayor parte del día. «No podríamos vivir en forma racional todo el tiempo. Desde el punto de vista biológico, vivimos automáticamente y siempre tenemos sesgos», explicó.

Vulnerabilidad con red, no sin piso

Manes se cuida de no romantizar la fragilidad. Reconoce que la vulnerabilidad «es oportunidad solo cuando hay un piso». Con soporte, recursos y condiciones materiales mínimas, la adversidad puede reorganizar una vida. Sin ellos, «simplemente destruye». Y añade una advertencia contra el discurso motivacional descontextualizado: «Si esto se universaliza, terminamos estetizando la pobreza y diciéndole a alguien que no tiene agua potable que su carencia es una oportunidad de crecimiento».

El crecimiento postraumático existe, concede, pero «no es automático ni universal. Mucha gente atraviesa el dolor y no sale transformada: sale dañada».

Sobre el entorno digital, Manes señala que la revolución tecnológica ya no solo modifica tareas sino a las personas mismas, y que las redes sociales han «industrializado la envidia» al multiplicar comparaciones con vidas idealizadas. El sistema de recompensa cerebral, explica, no registra cuánto tiene una persona en términos absolutos, sino cuánto más obtiene respecto de lo esperado.

Su propuesta de fondo no es educativa sino estructural: «Si el problema no es de información sino de conductas automáticas, entonces no se resuelve educando más: se resuelve cambiando entornos. Rediseñar nuestras instituciones, nuestras ciudades y nuestros espacios digitales en función de cómo funciona realmente la mente humana es la única forma de cerrar la brecha más grande de esta época».

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Para entender el presente hay que volver a esa pregunta de fondo: ¿por qué sociedades más ricas producen individuos más angustiados? La respuesta de Manes incomoda por igual a tecnócratas y a gestores del Estado. No es el mercado el culpable, ni tampoco la pobreza el único origen del malestar. El problema está en los incentivos que moldean conductas: entornos digitales diseñados para la comparación permanente, instituciones que no incorporan cómo decide realmente el cerebro, y una cultura que premia la apariencia de fortaleza sobre la honestidad sobre los propios límites.

Lo que el libro de Manes pone sobre la mesa, más allá de la neurociencia, es una advertencia política: los líderes que se creen invulnerables —y que gobiernan desde esa ilusión— no escuchan señales de alerta, no corrigen rumbos y no cambian. El costo, en salud pública o en decisiones de Estado, lo terminan pagando otros.

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