Los detalles cuentan la historia.
Mientras las zonas afectadas por los terremotos del 24 de junio seguían contando daños, los centros de acopio parroquiales de la Arquidiócesis de Caracas ya habían puesto en marcha una cadena de ayuda que, a esta semana, suma al menos 490 toneladas de insumos entregados: alimentos, ropa, medicinas y otros implementos de atención y cuidado.
La cifra la ofreció la propia Arquidiócesis este miércoles. El obispo auxiliar de Caracas, monseñor José Manuel León, precisó que los insumos provienen de donaciones de empresas privadas, de las diócesis del interior del país y de ciudadanos particulares. Según el obispo, la distribución se ha canalizado hacia zonas vulnerables en Caracas y La Guaira a través de la red de centros de acopio parroquiales.
«Se ha venido distribuyendo casi 490 de ayudas [...] Tenemos en gestión de víveres e insumos 34 contenedores distribuidos en la región capital y La Guaira. Creo que estaremos llegando entre los 40, 42 contenedores aproximadamente», señaló el obispo.
La escena lo dice todo: la logística de emergencia no la montó una agencia gubernamental sino una red de parroquias, voluntarios y empresas que actuaron con la agilidad que el momento exigía.
Por su parte, el padre Neptali Balza informó que la Arquidiócesis mantiene las evaluaciones de los templos de la región capital afectados por los sismos. Hasta la fecha han evaluado unos 27 y, según Balza, ninguno tendrá que ser demolido por daños estructurales. Tres, sin embargo, presentan fallas mayores.
El dato patrimonial no es menor: de esos 27 templos evaluados, 16 son anteriores al siglo XX y muchos ostentan la categoría de monumentos histórico-culturales. «Hemos hecho contacto con el Instituto de Patrimonio Cultural porque de esos templos, 16 son templos anteriores al siglo XX. Muchos de ellos son monumentos histórico-cultural», detalló Balza. Las evaluaciones continúan en coordinación con otras instituciones para proteger esas estructuras.
Desde la Arquidiócesis también reconocieron las labores de rescatistas y voluntarios, y pidieron a los venezolanos mantenerse unidos y en fe para sobrellevar lo que describieron como un trágico suceso.
Para entender el presente hay que volver a esa semana.
Venezuela lleva años con un Estado que ha demostrado, una y otra vez, su incapacidad para responder a emergencias con la velocidad y la escala que las crisis exigen. La respuesta de la Iglesia Católica —financiada por la libre empresa, las diócesis y la solidaridad individual, no por el erario— vuelve a ilustrar un principio que el oficialismo prefiere ignorar: cuando la iniciativa privada y la sociedad civil tienen espacio para actuar, actúan. Cuatrocientas noventa toneladas en pocas semanas no son el resultado de una burocracia bien engrasada; son el resultado de donantes voluntarios, redes parroquiales y voluntarios que no esperaron instrucciones.
El mérito pertenece a quienes donaron y a quienes trabajaron. La pregunta incómoda es qué hacía, mientras tanto, el aparato estatal.



