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La IA pone a prueba el empleo formal argentino y expone el peso de la informalidad

Un informe de Colossus Lab calcula que la inteligencia artificial impactará primero en los puestos cognitivos, mejor pagos y más formales. En la Argentina, la trastienda del ajuste vuelve a ser la misma: menos desempleo aparente, más empleo precario.
Imagen generada con IA
lunes 14 de septiembre de 2026

La inteligencia artificial avanza y, en la Argentina, no golpearía a todos por igual. El informe de Colossus Lab citado en la fuente plantea que la exposición más alta se concentra en las ocupaciones cognitivas —administrativas, profesionales, técnicas y comerciales—, que representan el 48,6% del empleo urbano argentino, frente al 62,4% en EEUU.

Esa diferencia de composición explica por qué el impacto macroeconómico local sería menor que el estadounidense, pero no necesariamente más benigno. Bajo el mismo ritmo de avance que EEUU, el estudio simula tres escenarios hacia 2030 y concluye que el PBI argentino ganaría 0,9%, 5,2% y 20,2% por encima del camino sin IA, contra 1,6%, 8,3% y 32,4% en EEUU.

La escena lo dice todo: el avance tecnológico no llega como una ola uniforme, sino como una presión selectiva sobre el empleo mejor pago y más formal. El informe atribuye la diferencia a tres factores: hay menos tareas cognitivas disponibles para la IA, el país parte de un nivel de adopción menor y la participación del trabajo en el ingreso nacional es más baja.

Pero el giro más delicado está en quién se queda con la ganancia. Según el estudio, tres cuartos del capital nuevo que atrae la IA sería de origen extranjero, dado que la Argentina paga por propiedad intelectual 6,3 veces más de lo que cobra. Bajo ese supuesto, el ingreso nacional subiría apenas 3,4% en el escenario sustancial y 12% en el extremo, muy por debajo del salto del PBI.

Eso significa que una porción relevante de la expansión no quedaría en manos del trabajo local, sino que iría al exterior en forma de renta del capital. En el escenario extremo, el capital total quedaría 31,2% por encima del camino sin inteligencia artificial. El informe también señala que, según la proporción de capital extranjero asumida —entre 50% y 100%— y la fuente de datos utilizada, la ganancia de ingreso nacional podría oscilar entre 7,8% y 14,7%.

La redistribución interna también es clara. En el escenario extremo, el salario de los trabajadores cognitivos quedaría 12,7% por debajo del camino sin IA, mientras que el del resto de las ocupaciones subiría 18,5%. La participación del trabajo en el ingreso total caería de 54% a 45,1 por ciento.

Ahí aparece la tensión central para un país como la Argentina: la tecnología puede elevar la producción, pero al mismo tiempo correr ingreso desde el trabajo hacia el capital. Colossus Lab explica el mecanismo de forma directa: cuando una tarea se automatiza por completo, el salario que antes recibía el trabajador pasa a manos del capital. Cuanto más flexible sea el ajuste salarial de los puestos cognitivos, menor será el desempleo resultante, pero mayor la caída de ese salario.

En el mercado laboral, la informalidad funciona como válvula de escape. Según datos de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec, el 87% de quienes pasan del desempleo a un empleo fuera del sector cognitivo ingresa a un puesto informal, muchas veces por cuenta propia. Si ese mecanismo se activa con fuerza, la desocupación del escenario extremo podría bajar hasta 9,3%, en lugar de 11,6 por ciento.

El alivio, sin embargo, tendría un costo evidente: hasta 6,6 puntos de la fuerza laboral pasarían a empleos informales, que rinden 0,68 veces el ingreso de un puesto formal y se pierden 4,1 veces más seguido. Como resume el informe, «la informalidad cambia desempleo por empleo de peor calidad».

Los detalles cuentan la historia. El desplazamiento recaería sobre el segmento más formal del mercado, con 30,8% de informalidad entre los cognitivos, contra 54,8% en el resto; también sobre el grupo mejor remunerado, con 1,2 veces el ingreso medio, y con mayor presencia femenina, 53,7% de mujeres frente a 35,5% en el resto de las ocupaciones.

A eso se suma otro dato sensible para el Estado: el 22,1% de los trabajadores cognitivos se desempeña en el sector público, contra 9,8% en el resto. El informe señala que si el Estado no despide personal y solo deja de cubrir las vacantes que dejan las renuncias, el desempleo total no varía, pero cambia su composición; en el escenario extremo, el sector privado terminaría 2030 despidiendo un 0,8% adicional de la fuerza laboral para compensar la porción que el empleo público no ajusta.

Por aglomerado urbano, la Ciudad de Buenos Aires concentraría el mayor impacto. En el escenario extremo, hasta el 14,1% de su empleo podría desplazarse por efecto de la inteligencia artificial, un dato que el estudio vincula con la alta proporción de ocupaciones cognitivas y de servicios profesionales.

Para entender el presente hay que volver a esa semana: la IA no solo pone a prueba la capacidad de adaptación del mercado, también desnuda una estructura donde el costo del ajuste suele recaer en el trabajo formal y termina amortiguado por la informalidad. El desenlace no es menor: si la productividad sube pero el ingreso se fuga hacia el capital, la discusión ya no es tecnológica sino institucional.

La Argentina enfrenta aquí una advertencia de fondo. Sin más inversión local, sin un mercado laboral capaz de absorber reconversiones y sin reglas que premien la formalidad, la inteligencia artificial puede terminar reforzando el mismo patrón de siempre: más actividad en los números, menos ingresos para quienes producen y más dependencia de un empleo precario que el Estado tolera, pero no corrige.

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