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La IA de los mil millones

El Banco Mundial advierte que solo 400 millones de empleos esperan a 1.200 millones de jóvenes en economías emergentes para 2035. La pregunta no es si la inteligencia artificial transformará el mundo, sino a quién le llegará primero.
Imagen generada con IA
jueves 9 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Un agricultor joven en Mozambique fotografía su cosecha de yuca con un teléfono básico y recibe en segundos un diagnóstico de enfermedad y un plan de acción. No hay especialista que viaje días hasta la granja. No hay burocracia que intermedie. Solo tecnología práctica resolviendo un problema real.

Esa imagen, recogida por Paschal Donohoe, presidente del Grupo Banco Mundial, durante visitas recientes a Mozambique y Sudáfrica, resume el argumento central que Donohoe llevó esta semana a la Cumbre Global de IA para el Bien en Ginebra: la inteligencia artificial puede ser la palanca de desarrollo más poderosa de la historia, pero solo si se construye desde las necesidades de quienes más la necesitan.

El número que define la década

El Grupo Banco Mundial publicó recientemente su informe Global Economic Prospects, y una cifra concentra la urgencia del debate: para 2035, 1.200 millones de jóvenes en economías emergentes y en desarrollo alcanzarán la edad de trabajar. Las proyecciones actuales indican que solo se crearán alrededor de 400 millones de empleos en ese mismo período.

Detrás de esa brecha de 800 millones de personas hay familias, comunidades y países enteros cuya estabilidad depende de si la tecnología amplía la oportunidad o la concentra todavía más. Para Donohoe, ese es «el verdadero test» de la IA: si expande el empleo o simplemente reorganiza la riqueza entre quienes ya la tienen.

«IA pequeña» contra grandes modelos

El debate público sobre inteligencia artificial suele orbitar alrededor de los grandes modelos de lenguaje —sistemas que demandan cantidades masivas de electricidad, agua, datos y poder de cómputo—. Donohoe argumenta que, para la mayoría de los países en desarrollo, esa no es la oportunidad más relevante.

Lo que el Banco Mundial llama soluciones de «IA pequeña» apunta en otra dirección: aplicaciones diseñadas para funcionar con infraestructura existente, en idiomas locales, con datos locales y en dispositivos cotidianos. Enfermeras en clínicas rurales que usan manuales digitales para seguir protocolos clínicos paso a paso. Pequeños negocios que acceden a información de mercado y crédito que antes les era invisible. Maestros asistidos en el aula sin necesidad de conectividad de alta velocidad.

Esas herramientas, sostiene Donohoe, son replicables, escalables y capaces de «comprimir décadas de desarrollo en días, incluso en minutos».

Las condiciones del éxito

Para que eso ocurra, el Banco Mundial identifica un conjunto de fundamentos sin los cuales ninguna aplicación funciona: electricidad confiable, conectividad asequible, habilidades digitales, marcos regulatorios modernos e infraestructura para la innovación. No son condiciones glamorosas, pero son las que determinan si la tecnología llega al agricultor de Mozambique o se detiene en las capitales.

La confianza, añade Donohoe, es la otra variable decisiva. Y esa confianza depende de que la IA sea fiable, segura y construida sobre datos sólidos —no sobre promesas de marketing ni sobre regulaciones diseñadas para proteger a los incumbentes.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en Ginebra. Investigadores, innovadores, funcionarios y profesionales se reunieron con una pregunta de fondo: ¿quién fija las reglas del juego antes de que el juego ya esté decidido?

Lo que está en juego

La historia de las grandes revoluciones tecnológicas —la máquina de vapor, la electricidad, internet— enseña que los beneficios no se distribuyen solos. Se distribuyen según quién invierte en infraestructura, quién forma a su población y quién diseña marcos que permiten competir a los nuevos entrantes, no solo a los establecidos.

En ese sentido, el argumento de Donohoe es también un argumento de libre mercado aplicado al sur global: no intervención burocrática que seleccione ganadores, sino inversión en condiciones básicas —electricidad, conectividad, educación— que permitan a millones de personas y pequeñas empresas aprovechar herramientas que hoy solo están al alcance de unos pocos.

Desde Hemisferio, el principio en juego es claro. La inteligencia artificial no es, por sí misma, ni igualadora ni concentradora. Es un multiplicador: amplifica lo que ya existe. Si lo que existe es infraestructura deficiente, regulación capturada y monopolios de datos, la IA profundizará esas brechas. Si lo que existe son mercados abiertos, competencia real y acceso universal a las condiciones básicas, la IA puede ser la mayor herramienta de movilidad económica en generaciones.

El agricultor de Mozambique con su teléfono no necesita un gran modelo de lenguaje entrenado con miles de millones de dólares. Necesita electricidad, conectividad y una aplicación que funcione. Eso no es poca cosa. Es, en realidad, todo.

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