La escena lo dice todo. El sábado 11 de julio, en un salón sin burocracia ni presupuesto oficial, un grupo de personas construyó colectivamente una pintura al estilo del cadáver exquisito —esa técnica surrealista donde cada participante añade sin ver lo que hizo el anterior— hasta que el resultado recordó, según quien lo vivió, al Carnaval de Arlequín de Joan Miró. No había ministro de cultura. No había convocatoria institucional. Había ciudadanos.
Ese fue el marco del aniversario del Colectivo Pensamiento Panamá, una organización privada que desde hace años organiza conversatorios, presentaciones de libros, encuentros de escritores y gestiona el Círculo de Lectura Diana Morán. La celebración contó con la participación de la antropóloga Alina Torrero y de Stanley Valladares, quienes dialogaron con los asistentes sobre formas de resistencia desde la cultura popular.
Los detalles cuentan la historia. El Colectivo no recibe línea editorial del Estado ni espera que una secretaría de gobierno le defina el programa. Su materia prima es la palabra: conversaciones, relatos, poemas colectivos, debates donde no se busca el consenso sino el pensamiento crítico. «No siempre se está de acuerdo», reconoce uno de sus impulsores, «pero esa arena de conflictos genera ideas para poder realizar proyectos de vida».
Para entender el presente hay que volver a esa semana. En América Latina, donde los gobiernos de distinto signo compiten por colonizar la narrativa cultural —financiando festivales afines, censurando voces incómodas o simplemente asfixiando con trámites a quienes no comulgan con el poder— la existencia de espacios autónomos como este tiene un valor que va más allá de lo estético. Son, en la práctica, ejercicios de libre asociación y libre expresión que no dependen del favor oficial.
El colectivo apela a una tradición tan antigua como el fuego: la del grupo humano que se acurruca a escuchar cuentos. El escritor Nicolás Buenaventura, citado durante la celebración, lo formuló con precisión: «el contar es otra forma de conocimiento que reúne, junta las partes rotas, vincula, establece asociaciones, construye puentes, teje vínculos». No hace falta un laboratorio ni un presupuesto ministerial para eso. Hace falta voluntad civil.
La referencia a Eduardo Galeano —su imagen de La casa de las palabras, donde los poetas se sirven de frascos llenos de términos que pueden percibir con los sentidos— aparece en el relato de la jornada como metáfora del espacio que el Colectivo intenta sostener: un lugar donde las palabras no son propiedad del poder sino herramientas de cualquiera que quiera usarlas.
También estuvo presente, en el cierre de la celebración, una advertencia que merece atención. Uno de los participantes citó al papa Francisco para subrayar la necesidad de pensar en categorías como qué significa ser pueblo, o cuál es el sentido de palabras como soberanía, patria o libertad. «Cuando olvidemos el significado de estas palabras», se dijo en la sala, «habremos perdido una batalla en la arena de la cultura».
La frase no es retórica menor. En un continente donde esas mismas palabras son secuestradas sistemáticamente por populismos de izquierda y de derecha para justificar el avance del Estado sobre la sociedad civil, recuperarlas desde abajo —desde cinco personas en un círculo de lectura, desde una pintura colectiva en un sábado de julio— es un acto político en el mejor sentido del término.
Hemisferio observa en iniciativas como el Colectivo Pensamiento Panamá algo que los gobiernos rara vez producen y que ningún decreto puede fabricar: comunidad construida desde la libertad individual y la asociación voluntaria, sin intermediarios burocráticos ni agenda impuesta. El pensamiento crítico que allí se cultiva no le pide permiso al aparato estatal para existir. Esa independencia es, precisamente, su mayor valor. Y su mayor fragilidad ante cualquier poder que decida, algún día, que pensar libremente es un riesgo que no puede tolerar.



