La escena lo dice todo. El 16 de junio de 2026, en el mismo salón donde Nicolás Maduro recibió delegaciones durante años, su exvicepresidenta Delcy Rodríguez se sentó frente a un corresponsal de TIME para explicar cómo Venezuela llegó hasta aquí y, sobre todo, hacia dónde va.
El punto de partida fue el 3 de enero. Esa madrugada —según la propia Rodríguez, a las 2 a.m.— se produjo el operativo que se llevó a Maduro y a la primera dama. Ella no estaba en Caracas: había salido del Palacio a las 8 p.m. y viajado a la isla de Margarita, donde se encontraban su hermano y sus sobrinos. Su madre y su sobrina mayor habían quedado en la capital.
«Nunca pensamos que la capital del país sería atacada», dijo Rodríguez. Antes del operativo, relató, detectó movimiento en los radares y llamó a la persona a cargo de uno de los puestos vinculados a la vicepresidencia. No sirvió de nada. Cuando confirmó que Maduro era trasladado a Estados Unidos, envió un mensaje a un líder extranjero —cuyo nombre no reveló— que le respondió: «Ahora la responsabilidad descansa sobre tus hombros».
Sobre si conocía de antemano el operativo, fue tajante: «No. No hay manera de afirmar eso porque estoy diciendo la verdad».
El inventario del cambio
Rodríguez asumió como presidenta en ejercicio en virtud del marco constitucional que la habilitaba como vicepresidenta ejecutiva. Preguntada directamente sobre si considera a Maduro el presidente legítimo de Venezuela hoy, respondió que ella actúa dentro del «marco constitucional de un presidente legítimo que tenía una vicepresidenta ejecutiva» y que en una situación como la surgida le correspondía asumir el rol de presidenta en ejercicio. No fue más lejos.
Cuando el corresponsal de TIME le señaló que muchos venezolanos ven su gobierno como una continuación del madurismo, Rodríguez apeló a una cita del líder espiritual Sai Baba —«los actos sagrados se conocen más por las manos que actúan que por los labios que rezan»— y enumeró lo que, según ella, demuestra que Venezuela es distinta: reforma de leyes, cambios legislativos, modificaciones en el sistema de justicia penal, liberaciones significativas, una ley de amnistía y lo que llamó su «momento emblema»: el programa de convivencia democrática y paz, orientado, en sus palabras, a alejar a la sociedad venezolana «del odio y la intolerancia» y acercarla «a la comprensión y la convivencia en la diversidad».
Sobre política exterior, admitió que la falta de apertura geopolítica del gobierno anterior fue un error: «Creo que eso fue un error», dijo, y agregó que desde sus primeras acciones como presidenta en ejercicio ha buscado «una nueva relación con Estados Unidos» y relaciones internacionales «más abiertas y diversificadas». TIME señaló en su presentación de la entrevista que la conversación abarcó también su relación con el presidente Donald Trump y el secretario de Estado Marco Rubio.
Lo que la trastienda revela
Los detalles cuentan la historia. Rodríguez habla de transformación, cita a un místico indio y describe una Venezuela nueva. Pero las preguntas más incómodas de la entrevista —¿es Maduro todavía el presidente legítimo?— recibieron respuestas que se mueven dentro del perímetro constitucional sin cruzarlo. Eso no es necesariamente una evasión: es también una posición política.
Desde la línea editorial de Hemisferio, lo relevante no es el tono conciliador de Rodríguez sino lo que su gobierno representa estructuralmente: el mismo aparato chavista, ahora sin su figura más visible, intentando negociar su supervivencia con Washington bajo un lenguaje de apertura. La pregunta que Venezuela —y sus socios comerciales, sus acreedores y su diáspora— necesita responder no es si hay nuevas leyes en el papel, sino si el Estado de derecho, la propiedad privada y la libre empresa tienen ahora garantías reales. De esa respuesta, la entrevista en Miraflores ofrece indicios, no certezas.



