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La guerra que nadie quiere nombrar

A cinco años del 11J, Washington y La Habana libran ya un conflicto híbrido de sanciones, procesos judiciales y operaciones de influencia. La pregunta ya no es si habrá escalada, sino cuándo se reconocerá la que existe.
Imagen ilustrativa
sábado 11 de julio de 2026

Para entender el presente hay que volver a esa semana de julio de 2021. Cientos de miles de cubanos salieron a las calles con las manos vacías y el estómago vacío. El régimen los aplastó. Cinco años después, el balance de fuerzas en la isla no ha cambiado a favor del pueblo: un país hambreado, desarmado y sin acceso a internet no puede enfrentar, solo, la maquinaria represora del castrismo. Por esa razón, según el análisis publicado en Infobae, las miradas desde Cuba se vuelven hoy hacia Washington.

La pregunta que circula en ciertos círculos —¿entrarán en guerra Estados Unidos y Cuba?— parte, según esa misma fuente, de una premisa equivocada. La verdadera pregunta, argumenta el texto, no es si el conflicto comenzará, sino cuándo se reconocerá que ya está en curso.

Las piezas en su lugar

Desde hace meses, Washington ha movido fichas que trascienden la diplomacia tradicional. Las más visibles: el fin de los subsidios petroleros que Venezuela transfería gratuitamente a La Habana y el inicio de nuevas sanciones financieras contra el conglomerado GAESA, el holding militar que controla la economía cubana. Pero detrás de esas medidas visibles existe, según la fuente, una arquitectura institucional construida pieza a pieza.

Entre los elementos documentados figura la reformulación de la doctrina de seguridad nacional estadounidense para incluir a Cuba como amenaza inminente y creíble, el inicio de un proceso judicial contra Raúl Castro —descrito como la máxima autoridad real en la isla— y la creación del llamado Escudo de las Américas, un sistema interamericano paralelo a la OEA dotado de su propio tratado de asistencia militar recíproca en la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado regional. A diferencia de la OEA, ese mecanismo nacería libre del régimen de consenso que, según la fuente, ha paralizado a ese organismo durante décadas.

La conclusión del análisis es directa: todas las piezas estarían en su lugar. Solo faltaría la decisión final del presidente de Estados Unidos para activar alguno de los escenarios operativos diseñados.

La estrategia de La Habana

Frente a esa arquitectura, el régimen castrista sabe que no puede ganar un enfrentamiento militar convencional. Su única palanca, según la fuente, es ralentizar o paralizar el proceso de decisión estadounidense. Y para eso ha desplegado lo que el análisis describe como una guerra híbrida con métricas propias.

El éxito de La Habana en esta fase no se mide en objetivos militares destruidos, sino en artículos de opinión publicados en medios de gran alcance —Wall Street Journal, New York Times, Washington Post, CNN— que cuestionen la conveniencia de una acción cinética y recomienden regresar a la política de contención diplomática de los últimos 67 años. Si esa contabilidad fuera indicador de victoria, razona la fuente, La Habana tendría razones para pensar que está ganando la primera fase.

El instrumento es doble: espías ubicados en niveles altos y medios de la burocracia estadounidense, y agentes de influencia activos en medios de prensa, instituciones religiosas, culturales y organizaciones de la sociedad civil, así como en partidos políticos y el Congreso. El cabildeo, según el análisis, ha sido frenético y pragmático: desde congresistas demócratas y republicanos hasta influencers de distinto signo ideológico. La Habana, señala la fuente, no apuesta su seguridad a ningún actor exclusivo.

En días recientes se habrían filtrado documentos cubanos que, bajo el título general de Plan de Respuesta Rápida Internacional, detallarían las acciones asignadas a la red de organizaciones movilizadas en favor del régimen. La fuente advierte que planes similares podrían estar activos en países latinoamericanos donde desestabilizar la gobernabilidad resulte más viable, mencionando explícitamente a Colombia, Perú y México como escenarios de atención.

Lo que está en juego

La escena lo dice todo. No hay aquí una crisis que empiece: hay una que lleva años desenvolviéndose en silencio, en los pasillos del Congreso, en las redacciones y en las cuentas bloqueadas de un conglomerado militar. El castrismo ha sobrevivido durante más de seis décadas precisamente porque ha sabido convertir cada ventana de oportunidad para el cambio en un laberinto de dilaciones diplomáticas. La arquitectura que describe esta fuente —sanciones, procesos judiciales, marcos de seguridad colectiva— representa el intento más sistemático en décadas de cerrar ese laberinto.

Para el lector de libre mercado el principio en juego es elemental: un régimen que ha empobrecido a su pueblo, que exporta represión y que financia su supervivencia con el aparato estatal venezolano no merece el escudo de la neutralidad diplomática. Si Washington ha construido las piezas, la pregunta que queda es de voluntad política, no de arquitectura jurídica. El pueblo cubano lleva cinco años esperando que alguien en Washington responda esa pregunta.

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