Para entender el presente hay que volver a esa premisa: la inteligencia artificial dejó de ser una maratón de innovación abierta para convertirse en una pugna geopolítica de bloques. Así lo documenta el informe «La gran fractura: cómo Estados Unidos y China están dividiendo el mundo de la IA», elaborado por Boston Consulting Group (BCG), que traza con precisión quirúrgica la distancia que separa a Silicon Valley de Shenzhen.
La tesis central del estudio es contundente: ambas potencias construyen ecosistemas tecnológicos totalmente incompatibles. La meta declarada de cada bloque es depender lo menos posible del rival. Ya no se trata de quién innova más rápido, sino de quién controla la infraestructura sobre la que el mundo entero operará.
El músculo financiero frente a la eficiencia de costos
Los detalles cuentan la historia. Según BCG, solo Estados Unidos supera los 50 gigawatts en capacidad de centros de datos, más que China y la Unión Europea juntas. Desde 2024, Washington ha cerrado acuerdos por más de 1,5 billones de dólares entre laboratorios de desarrollo, fabricantes de chips, gigantes de la nube y firmas de inversión. El gasto en infraestructura tecnológica de las corporaciones norteamericanas rebasó los 400.000 millones de dólares en 2025, cifra que el informe describe como seis veces la inversión china, y que proyecta alcanzar los 800.000 millones en 2026.
China responde con una estrategia diferente. BCG la describe como la del «seguidor rápido»: aprovechar la base construida por otros para acortar distancias a un costo ínfimo y apostar por la adopción masiva en su aparato productivo. El ejemplo más elocuente es Kimi K2.6, el modelo estrella de la firma asiática Moonshot, que opera a un costo de 1,71 dólares por millón de tokens, frente a los 11,25 dólares que exige GPT-5. Esa eficiencia se sostiene en el uso agresivo de modelos de código abierto. Además, China agrupa casi un tercio de las publicaciones científicas sobre inteligencia artificial más citadas a nivel mundial y encabeza el registro de patentes.
Las proyecciones del informe son reveladoras: el gigante asiático procesará más de la mitad de los tokens de IA globales en el segundo trimestre de 2026, a pesar de representar solo el 17% de la población del planeta.
La bifurcación ya es operativa
La fractura no es solo estratégica; es técnica y ya afecta decisiones empresariales cotidianas. A nivel de chips, una empresa que desarrolla software con la tecnología CUDA de NVIDIA no puede resolver sus problemas con los chips Ascend de Huawei, porque la mayor parte del código de producción requiere modificaciones para funcionar con el software CANN de Huawei. En la nube, el mercado está dominado por empresas estadounidenses con mínima participación de proveedores extranjeros.
El caso de Apple grafica esta bifurcación mejor que cualquier métrica. La compañía se asoció con Alibaba para ofrecer Apple Intelligence en China, mientras que su colaboración con OpenAI está disponible en todos los demás mercados. Adoptar plataformas separadas se ha convertido, según BCG, en un imperativo existencial para las grandes tecnológicas que operan en ambos territorios.
«La IA ya no es algo por lo que los países compiten, sino algo con lo que compiten», explicó Julián Herman, Managing Director Partner de BCG. La carrera, añadió, dejó de ser puramente tecnológica para volverse geopolítica.
Un riesgo sistémico en el corazón occidental
BCG no omite las vulnerabilidades del bloque liderado por Washington. La misma red de acuerdos e interdependencias que concentra el poder tecnológico estadounidense encierra un riesgo sistémico: un solo traspié financiero o una falla en el suministro de un actor central podría desatar un efecto dominó en todo el ecosistema.
La escena lo dice todo. El mundo no enfrenta una competencia entre laboratorios; enfrenta una reconfiguración del orden tecnológico global en la que abstenerse de elegir bando es, en sí mismo, una elección.
Desde la línea editorial de Hemisferio, la lectura es clara: la ventaja estadounidense en talento, capital e infraestructura es real y sustancial, y la política de contención tecnológica responde a una lógica de soberanía que cualquier nación que valore la libertad económica debería comprender. El riesgo no está en competir, sino en que las economías más pequeñas del hemisferio occidental demoren en entender que la neutralidad tecnológica ya es una ficción. Quien no ancle su ecosistema digital en plataformas abiertas y alineadas con el estado de derecho, terminará operando bajo arquitecturas diseñadas en Pekín, sin recurso ni apelación posible.


