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La generosidad que no alcanza

Panamá responde con velocidad admirable ante cada emergencia, pero carece de la cultura de donación sostenida que convierte la buena voluntad en instituciones duraderas. Con la cooperación internacional en retirada, el reloj corre.
Imagen ilustrativa
jueves 6 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. En la madrugada de un domingo reciente, el fuego arrasó un caserón de madera en el Casco Antiguo de Ciudad de Panamá. En los días siguientes llegaron más incendios. Cuando el humo se disipó, decenas de familias de San Felipe —niños, recién nacidos, adultos mayores— lo habían perdido todo. La respuesta ciudadana fue inmediata: recolectas de ropa, alimentos no perecederos, enseres. Panamá en su mejor versión, como lo describe la autora de la columna que originó este análisis.

Pero esa misma autora, consultora en filantropía y desarrollo institucional, señala una grieta que el calor de la emergencia suele tapar: «Somos magníficos en la emergencia e inseguros en lo cotidiano».

El problema no es la generosidad. Es el hábito.

El diagnóstico es preciso y merece atención. En el extremo más visible del circuito benéfico panameño están las galas, las subastas, los torneos de golf corporativos y los conciertos a beneficio. Recaudan dinero real y generan buena voluntad genuina. Nadie lo niega. El problema es lo que no financian: el presupuesto operativo de una organización, los salarios de quienes trabajan todo el año, la reserva para los meses sin evento, la gobernanza poco vistosa que mantiene viva a una institución entre una velada y la siguiente. «La gala financia la velada; rara vez financia los años», escribe la autora.

Una familia puede ser fija en el circuito benéfico durante una década —pujando, aplaudiendo, posando para la fotografía— sin haber financiado ni una sola vez lo que en verdad sostiene a una organización. Es un hábito de temporada, no un compromiso permanente.

El modelo que funciona ya existe.

El contraste lo ofrece el propio país. Hace poco más de una década, un grupo de líderes empresariales panameños fundó el Banco de Alimentos de Panamá. Hoy rescata alimentos que de otro modo se desecharían y los canaliza, a través de cientos de comedores comunitarios, parroquias y albergues, hacia decenas de miles de personas. Su base no es una sola gala ni una sola donación, sino empresas locales, donantes recurrentes y miles de voluntarios que regresan año tras año. Construido aquí, financiado aquí, pensado para durar.

Ese es el modelo. Y la pregunta que queda en el aire es por qué sigue siendo la excepción.

El andamiaje externo se desmonta.

La urgencia de responder ya no es solo moral: es estructural. La cooperación internacional que sostuvo buena parte del sector social panameño durante décadas se contrae con fuerza. Solo en 2025, según la columna, la ayuda a América Latina —que antes se contaba en miles de millones— fue congelada, y programas de toda la región cerraron sus puertas. Las organizaciones que queden en pie serán las que hayan construido cimientos propios en casa.

Dicho de otro modo: el subsidio externo que permitía aplazar la pregunta sobre sostenibilidad local ya no está disponible. El sector social panameño enfrenta la misma lógica que cualquier empresa privada cuando desaparece un cliente que representaba la mitad de sus ingresos: o diversifica o cierra.

Lo que se le pide a cada actor.

La autora distribuye la responsabilidad con claridad. A las familias y empresas de mayor patrimonio, les exige dar como compromiso permanente y no como temporada social: financiar instituciones, no solo eventos. A las juntas directivas, gobernar con rigor y transparencia que se ganen la confianza en lugar de darla por sentada. Y a quienes dirigen estas organizaciones, rendir cuentas por cada dólar, para que un donante panameño nunca tenga motivo para preguntarse a dónde fue a parar su dinero.

Ninguna de esas tres exigencias tiene el dramatismo de un incendio ni el glamour de una gala. Ahí está precisamente la dificultad.

La lectura de Hemisferio.

El argumento de fondo es uno que el libre mercado conoce bien: los incentivos importan. Cuando la filantropía se organiza en torno al evento y la visibilidad social, financia exactamente eso: eventos y visibilidad. Cuando se organiza en torno a resultados medibles y rendición de cuentas, financia instituciones. La diferencia no es de generosidad sino de diseño.

Panamá tiene el capital humano y empresarial para construir un sector civil robusto financiado desde adentro. Lo que le falta, como señala con precisión esta columna, es el hábito: la donación mensual que llega haya o no crisis, la reserva apartada en el buen año, la junta directiva que exige cuentas. El país que Mulino y sus sucesores hereden se medirá no solo por el canal o la inversión extranjera, sino por la solidez de lo que los panameños construyan para sí mismos en los años ordinarios entre una emergencia y la siguiente.

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