La escena lo dice todo. Un niño de nueve años que busca respuestas en el celular antes que en sus padres. Una madre que entrega la pantalla porque no tiene red de apoyo ni tiempo. Un colegio que detecta el problema pero carece de equipos para abordarlo. Ese retrato, multiplicado por millones de hogares colombianos, es el telón de fondo de la Encuesta Nacional de Salud Mental 2025, cuyos resultados encendieron el debate esta semana.
Los números son inéditos. El 9,6% de los niños entre 7 y 11 años presenta indicios de probables trastornos mentales, según la encuesta. La tasa de diagnósticos se ha duplicado desde 2015. La hiperactividad encabeza el listado y afecta al 12,8% de esa población, con una incidencia mayor en varones. Los trastornos emocionales alcanzan al 9,3% del grupo, y la prevalencia crece en la adolescencia, especialmente en mujeres. El 15,8% de los niños tiene dificultades para aprender a leer o escribir, según lo reportado por sus cuidadores, y el 12,5% experimenta problemas para dormir bien.
Los detalles cuentan la historia. La hiperactividad se asocia de manera directa con experiencias de discriminación escolar —26,5% de los casos— y con antecedentes familiares de enfermedad mental —17,7%—, de acuerdo con la misma encuesta. El riesgo se concentra además en niños afrocolombianos, migrantes, víctimas del conflicto armado y población LGTBIQ+.
Pero los expertos consultados piden cautela antes de leer los datos como una catástrofe generacional. Miguel Gutiérrez, psicólogo y psicoanalista de la Universidad del Rosario, advierte que «no todo malestar es un trastorno mental» y que «hay que tener mucho cuidado de no convertir la infancia en una categoría psiquiátrica». Según Gutiérrez, «pensar que estamos en una generación deprimida o que, porque creció postpandemia, fue creada por pantallas, es una frase sugestiva, pero demasiado simple».
Felipe Bravo Bolaños, psicólogo miembro de la Fundación Universitaria de Ciencias de la Salud y Colmedia, añade una lectura estructural: «Muchas veces, lo que cambia es la forma en que una época nombra el sufrimiento. Hoy usamos categorías como ansiedad o depresión para experiencias que antes se llamaban timidez o nerviosismo». No niega el malestar; cuestiona la automatización del diagnóstico.
Donde los dos especialistas coinciden es en el diagnóstico social de fondo. Bravo Bolaños lo formula con precisión: «Actualmente vivimos en una cultura donde el ideal es producir y consumir. La crianza ha perdido el lugar central que tenía antes. Hoy las madres y padres crían en soledad, en apartamentos aislados; la red de apoyo comunitaria casi ha desaparecido y las pantallas ocupan el lugar de la compañía o del límite».
La pandemia aparece como punto de inflexión. Según Bravo Bolaños, «muchas familias se desestructuraron» y se instaló una «crisis de autoridad» en la que «los niños buscan respuestas en el celular, no en los adultos». El resultado es un adulto en «un lugar difuso», y un niño que navega sin brújula en un ecosistema de información diseñado para adultos.
El entorno escolar agrava el cuadro. Gutiérrez señala que es «clave fortalecer los equipos de bienestar en los colegios», pero advierte contra la tendencia a patologizar: «No se debe etiquetar automáticamente como trastorno de ansiedad el nerviosismo normal que un estudiante puede sentir ante un examen». Bravo Bolaños va más lejos y alerta sobre el riesgo de que el diagnóstico se convierta en identidad: «El diagnóstico tiene una función tranquilizadora, pero también puede volverse un problema si el niño se identifica con la etiqueta».
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que Colombia recibió su primera radiografía de salud mental infantil en una década. Los datos son una señal, no una sentencia. Pero la señal apunta hacia algo que va más allá del aparato estatal de salud pública: apunta al colapso silencioso de la crianza comunitaria y al vacío que el mercado digital ha llenado sin que nadie se lo pidiera.
Lo que está en juego no es solo un presupuesto de salud mental —aunque ese presupuesto importa— sino la pregunta de quién acompaña a un niño cuando la familia está sola, la escuela está desbordada y el algoritmo siempre está disponible. Ninguna política pública resuelve eso si la respuesta de fondo sigue siendo entregar una pantalla. La libre empresa construyó esas plataformas; la responsabilidad de ponerles límites, en cambio, no puede delegarse ni al Estado ni al mercado: empieza en casa.



