La escena lo dice todo. Es medianoche, dos agentes del FBI van camino a seguir una pista, y una le pregunta a la otra por los moretones en su cara. Lo que sigue no es lástima ni protocolo: es carcajada. Esa imagen, a mitad de la primera temporada de Furious, define mejor que cualquier sinopsis lo que Elizabeth Meriwether —creadora de New Girl y Dying for Sex— ha construido para Hulu.
La serie estrena el 27 de julio, con tres episodios disponibles desde el primer día. Emmy Rossum interpreta a Alice, una detective de homicidios de Brooklyn que llegó al FBI después de que su novio policía —alcohólico y violento, interpretado por Jake Lacy— destruyera su carrera en el cuerpo. Quincy Tyler Bernstine es Nora, su superior, una agente veterana que lleva años revisando material de agresión sexual infantil desde una oficina en el sótano y que vierte licor en su taza de café sin disculparse por ello.
Frente a ellas, una asesina. Lola Petticrew —vista recientemente en Say Nothing— da vida a Catherine, una mujer que se mueve entre albergues para víctimas de violencia doméstica y pequeñas estafas de subsistencia, y que administra inyecciones letales a hombres que, según la teoría de Alice, formaban parte de una red de tráfico sexual infantil. Catherine tiene muchos alias. Lo que no tiene es dudas.
El montaje inicial no pierde tiempo en misterio: la primera escena muestra a Catherine —con máscara de gato, en Halloween— ejecutando a su víctima antes de repartir dulces a los niños del vecindario. La pregunta no es quién lo hizo. La pregunta es qué hacer con eso.
El detective Dan, interpretado por Scoot McNairy, es quien saca a Alice del escritorio y la incorpora al caso. El vínculo entre ambos tiene historia, como casi todas las relaciones en esta serie: no hay personajes de fondo ni afectos sin carga. La víctima del crimen de Halloween es hijo de un multimillonario. La sospechosa, sin identificar todavía. Cuando Alice conecta ese homicidio con un caso sin resolver del año anterior, la hipótesis toma forma: alguien está ejecutando una lista.
Meriwether coloca su tesis más temprano de lo habitual. Hacia el final del episodio piloto, Nora le explica a Alice el mito de Medusa: que sus serpientes no eran poder sino castigo, impuesto por Atenea por el crimen de haber sido violada por Poseidón. «Es una víctima», dice Nora. «Pero eso no la convierte en buena persona. La convierte en un monstruo.» Y luego: «Ser víctima de violencia solo te hace más fría, más calculadora. Las víctimas de violencia son las más violentas.» El remate es más sombrío aún: «Los verdaderamente culpables nunca son atrapados. Nunca.»
Ese monólogo no llega al final de la temporada como revelación tardía. Llega al principio, como premisa de trabajo. Es una decisión estructural que separa a Furious del thriller de crimen convencional: no hay ilusión de que el sistema pueda redimir a nadie. Nora no bebe porque haya perdido la fe; bebe porque nunca la tuvo, y sigue presentándose igual.
La crítica Judy Berman, en Time, señala que la serie recuerda en su estructura de persecución a Killing Eve —agente con problemas, asesina excéntrica y posiblemente psicópata— pero que Meriwether lleva el material hacia territorio más incómodo. Catherine no es una sociópata de diseño: le importan los niños, es capaz de ternura genuina incluso cuando no le sirve tácticamente, y cuando daña a personas inocentes, eso le pesa. El daño colateral de su cruzada existe y es real. Y aun así, según Berman, «es difícil odiarla».
Meriwether ya había demostrado en The Dropout y en Dying for Sex —esta última basada en la historia real de Molly Kochan, paciente terminal convertida en exploradora sexual— que le interesan las mujeres aparentemente incomprensibles. Furious es su versión más oscura de ese proyecto: no busca explicar a sus protagonistas ni absolverlas, sino seguirlas hasta donde la lógica de la supervivencia y la venganza las lleva.
Los detalles cuentan la historia. Una serie que abre con una ejecución y cierra su primer episodio con una lección de mitología griega sobre la injusticia estructural no está apostando por el consuelo fácil. Está apostando por la incomodidad productiva: la que surge cuando el crimen tiene razones, el sistema tiene límites conocidos, y las víctimas no se comportan como la narrativa de reparación exige. En un panorama televisivo saturado de procedimentales que prometen cierre emocional, Furious ofrece algo más escaso y más honesto: la pregunta sin respuesta limpia.



