La escena lo dice todo. Un paciente de edad avanzada llega semana tras semana al consultorio de Chad Wittekind, proveedor de atención primaria en Columbus, Ohio, con la presión arterial descontrolada. Wittekind ajusta dosis, agrega medicamentos, hace preguntas. Nada funciona. La respuesta, cuando finalmente aparece, es incómoda: el paciente había estado tomando un fármaco para la disfunción eréctil que obtuvo en un sitio web de telesalud, sin decírselo a nadie. La vergüenza le ganó a la transparencia, y la interacción entre los dos medicamentos le ganó a su salud.
Ese caso, según Wittekind, ya no es la excepción.
El modelo de negocio
El mecanismo es sencillo y, para quienes lo operan, rentable. Un usuario ve un anuncio en redes sociales, hace clic en un sitio web de nombre poco conocido, llena un formulario con su historial médico y sus medicamentos actuales, y en cuestión de minutos —a veces horas— un proveedor médico que nunca verá ni escuchará revisa la información y emite una receta. La farmacia asociada envía el medicamento por correo. Sin seguro, sin llamada con un médico, sin seguimiento.
No se necesita ser médico para montar uno de estos sitios. Elliot Tabibian lo hizo a los 18 años. Según relata, la idea le llegó cuando un amigo pagó 200 dólares en un sitio web, tuvo una cita telefónica de 30 segundos y obtuvo una tarjeta de marihuana medicinal. «Pensé: eso parece bastante rentable, debería entrar», dice Tabibian, que ahora tiene 22 años. Su primer sitio prescribía marihuana medicinal; luego operó otros para medicamentos de disfunción eréctil y notas médicas para animales de servicio. Hoy gestiona dos sitios, uno de los cuales ofrece exenciones médicas para tintar las ventanas de automóviles.
Detrás de estos emprendedores hay toda una infraestructura de empresas externas que conectan pacientes con médicos y farmacias, y que garantizan el cumplimiento formal de las leyes estatales y federales. El resultado es un ecosistema de cientos, si no miles, de sitios de telesalud que han proliferado en los últimos años.
Lo que los médicos ven en el consultorio
Wittekind trabaja en geriatría y, contra todo pronóstico, ve a pacientes de todas las edades recurrir a estos sitios para obtener fármacos para disfunción eréctil, pérdida de peso, menopausia y depresión. Ha atendido a un paciente que recibió tabletas de ketamina a través de uno de estos portales, y a otro que obtuvo un fármaco GLP-1 para bajar de peso a pesar de tener un índice de masa corporal de 18,7, un nivel que, según las directrices de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de Estados Unidos, lo excluiría del tratamiento por ser demasiado delgado.
«No hay responsabilidad, no hay seguimiento si tienen un problema. Intentar volver a contactar con su proveedor es imposible, y entonces se convierte en mi problema», dice Wittekind. «No hay supervisión en la mayoría de estos lugares. Sí, estás mejorando el acceso, pero ¿a qué costo?»
La pregunta no es retórica. Cuando los pacientes experimentan efectos secundarios y contactan al médico virtual que les recetó el fármaco, con frecuencia no obtienen una respuesta útil. El problema migra entonces al proveedor de atención primaria, que debe resolver una ecuación incompleta: un paciente con síntomas, medicamentos no declarados y sin historial de la prescripción original.
La telesalud que fue y la que es
La telesalud nació con una promesa legítima: llevar atención médica a personas que no podían desplazarse fácilmente a un consultorio, y reducir la barrera de vergüenza para condiciones como la disfunción eréctil o la caída del cabello. Durante la pandemia, las aseguradoras flexibilizaron restricciones para ampliar el acceso, y lo que iba a ser una medida temporal se volvió permanente a medida que los pacientes se acostumbraron a la comodidad.
Pero la telesalud de hoy poco se parece a una videollamada con el médico de cabecera. Incluye cientos de sitios y las farmacias con las que se asocian, muchos de los cuales operan en un vacío regulatorio.
La lectura de Hemisferio
Hay una ironía que vale la pena nombrar: el mismo impulso desregulador que abrió el mercado de la telesalud —y que en principio merece defensa, porque amplió el acceso a millones de personas— es el que hoy permite que operadores de 18 años vendan recetas de ketamina con la misma lógica con la que venderían exenciones para tintar ventanas. El libre mercado funciona cuando hay información simétrica y responsabilidad por los daños; aquí hay asimetría total y ninguna rendición de cuentas.
El costo no lo paga el sitio web. Lo paga el paciente que termina en urgencias, el médico de atención primaria que hereda el problema y, en última instancia, el sistema que debe absorber las consecuencias de prescripciones que nadie supervisó. La pregunta de Wittekind —«¿a qué costo?»— es exactamente la que el regulador debería estar respondiendo, antes de que la respuesta la dé una sala de emergencias.



