La escena lo dice todo. Un hombre de 24 años posa para una fotografía simulando su propia muerte. Su familia publica mensajes de condolencia en WhatsApp. La imagen circula por decenas de contactos y llega a la Fuerza Pública. El objetivo: hacer creer que un operativo militar había eliminado a Neider Yesid López, conocido como «Primo Gay», cabecilla del frente 36 de las disidencias de las Farc. En realidad, López había salido ileso de un asalto a su campamento con apenas heridas menores.
Ese montaje de marzo de 2026 no fue un caso aislado. Es la punta visible de una táctica que los analistas militares colombianos ya tienen catalogada: la guerra de información librada por los llamados «centenials del crimen», delincuentes de la Generación Z —nacidos a finales de los años 90— que crecieron con smartphone en mano y que hoy aplican la lógica de las redes sociales al conflicto armado.
Según fuentes militares consultadas por El Colombiano, estos terroristas «conviven dentro de los grupos ilegales con los viejos zorros de la época análoga, que saben armar tatucos y campos minados, pero están activos en las redes sociales y aportan nuevas maneras de confrontar al Estado y engañar a la gente».
El video que obligó al Ejército a hacer forense digital
El caso más revelador ocurrió en junio y julio pasados. El 20 de junio, el Gobierno reportó la muerte de Iván Idrobo Arredondo, «Marlón», comandante del bloque Occidental del Estado Mayor Central de las Farc, en una operación en Buenaventura, Valle. Pocos días después, informó también la baja de su segundo, Juan Diego Palta Montero, «Ñeque», en Toribío, Cauca.
Lo que nadie esperaba fue que el 27 de junio y el 19 de julio aparecieran grabaciones de ambos leyendo comunicados. La Inteligencia Militar tuvo que someter el material a un «análisis forense integral que permitió identificar múltiples inconsistencias técnicas compatibles con un contenido manipulado digitalmente», según informó el Ejército. El aparato estatal, en otras palabras, tuvo que desplegar recursos de ciberforense para desmentir un deepfake producido por una organización terrorista.
No es la primera vez. En marzo de 2023, el Clan del Golfo difundió un video de su cúpula en el que faltaba su máximo líder, Jobanis Ávila Villadiego, «Chiquito Malo». La ausencia coincidió con reportes de inteligencia sobre una disputa interna. La solución fue republicar la grabación con un montaje digital que insertaba a «Chiquito Malo» en la imagen, con un efecto que, según la fuente, «visualmente parecía un holograma».
Influencers con fusil
Pero la desinformación táctica es solo una mitad del fenómeno. La otra es la exhibición deliberada de poder y riqueza para reclutar.
Naín Andrés Pérez Toncel, «Bendito Menor», de 26 años y cabecilla de «los Pachenca» en La Guajira, es el caso más documentado. Junto a su novia Rosa Angélica Tarazona, «la Bebecita», construye en internet una imagen de influencer: fotos con armas, vehículos de alta gama y licores finos. Organiza caravanas de motos por las vías principales de La Guajira y Magdalena. Según una fuente consultada por El Colombiano, el grupo llega a organizar «pool parties con DJ, prepagos y cantantes de vallenato, a las que solo pueden ir personas con invitaciones VIP».
«La idea ahí es proyectar un estilo de vida exitoso, lo cual le sirve a ese grupo ilegal para reclutar gente joven», explicó la misma fuente.
El pasado 9 de julio, el presidente electo Abelardo de la Espriella declaró objetivo militar a «Bendito Menor». La respuesta del centenial fue publicar un video haciendo piruetas en una moto de alto cilindraje en una carretera de la Alta Guajira, acompañado del mensaje: «Mi patria va más allá de simples palabras, porque mi patria es mi firma».
Lo que está en juego
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que el Ejército colombiano tuvo que contratar un análisis forense digital para demostrar que dos de sus bajas más importantes no estaban vivos. Eso no es un detalle técnico: es una señal de hasta dónde ha escalado la batalla por la narrativa.
Los detalles cuentan la historia. Colombia no enfrenta solo una amenaza de orden público; enfrenta una maquinaria de propaganda que opera con las mismas herramientas —y a veces con la misma estética— que cualquier agencia de comunicación. La diferencia es que el producto que venden es el crimen como aspiración. Que el presidente electo De la Espriella haya decidido nombrar públicamente a «Bendito Menor» como objetivo militar sugiere que su gobierno entiende que la trastienda de esta guerra también se disputa en las pantallas. La pregunta que queda abierta es si el Estado colombiano tiene la velocidad, los recursos y la voluntad institucional para ganarla.



