La escena lo dice todo. Al sur del aeropuerto internacional de Caracas, la superficie terrestre se desplazó hasta 60 centímetros en cuestión de segundos. No era una metáfora: era el suelo moviéndose bajo los pies de miles de venezolanos que ya vivían al límite.
Este lunes, la NASA publicó los primeros datos detallados sobre el doble terremoto que sacudió Venezuela el pasado 24 de junio. La fuente fue el satélite NISAR, puesto en órbita hace un año con el propósito de mapear con detalle milimétrico la superficie terrestre. Por primera vez desde su lanzamiento, el sistema activó su protocolo de respuesta urgente ante desastres, capaz de suministrar datos en un plazo de 12 a 24 horas.
Según la agencia espacial estadounidense, la falla causante de los sismos se fracturó desde la localidad de Morón, avanzó por el mar y regresó a tierra firme cerca del aeropuerto de Caracas. «Esta falla forma parte de una red de fracturas situada a lo largo del límite entre la placa del Caribe, al norte, y la placa sudamericana, al sur», explicó la NASA en un comunicado. Las fallas, añadió, acumularon tensión «durante un largo tiempo» antes de fracturarse.
El resultado fue un doble terremoto de magnitudes 7.2 y 7.5. El balance actualizado, difundido en redes sociales por Jorge Rodríguez, presidente del Parlamento venezolano, contabiliza 4.561 fallecidos, 16.740 heridos y 17.907 personas sin vivienda. Desde el 24 de junio se han registrado 1.254 réplicas, según el Gobierno.
Los detalles cuentan la historia. El mapa interactivo elaborado por el Sistema de Información Geográfica Earthdata de la NASA señala en color rojo los edificios de Caraballeda, en el Estado de La Guaira, con más de un 75% de probabilidades de estar dañados. La imagen es brutal en su precisión: manzana tras manzana marcada en rojo en una franja costera que ya era vulnerable antes de que la tierra se moviera.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Venezuela llega a esta catástrofe tras años de deterioro sistemático de su infraestructura, de éxodo masivo de profesionales y de un Estado que concentró recursos en el aparato político mientras la inversión en preparación ante desastres se evaporaba. Los edificios que ahora el satélite marca como destruidos no cayeron únicamente por la magnitud del sismo: cayeron también por décadas de abandono regulatorio y constructivo.
La tecnología de NISAR representa exactamente el tipo de herramienta que puede salvar vidas cuando el tiempo es el recurso más escaso. La capacidad de cartografiar daños en menos de 24 horas permite a los equipos de rescate priorizar zonas, evitar estructuras inestables y dirigir los recursos donde más se necesitan. Que sea una agencia estadounidense —y no el propio Estado venezolano— la que provea esta información dice mucho sobre el estado de la ciencia y la gestión pública en el país.
Hemisferio considera que la tragedia venezolana tiene dos capas que no deben confundirse. La primera es geológica: una falla que acumuló tensión durante décadas y que ningún gobierno habría podido detener. La segunda es política: la diferencia entre cuántos muertos son inevitables y cuántos son evitables la mide la calidad de las instituciones, la libertad de la prensa para informar sin censura, la existencia de códigos de construcción aplicados con rigor y la capacidad de un Estado de rendir cuentas a sus ciudadanos. Venezuela lleva años fallando en esa segunda capa.
Los números que publica Jorge Rodríguez en redes sociales son, por ahora, la única fuente oficial de víctimas. En un país donde la información fluye a través del aparato gubernamental, la cifra de 4.561 muertos merece ser recibida con la misma cautela con que se recibe cualquier dato que el régimen de Maduro decide revelar —o retener. La NASA mide el suelo. Medir la verdad en Venezuela sigue siendo otra cosa.



