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La factura de la IA

El torrente de inversión en centros de datos —que podría superar los 700.000 millones de dólares este año— está encareciendo chips, laptops, teléfonos y electricidad, y amenaza con mantener la inflación muy por encima del objetivo de la Reserva Federal.
Imagen ilustrativa
martes 14 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Un MacBook de gama alta que costaba 1.699 dólares ahora sale a 1.999. Microsoft sube el Xbox 100 dólares antes del 1 de agosto. Sony cobra más por la PlayStation. Dell y HP encarecen sus portátiles. Y detrás de cada uno de esos movimientos de precio hay la misma causa: la carrera global por construir centros de datos para inteligencia artificial.

El número que lo explica casi todo: economistas de JPMorgan Chase estiman que el costo de algunos chips de memoria para computadoras habrá aumentado hasta un 400 por ciento entre 2024 y finales de este año. La razón es aritmética pura. Solo cuatro compañías —Alphabet, Amazon, Meta Platforms y Microsoft— planean invertir 720.000 millones de dólares este año, en su mayoría en centros de datos. La inversión total del sector probablemente supere los 700.000 millones de dólares. Esa demanda concentrada y repentina ha comprimido la oferta de semiconductores hasta un punto que los propios fabricantes describen como inédito.

«Nunca habíamos visto que el precio de un componente subiera tanto, tan rápido», declaró Apple en el comunicado con el que anunció alzas de entre 15 y 25 por ciento en laptops e iPads. La frase no es retórica: es la admisión de que el mercado de componentes se ha salido de los parámetros históricos.

El impacto llega a los consumidores en dos frentes. El primero es el hardware: laptops, teléfonos inteligentes, consolas y computadoras. El segundo, menos visible pero igualmente real, es la electricidad. Los centros de datos absorben una proporción creciente de la nueva capacidad eléctrica disponible, y eso se traduce en tarifas más altas para hogares y empresas.

Para la Reserva Federal, la acumulación de presiones es el problema. La inflación subyacente —la que excluye alimentos y energía y es la medida preferida del banco central— se ubicó en 3,4 por ciento en mayo, muy por encima del objetivo del 2 por ciento que la Fed lleva más de cinco años sin alcanzar. Muchos economistas pronostican que la inversión en IA elevará esa inflación subyacente en aproximadamente medio punto porcentual adicional para finales de año, suficiente para compensar la moderación que se esperaba por el enfriamiento de los aranceles y los costos de alquiler.

Kevin Warsh, quien asumió como director del banco central el 22 de mayo, reconoció el 1 de julio que la inversión en IA está elevando la demanda en este momento, aunque evitó especular sobre la magnitud del impacto inflacionario. Su posición de fondo es que, con el tiempo, la IA hará la economía más eficiente y debería reducir la inflación. El problema es el «con el tiempo»: mientras llega esa eficiencia, los precios suben ahora.

Abiel Reinhart, economista de J.P. Morgan, lo formuló con precisión quirúrgica: «De forma aislada, uno o dos shocks quizá sean transitorios, algo con lo que están dispuestos a convivir; pero una serie sostenida de shocks, o una gama más amplia de shocks, les resulta más preocupante». Los analistas de Evercore ISI añaden que «las presiones relacionadas con la IA sobre los precios al consumidor aún están en las primeras etapas de formación».

Si la Fed concluye que la demanda de equipos relacionados con la IA sigue superando la oferta de forma persistente, la respuesta probable es subir su tasa de interés clave, lo que encarecería hipotecas, préstamos para automóviles y crédito empresarial.

Los detalles cuentan la historia. La revolución de la inteligencia artificial no es gratuita: tiene un costo de capital descomunal que se está distribuyendo, de manera silenciosa pero metódica, entre los consumidores de todo el mundo a través de facturas eléctricas más altas y electrónica más cara. El libre mercado asigna esos costos con eficiencia —quien más consume, más paga—, pero la concentración de la inversión en apenas cuatro gigantes tecnológicos plantea una pregunta legítima sobre si la competencia en el mercado de chips y centros de datos es suficiente para disciplinar los precios a mediano plazo. Mientras tanto, el aparato estatal de la Reserva Federal enfrenta el dilema clásico: subir tasas para enfriar una inflación impulsada por inversión productiva significa encarecer el crédito para todos, incluidas las pequeñas empresas que no tienen nada que ver con la carrera de la IA. El desenlace dependerá de si la oferta de semiconductores logra alcanzar a una demanda que, por ahora, no da señales de moderarse.

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