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La expectativa de salud, no solo de vida

El neurólogo Conrado Estol advierte que el sistema médico argentino sigue atrapado en la medicina reparadora y propone un giro hacia la prevención integral como único camino para mejorar la calidad de vida después de los 65 años.
Imagen ilustrativa
sábado 11 de julio de 2026

El 25 de noviembre de 1988, Conrado Estol y su equipo administraron en Estados Unidos la medicación para destapar arterias cerebrales en un paciente con accidente cerebrovascular. Esa jornada, según recuerda el propio médico, marcó el rumbo de su especialidad a nivel global. Décadas después, desde el Sanatorio Güemes en Buenos Aires, el neurólogo sigue haciendo el mismo cálculo de siempre: cuántas vidas se pierden por no actuar antes de que el daño sea irreversible.

Estol, formado en la Universidad de Buenos Aires y curtido en hospitales de Nueva York, Pittsburgh y Boston, lidera hoy una unidad especializada en ACV con una convicción que repite sin matices: el sistema argentino trata enfermedades, pero no evita que ocurran. «La hipertensión es el asesino número uno del planeta», afirmó en diálogo con La Nación, y señaló que la falta de hábitos saludables y la obsesión moderna por la imagen corporal sobre el bienestar real son síntomas de un problema más profundo.

La escena lo dice todo. Un médico que pudo quedarse en el norte, con acceso a recursos, tecnología y salarios incomparables, decidió volver a la Argentina a principios de los 90. «Yo extrañaba esto», dijo sobre su regreso, a pesar de las dificultades para insertarse profesionalmente en el contexto local. No es nostalgia: es la convicción de que el problema que quiere resolver está aquí.

El diagnóstico que ofrece Estol es incómodo para quienes administran el sistema. Según el especialista, existe un estancamiento en la calidad del bienestar físico después de los 65 años que no se resuelve con más hospitales ni con más tecnología de punta. «Lo que tenemos que hacer es empujar la expectativa de salud, no solo la expectativa de vida», sintetizó. La diferencia no es semántica: vivir más años con enfermedad crónica no es el mismo resultado que vivir más años en condiciones funcionales.

Los pilares que propone son, en apariencia, sencillos: control del estrés, descanso adecuado, actividad física y una nutrición basada en alimentos reales. La dificultad no está en el conocimiento —disponible desde hace décadas— sino en que ningún sistema de salud, público ni privado, tiene incentivos estructurales para invertir en prevención cuando el negocio y el presupuesto se concentran en la atención de la crisis.

Sobre los chequeos médicos, Estol introdujo una nota de cautela que pocos especialistas se atreven a formular en público: los estudios rutinarios excesivos a veces generan más daño que beneficio al detectar problemas secundarios sin importancia clínica real. La medicina defensiva, en otras palabras, puede convertirse en una fuente de ansiedad y de gasto innecesario tanto para el paciente como para el sistema.

Respecto a la inteligencia artificial, el neurólogo reconoció que mejora el diagnóstico por imágenes, pero fue categórico en marcar el límite: «La confianza no puede verse reemplazada». La empatía y el vínculo humano en la consulta médica, insistió, son irreductibles. Los médicos, agregó, deben aprender a escuchar mejor a sus pacientes. No es un llamado romántico: es una crítica a la tendencia de reducir la medicina a protocolos y pantallas.

Los detalles cuentan la historia. La vida de Estol transcurrió, según sus propias palabras, siempre dividida entre dos hemisferios: infancia en Nueva York, veranos en viñedos mendocinos, carrera en los grandes centros médicos del norte, regreso al sur. Esa trayectoria le da autoridad para comparar y para señalar sin complejos lo que falla en casa.

Para entender el presente hay que volver a esa semana de noviembre de 1988. Lo que Estol aprendió entonces —que actuar a tiempo cambia el desenlace— es exactamente lo que traslada hoy a la política sanitaria: el costo de no prevenir siempre es mayor que el de intervenir antes. En un sistema donde el aparato estatal concentra recursos en la medicina reparadora, esa lección sigue siendo, lamentablemente, una asignatura pendiente. La pregunta no es si la prevención funciona; la evidencia ya la respaldó. La pregunta es quién tiene voluntad de reorganizar los incentivos para que el sistema la financie.

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