La escena lo dice todo: una de las plantas de etiquetas RFID más grandes del planeta opera en territorio mexicano, y sin embargo México representa menos del 1 por ciento del mercado mundial de esa tecnología. Prácticamente toda la producción cruza la frontera hacia Estados Unidos. El país fabrica el futuro de la logística global y lo embarca al norte.
La Identificación por Radiofrecuencia —RFID, por sus siglas en inglés— permite rastrear mercancías en tiempo real desde la planta de producción hasta la entrega final, sin intervención manual. No es tecnología nueva. Lo que sí es nuevo es la urgencia de adoptarla.
Según Andrés Carlberg, CEO de EAS Systems, la adopción entre operadores logísticos en México alcanza casi el 50 por ciento, pero solo el 10 por ciento de los grandes retailers la ha incorporado de manera integral. El contraste es severo: en Europa y Estados Unidos, alrededor del 90 por ciento de las empresas ya la utilizan. «Para una economía que figura entre las diez más grandes del mundo, es una adopción muy baja», subrayó Carlberg.
Los detalles cuentan la historia. Realizar el conteo manual de aproximadamente 40 mil productos puede requerir hasta 40 horas de trabajo. Con RFID, ese mismo proceso se completa en menos de una hora: una reducción cercana al 96 por ciento en el tiempo dedicado a esa actividad. El sistema también identifica con precisión el punto de la cadena logística donde ocurre una merma o un robo, y permite registrar automáticamente cuándo un paquete abandona la unidad de reparto, eliminando capturas manuales y errores operativos en la última milla.
El mercado global da señales inequívocas. De acuerdo con consultorías internacionales citadas en el reporte, la producción mundial de etiquetas RFID se triplicará en los próximos dos años: de 42 mil millones de unidades a 120 mil millones. La tasa de adopción anual estimada entre 2026 y 2033 es del 18 por ciento, y México, precisamente por su bajo punto de partida, será el país con el mayor crecimiento proyectado. La paradoja es que el rezago es, al mismo tiempo, la oportunidad.
El catalizador más concreto viene del sector privado, no del aparato estatal. Walmart estableció que todos los productos que comercialice deberán incorporar etiquetas RFID entre 2027 y 2028. Esa decisión tendrá un efecto multiplicador sobre los proveedores y operadores logísticos que abastecen a la cadena: podrán aprovechar la información de las etiquetas desde el origen, sin necesidad de un nuevo etiquetado en destino. Cuando una cadena de esa escala mueve el estándar, el ecosistema entero se recalibra.
«En los próximos años ambos sectores serán estratégicos para la implementación de RFID en México; desafortunadamente los empresarios o no la conocen o, si la conocen, no se han atrevido a implementarla», advirtió Carlberg.
Para entender el presente hay que volver a esa brecha: un país con capacidad productiva de clase mundial que no consume lo que fabrica. La barrera no es técnica ni de infraestructura; es de información y de decisión empresarial.
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Desde la línea editorial de Hemisferio, el caso RFID en México ilustra un patrón que se repite con demasiada frecuencia en la economía del país: la libre empresa genera la solución, la construye y la exporta, mientras el mercado interno permanece atrapado en procesos manuales que encarecen la operación y erosionan la competitividad. El impulso no viene de una política pública ni de un programa gubernamental; viene de Walmart fijando un estándar de mercado que obliga a moverse. Eso es exactamente como debería funcionar la adopción tecnológica: por presión competitiva, no por decreto. La pregunta que queda abierta es cuántas empresas mexicanas aprovecharán esa ventana antes de que el rezago se vuelva irreversible.



