Carolina Restrepo Cañavera convirtió su cuenta de X en una pieza central de su gestión al frente del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, y ese estilo empezó a chocar con una decisión política más amplia del gobierno de Abelardo de la Espriella: centralizar las posiciones oficiales en una vocería única.
Desde que asumió la dirección del ICBF, Restrepo no solo ha comunicado decisiones de la entidad. También responde a críticos, confronta a usuarios, fija posiciones sobre asuntos sensibles y entra en discusiones que trascienden al instituto. Esa forma de actuar, dice el propio informe, vuelve difusa la frontera entre la funcionaria pública y la persona que interviene desde una cuenta personal.
La escena lo dice todo. Esta semana, Restrepo respondió en X a Hanwen Zhang, activista y doctora en Ciencias-Estadística, que cuestionó una de sus posiciones sobre el concepto de familia. A la crítica le contestó: «Cualquiera que fuera su misión en Colombia, considérese cumplida. A estas alturas, se la ve completamente agotada. Ya no hay nada más que sacarle. Es hora de seguir adelante. Siguiente».
Luego escribió: «¿En serio? ¿Esto es lo menos peor?» y más tarde: «Supérelo». Zhang anunció después que había radicado un derecho de petición ante el ICBF en el que pidió una retractación pública y sostuvo que la referencia a una supuesta «misión» en Colombia podía generar hostigamiento y estigmatización.
No fue el único cruce. En otra discusión dirigida a un usuario identificado como investigador académico, Restrepo escribió: «Don Camilo, ya que se presenta como ‘investigador académico’, le sugiero empezar por un cursito de inglés».
Después explicó que no estaba obligada a publicar en X cada elemento de las investigaciones adelantadas por la entidad: «Yo no tengo que contar en X cada hallazgo, cada prueba ni cada actuación que se adelante. Las denuncias se presentan ante las autoridades competentes, con soportes, no para satisfacer la curiosidad de las redes sociales», señaló.
En otra respuesta insistió: «Las pruebas se entregarán a los organismos competentes. Los recursos públicos se cuidan, y las investigaciones no son una serie por capítulos para entretener las redes sociales. Duerma tranquila con su colchón y sus lavaplatos. Nosotros seguimos trabajando».
También hubo una respuesta sobre dinero y prioridades. Ante una exigencia para destinar recursos a una necesidad determinada, contestó: «Porque usted dice que existe una necesidad, yo no voy a girar un solo peso. Yo voy a verificar que la necesidad existe, que esté plenamente justificada y que quien pretenda ejecutar esos recursos sea idóneo».
En el fondo, varias de esas frases describen tareas que sí corresponden a la dirección de una entidad pública: vigilancia, control y administración. El propio ICBF, según el texto, ha divulgado decisiones de Restrepo relacionadas con actuaciones contractuales y administrativas, y ha recogido declaraciones suyas sobre la protección de los recursos destinados a la niñez. Lo que cambia es la forma y, sobre todo, el escenario elegido para comunicarlo.
Pero el punto de mayor choque no ha sido la administración, sino su concepción de familia. En un texto publicado en redes, Restrepo defendió la idea de que «la familia es una» y cuestionó la necesidad de clasificar las distintas formas de conformarla. Dijo que puede ser «papá y mamá», «una mamá», «un papá», «dos mamás o dos papás», «los abuelos», «los tíos» o «alguien que un día decidió asumir la responsabilidad de cuidar a otro ser humano».
También afirmó: «Tengo una convicción profundamente liberal: mi manera de vivir no me da derecho a determinar cómo deben vivir los demás». Y llevó esa posición al terreno de las políticas de infancia: «El Estado no está para elegir familias favoritas, está para protegerlas. Todas. Mucho más cuando hablamos de niñez y adolescencia».
Esa es la clave del caso. No se trata solo de un estilo áspero en redes, sino de una funcionaria que habla como vocera, polemista y administradora al mismo tiempo, mientras el gobierno que integra intenta concentrar el mensaje en una sola voz.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El conflicto entre la disciplina comunicacional del Ejecutivo y la autonomía visible de una alta funcionaria expone una tensión clásica del aparato estatal: quién habla, cuándo habla y con qué legitimidad. En este caso, el costo no es solo de imagen. También está en juego la claridad institucional frente a ciudadanos, críticos y usuarios que esperan saber si hablan con una entidad pública o con una cuenta personal.
Y hay una segunda lectura, más de fondo: cuando una directora insiste en que los recursos públicos «se cuidan» y que no se gira «un solo peso» sin verificar la necesidad, el principio correcto es la prudencia. Pero cuando ese mensaje se mezcla con respuestas de tono confrontacional, el riesgo es que la discusión sobre el dinero de los contribuyentes quede opacada por la trastienda de las redes. La burocracia puede defenderse; lo que no puede perder es la seriedad.



