La tierra se movió dos veces el 24 de junio. En cuestión de segundos, zonas de Caracas y La Guaira quedaron devastadas. Las cifras oficiales hablan de 6.125 fallecidos y más de 23.901 personas sin hogar. La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas estima que los desaparecidos podrían alcanzar los 50.000. Si esos números se confirman, sería la mayor tragedia en la historia de Venezuela.
La pregunta llegó al mismo tiempo que el polvo: «¿Qué podemos hacer?». Dentro del país, médicos, bomberos, periodistas y voluntarios se organizaron para remover escombros y distribuir insumos. Fuera, la diáspora respondió con una velocidad que el aparato estatal no igualó.
Un mensaje de WhatsApp y 1.200 voluntarios
En Madrid, todo comenzó con un mensaje en un grupo de venezolanos. Laura Sánchez, coordinadora general del movimiento ADN Venezuela y residente en España desde hace diez años, lo leyó y ofreció los espacios del Sambil en la capital española como punto de recolección. Habló con la familia Cohen para obtener el permiso. La iniciativa partió de cuatro conocidos, entre ellos la actriz Eloísa Maturén.
En dos días recolectaron 350 toneladas de insumos. El Sambil quedó pequeño y la operación se mudó al polideportivo Manuel Cadenas, en el municipio de Leganés. «Empezamos los cuatro, pero ahora somos 1.200 ayudando», dijo Sánchez. «Muchos de nosotros hemos dejado a un lado nuestro trabajo para dedicarnos de lleno a Venezuela».
Los primeros días pesaron. Sánchez no quería música en el polideportivo; le parecía inapropiado. Cambió de opinión cuando vio a personas que acababan de perder a su familia en el terremoto clasificando cajas con una sonrisa. «Decían: 'Ya no puedo recuperar a mi familia, no puedo estar allí; lo más que puedo hacer es estar aquí colaborando con alegría'», recordó.
En poco más de un mes, ADN Venezuela —con apoyo de la Fundación Altius y otros colaboradores— logró enviar 10.766 cajas y 181.452 unidades clasificadas en higiene personal, artículos de bebé, alimentos y primeros auxilios.
Rescatistas cruzando fronteras
La ayuda no se limitó a insumos. José Rafael Guzmán, comediante radicado en el exterior, quería hacer algo útil pero no podía viajar a Venezuela. La respuesta llegó a través de su novia y productora, Silvia Baquero, que recibió un mensaje con el contacto de rescatistas mexicanos dispuestos a ir al país.
Guzmán publicó un video en sus redes sociales para contar el plan. La respuesta fue inmediata: aerolíneas como Copa y Vivaaerobus donaron boletos y ofrecieron descuentos para traslados posteriores. Personas de México y Venezuela se sumaron con dinero, alojamiento e insumos. «Nos pareció que era una locura, pero creíamos que era posible de lograr», dijo Guzmán según la fuente.
El reto que viene
Los organizadores son claros sobre lo que sigue: el verdadero desafío no es la primera semana de solidaridad, sino los meses que vienen. Mantener la atención, evitar que el mundo olvide a los afectados y sostener los flujos de ayuda cuando las cámaras se apaguen. ADN Venezuela ya trabaja en esa dirección; no planean detenerse.
La escena lo dice todo. Cuando el Estado llegó tarde y con paso lento, fueron ciudadanos sin estructura formal —cuatro conocidos en Madrid, un comediante con una cámara, una productora con un teléfono— quienes movieron toneladas de ayuda a través del Atlántico. No lo hicieron con recursos públicos ni con burocracia: lo hicieron con redes personales, libre iniciativa y un sentido de responsabilidad que ningún decreto puede fabricar.
Eso es precisamente lo que el Estado venezolano no puede reclamar como propio: la capacidad de organización espontánea de una sociedad civil que, dispersa en tres continentes, demostró ser más ágil que cualquier aparato oficial. El reto para los próximos meses será que esa energía no se agote antes de que llegue la reconstrucción.



