La escena lo dice todo. Ochenta niños de kínder escuchan un cuento breve con palabras inventadas. La instrucción es simple: si oyes algo que no conoces, pregunta. Solo tres lo hicieron.
Ese dato, recogido en un estudio sobre lectoescritura en escuelas panameñas, es para Nadia De León la radiografía más honesta de lo que ocurre dentro de las aulas del país. De León es directora y cofundadora del Centro de Investigación Educativa de Panamá (CIEDU) y lleva años documentando la brecha entre lo que el sistema promete y lo que entrega.
El para qué antes que el qué
El argumento central de De León parte de una distinción que parece filosófica pero tiene consecuencias prácticas inmediatas: la diferencia entre preguntarse qué enseñamos y preguntarse para qué educamos. «El qué viene del para qué», sostiene. Si el propósito se reduce a que el alumno consiga empleo, el currículo se vuelve funcional y, según ella, «mercantilista». La persona, advierte, no es solo un trabajador.
El modelo que defiende apunta a dos objetivos simultáneos: formar individuos integrados, capaces de alcanzar su potencial, y prepararlos para convivir en una democracia. Ninguno de los dos se logra, dice, memorizando contenidos que el maestro ya conoce de antemano.
Experimentos que no son experimentos
El ejemplo que De León usa para ilustrar el problema es el laboratorio de ciencias. En la versión habitual, el alumno ya sabe el resultado antes de comenzar: es una demostración, no una indagación. El método alternativo —llamado enseñanza basada en la indagación— invierte el orden: primero el experimento, sin revelar el desenlace; el maestro, dice De León, «tiene que morderse la lengua para no decirlo».
La diferencia no es pedagógica menor. Una educación meramente teórica, según sus palabras, «hace sumamente aburrido el proceso de aprendizaje» y, más grave aún, «mata la curiosidad de los niños en el proceso». Los tres niños que preguntaron sobre las palabras inventadas son la excepción que confirma la regla.
El problema de la uniformidad
Otro eje del diagnóstico es la homogeneización. El sistema trata de «cuadrar a todos los niños de la misma manera», una práctica que lleva más de cien años resistiendo alternativas como Montessori, donde cada alumno avanza a su propio ritmo según sus fortalezas. Un niño puede estar resolviendo matemáticas de quinto grado y leyendo al nivel de primero: el modelo flexible lo acompaña; el modelo estándar lo frena o lo ignora.
Esa rigidez golpea con especial fuerza a los estudiantes con necesidades específicas. Panamá tiene desde los años noventa una ley de inclusión orientada a integrar a alumnos neurodiversos, pero De León reconoce que su aplicación ha sido parcial. El motivo principal: escasez de especialistas. Muchas escuelas carecen de gabinete psicopedagógico, y los equipos itinerantes que deberían suplir esa ausencia llegan con cuentagotas. En el estudio que CIEDU realizó hace ocho años, algunas escuelas reportaron que el gabinete itinerante no había pasado por allí en dos años.
Hoy, CIEDU trabaja en un estudio de prevalencia del autismo en el país, en apoyo al Centro Ann Sullivan —la entidad pública dedicada a atender a niños con esa condición—, para establecer por primera vez cuántos niños panameños tienen diagnóstico.
La paradoja STEM
Uno de los hallazgos más llamativos que De León cita es el rendimiento de las niñas en pruebas estandarizadas de ciencias y matemáticas. Panamá es uno de los pocos países donde las alumnas de tercero y sexto grado igualan o superan a sus compañeros varones en esas materias. Sin embargo, un estudio realizado con la Senacyt sobre participación femenina en la ciencia mostró que esa ventaja temprana no se traduce en presencia en carreras de ingeniería o matemáticas a nivel universitario. La brecha reaparece en la educación superior.
El dato es relevante no solo como indicador de equidad, sino como evidencia de que el problema no es de capacidad: es de entorno, incentivos y expectativas que el sistema reproduce en lugar de corregir.
Lo que está en juego
Para Hemisferio, el diagnóstico de De León señala algo que va más allá de la pedagogía: un Estado que lleva décadas administrando un sistema educativo sin medir con rigor sus resultados, sin dotar de especialistas a las escuelas que los necesitan y sin adoptar métodos cuya eficacia lleva años documentada. El costo no lo paga la burocracia; lo pagan los niños que dejaron de preguntar.
Panamá tiene la infraestructura institucional y los recursos fiscales que muchos países de la región envidian. Que sus aulas sigan produciendo alumnos que no preguntan sobre palabras que no entienden no es un accidente pedagógico: es el resultado previsible de un aparato estatal que confunde la transmisión de contenidos con la formación de personas. La investigación existe. La pregunta es si hay voluntad política de usarla.



